
El Niño Dios, gesto y misterio
Guillermo Marco Para LA NACION
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De chicos, armábamos el pesebre en la boca de la chimenea; era el ámbito mágico donde amontonábamos las piedras que se convertían en montañas para los pastores y la gruta que esperaría la llegada del Niño Jesús; allí, la Virgen y San José estaban expectantes en sus cuerpos de yeso y tenían la mirada atenta en la cuna vacía. El cielo de hollín se poblaba de estrellas de papel glasé junto a la estrella de Belén que anunciaba el gran acontecimiento.
El niño que cada uno lleva en su interior revive en los recuerdos de aquellas fiestas de familia. Con el tiempo, fui cambiando; la Navidad se convirtió en una ocasión para divertirse con los amigos. El ritual familiar y religioso era algo que debíamos cumplir para poder salir después de las 12. Al ir creciendo, empecé a percibir las tensiones que de chico no advertía: ¿en dónde? ¿Con quién? ¿Otra vez viene éste? Si no lo vemos nunca, ¿qué sentido tiene? Si la premisa era que las Fiestas eran para divertirse, los viejos resultaban aburridos y, por ende, había que evitarlos. Tomar, comer y divertirse: eso era una "buena" Navidad. Cuando tenía 21 años, llegó Dios otra vez a mi existencia, con vientos de cambio a mi proyecto de vida. La Navidad posterior la pasé junto a un grupo de jóvenes en el hospital Fernández. Decidimos que antes de la celebración en familia, recorreríamos las habitaciones con un pesebre viviente, cantando villancicos. En aquellas horas, pude descubrir uno de los sentidos de la fiesta: "La Navidad es darse, no sólo con palabras, sino con gestos".
No sólo dar de sí una caricia o un regalo; es darse uno mismo y no una noche al año, sino siempre. Dios es quien nos da el ejemplo. El se da a sí mismo viniendo a nosotros. La Palabra de Dios, hecha hombre en Belén, es puro gesto y misterio. Es un gesto que atrae; invita a arroparlo, a contemplarlo sin tantas disquisiciones. En la medida en que fui recorriendo el camino de la fe, un segundo sentido se hizo más evidente: "El niño del pesebre nos ilumina con su luz". En la noche de mi historia, he sabido de confusiones y pérdidas. Leopoldo Marechal, en su obra Descenso y ascenso del alma por la belleza , dice, citando a San Agustín: "[?] en cuyas confesiones resuena tan a menudo la voz del hombre perdido y recobrado en el laberinto de las cosas que lo rodean y le hablan como en enigma". Es precisamente en esa noche cuando la humanidad se debate y se pregunta por su origen y destino; cuando aparece la luz de los patriarcas. Ellos recibieron de Dios un legado de normas, encendieron la "luz de la ley" en la noche de la humanidad. En una noche de la historia, la mujer por excelencia dio a luz a la Luz. El Dios lejano y sin rostro del Antiguo Testamento llora en brazos de una mujer, se deja tocar por manos humanas, sin miedo a que se profane su misterio. Es la sencillez y la cercanía del amor del Dios hecho hombre, hecho gesto, lo que conmueve. Dejarme iluminar por su luz es la invitación que El quiere hacer en esta Navidad.




