
El odio a los niños
“Un día nos vamos a morir de corrección política”, es una prevención que con razón repiten algunos periodistas en los últimos tiempos. Desafortunadamente, el hecho ya ocurrió, y de la peor manera, con un niño.
“Fue un crimen de odio”, declaró el abogado de la familia paterna de Lucio Dupuy, el niño de cinco años que, en el colmo de la depravación, fue asesinado a patadas y trompadas por su propia madre y la compañera de la madre.
Ningún hecho puede resultar más contrario a la naturaleza que una madre matando a su propio hijo que, además, en este caso, estaba en plena edad de la inocencia. ¡Un chiquito que aparece en las fotos postreras con su carita de amor y su sonrisa fresca, a pesar de las torturas que, ahora se sabe, eran reiteradas! Ahora lo sabe toda la sociedad, pero todo parece indicar que algunos funcionarios judiciales y administrativos conocían la situación y nada hicieron para impedirlo.
En los mensajes de chat de una vecina que pidió a otra que llamara a la policía, aparece una revelación que revuelve la sangre: cada vez que Lucio llegaba del jardín, la novia de la madre lo golpeaba brutalmente, porque sí, sin motivo alguno, porque no puede haber motivo para que se castigue a un angelito, más que la maldad más abyecta de una bestia repugnante.
La autopsia reveló, además de una hemorragia interna y politraumatismos como causas de la muerte, la existencia de antiguas lesiones, tales como quemaduras de cigarrillos y mordeduras. También había sufrido abusos sexuales en diversas oportunidades.
El padre, Christian Dupuy, había realizado denuncias para impedir el contacto de la madre y su cómplice con el hijo. Sus pedidos no tuvieron efecto. ¿Por qué? ¿Por qué una denuncia tan grave o tan siquiera una sospecha no motivó una medida preventiva? Parece bastante probable que la causa haya sido el temor -o tal vez la deformación ideológica- que llevó, a quienes tenían que decidir, a negarse a retirar a un niño del cuidado de una pareja de dos personas del mismo sexo. Ahora deberán pagar, es de esperar, esa omisión gravísima, porque la sangre de ese niño inocente pesa también sobre esas autoridades judiciales y administrativas. Como mínimo, deberían ser destituidas y, además, si se prueban los dichos del padre, de los cuales no hay por qué desconfiar, deberían ser imputadas por un incumplimiento que terminó en un homicidio.
Como si el horror no hubiera colmado la paciencia de la sociedad, dos días después ocurrió un nuevo asesinato de un niño, esta vez de dos años, en la provincia de Neuquén, tras haber sufrido abuso sexual. Las investigaciones apuntan al padrastro.
Y lo peor es que parece que, efectivamente, estos hechos no han colmado la paciencia de la sociedad y, mucho menos, de las autoridades, siempre empeñadas en declamar derechos humanos, pero no precisamente los de los niños.
El maltrato infantil es una actitud reiterada cada vez con mayor frecuencia. Se trata, en muchos casos, de hechos aislados; pero también es cierto que no existe un clima que condene como a una escoria de la sociedad a quienes maltratan a los pequeños. Antes bien, crecientemente, en las manifestaciones verdes, se repiten escenas de mujeres pisando a un muñeco que representa a un bebé.
¿No deberían resultar esas imágenes suficientes para desatar una condena generalizada? No ocurrió, no ocurre y probablemente nunca ocurrirá.
Y esto sin contar la cantidad innumerable de niños que duermen en las calles, en los brazos de gente que probablemente ni siquiera sean sus padres, ante la indiferencia de todos, pero principalmente de quienes tienen el poder para evitarlo. Mentirosos que ni siquiera escucharon a sus propios poetas: “Es honra de los hombres proteger lo que crece, /cuidar que no haya infancia dispersa por las calles, / evitar que naufrague su corazón de barco, / su increíble aventura de pan y chocolate”. Así escribía hace casi medio siglo Armando Tejada Gómez, un cantor venerado por la izquierda más por lo que aborrecía que por lo que amaba.
El odio a los niños es el odio a la inocencia. Con demasiada frecuencia escuchamos hablar de los derechos humanos de los peores criminales. No sería extraño, incluso, que apareciera algún “colectivo” en defensa de la pareja de semejante homicidio. Y, por supuesto, de los derechos humanos de quienes cometieron actos de terrorismo.
Está bien que se reconozcan los derechos humanos de todos. Precisamente por eso se denominan “derechos humanos”, porque se trata del respeto más elemental que se puede brindar a alguien; el que se le debe a cualquiera por el solo hecho de ser persona. Admitamos, al mismo tiempo, que hay que hacer un esfuerzo intelectual y emocional importante para defender los derechos humanos de un asesino. Pero si quien protege los derechos humanos de un criminal no se conmueve y ampara los derechos humanos de los niños, una actitud que debe salir del alma, espontáneamente, sin necesidad de un esfuerzo intelectual o emocional, entonces debemos desconfiar de las motivaciones de aquellas organizaciones de defensa de los derechos humanos. ¿Los defienden porque sienten que es un acto de justicia o más bien lo hacen contra otros o contra la sociedad misma?
El maltrato a los niños nos interpela todos los días, a las autoridades políticas, a los jueces, a los periodistas, a los médicos, a los ciudadanos comunes.
El odio a los niños condena espiritualmente y, es de esperar, judicialmente, a quienes los maltratan. Pero también condena moralmente a las sociedades pasivas.







