El país de la literatura ya no existe
Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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Cuando llegué a Francia en 1978, me citaron de la policía por la tarjeta de residencia. Debía tener tal cara de alergia policial que el aburrido encargado de observar mis antecedentes me tranquilizó mientras hojeaba una carpeta: "No se preocupe. Pura rutina, usted es periodista y está en regla".
De pronto se le iluminó el semblante. "¡Ah, pero también es escritora! ¿Y de qué tratan sus libros?" En aquel tiempo, una no tenía aún el discursito incorporado, de modo que balbuceé lo que pude. "¡Qué interesante! -se fascinó, codos sobre la mesa-. ¿Y se venden?" Por lo común, el inmigrante intenta convencer a la autoridad del país que lo recibe de que le va muy bien. De lo contrario, lo echan. Sin embargo, le contesté, llevada por quién sabrá qué congoja: "No me haga reír..." El policía se irguió, convencido, casi severo: "Eso no puede ser, madame -me amonestó-. Francia es el país de la literatura y a usted le tiene que ir muy bien".
La pequeña anécdota resurgió a la superficie debido a la lectura de un importante ensayo de Pierre Lepape, recientemete publicado. Su título: El país de la literatura . De los juramentos de Estrasburgo al entierro de Sartre . Lepape, uno de los críticos más agudos del diario Le Monde, ha escrito sobre Diderot, sobre Voltaire, sobre Gide y, en colaboración con Michéle Gazier, sobre los novelistas de los siglos XIX y XX. Como él mismo lo aclara, su libro no es una historia de la literatura francesa ni de sus escritores. Es una historia "del nacimiento, del desarrollo y, tal vez, de la muerte de una creencia colectiva en la estrella ausente". Lo de la "estrella ausente" está tomado de un párrafo de Pascal Guignard que sirve de epígrafe al libro: "Toda obra verdadera, como todo individuo verdadero, es ante todo lo que no es. (...) No hay ninguna ciencia posible, crítica posible, consejo posible, voluntad posible para lo que no es. Como no hay estrella que guíe, hay que seguir firmemente la estrella ausente del lenguaje".
¿Por qué este libro? Porque, para Lepape, existe en la Francia de hoy una amarga certeza: la de que la literatura, tras quince siglos de gloria, se ha mudado a otra parte. Es cierto que los franceses exageran su sentimiento de abandono. "Es la contracara de su complejo de superioridad -escribe Lepape-: si no son los primeros, prefieren ser los últimos." Con una suerte de júbilo masoquista, decretan que escritores eran los de antes y acusan a los de ahora de no estar a la altura. Pero, en realidad, lo que ofende y lastima es que los autores franceses de hoy no estén traducidos al inglés, que en Nueva York no existan. Francia siempre ha considerado a la literatura su acceso a lo universal. Hoy, dice Lepape, "el camino de lo universal está trazado por las leyes internacionales del comercio".
Sin embargo, lo que Lepape demuestra a través de cuarenta y cuatro ejemplos no tiene nada que ver con la autoconmiseración. El no dice que en la Francia de hoy no haya buenos escritores, sino que Sartre fue el último gran escritor francés representativo de la religión literaria. Una creencia constitutiva del ser nacional: la literatura era, para los franceses, una naturaleza inscripta en los caracteres de su genio. Hoy ya no lo es.
La apasionante historia comienza con los Juramentos de Estrasburgo, en 842. Louis y Charles son hijos del emperador Louis le Pieux, el Piadoso. Las guerras entre hermanos provocan el desgarramiento del Imperio de Occidente y se vuelve necesario repartir sus restos. De un lado ha quedado Louis, llamado el Germánico; del otro, Charles, apodado, más modestamente, el Calvo. Nadie sabe cómo definir el pedazo de tierra que le tocará a cada uno. Hasta que alguien concibe la luminosa idea de dividir esos territorios según el idioma hablado por sus habitantes: una Francia occidentalis , donde se habla el romano, y una Francia orientalis , donde se utiliza la lengua germánica.
El romano era una lengua vulgar derivada del latín popular. Los letrados hablaban y escribían el latín del poder, de la justicia, de las cosas sagradas y de la literatura. Los iletrados farfullaban este engendro idiomático sólo apto para discutir en el mercado el precio de un pollo. Razón de más para sorprenderse por la decisión. El 14 de febrero, Louis y Charles se encuentran en Estrasburgo, llamada Argentaria, para sellar la alianza. De pronto, gran efecto teatral: Louis se vuelve hacia Charles y, leyendo un papelito, le dice en lengua romana: Pro Deo amur et pro Christian poblo et nostro commun salvament... (El autor del libro se ve obligado a traducir estas frases al francés. Nosotros, en castellano, entendemos perfectamente.) Y Charles, también leyendo, le contesta a Louis en lengua germánica. Esos juramentos marcan, a partir de una especificidad lingüística, el nacimiento conjunto de Francia y Alemania.
No han quedado los papelitos leídos por los reyes, pero sí el relato. El cronista del encuentro se llamó Nithard. En su libro consagrado a los Juramentos de Estrasburgo, redactado en buen latín, Nithard reprodujo ambos juramentos. Fue la primera vez que el romano tomó forma escrita. Sin embargo, ese romano hablado estaba desmigajado en multitud de dialectos. Pero como los redactores de los discursos pretendían que todo el mundo entendiera, se apoyaron en la prosa latina, modelo de toda escritura, y, tomando elementos de cada uno de esos dialectos, inventaron por escrito un texto romano jamás hablado en la realidad. Conclusión de Lepape: "El francés es una fabricación de la literatura".
Ya hemos dicho que los ejemplos literarios en los que se basa el autor se refieren exclusivamente a esta idea de la literatura como creencia fundadora. En su historia no están Villon ni Moliére, pero está el primer hombre de letras francés, que fue una mujer, Christine de Pizan, y están La Boétie, Racine, Montesquieu, Rousseau, Victor Hugo, Mallarmé, Proust. Todos escritores que en el interior de su obra, y no en declaraciones exteriores a ella, se ocuparon de pensar su país. Hasta llegar a aquel 19 de abril de 1980, cuando 50.000 personas a las que nadie había convocado se pusieron en fila para seguir un coche fúnebre rumbo al cementerio de Montparnasse.
La descripción de la "ceremonia de los adioses" para Jean-Paul Sartre es estremecedora. El cementerio se vio invadido por una multitud que, en principio, permaneció en silencio. Muchos llevaban a sus chicos sobre los hombros. Después se armó el tumulto. Simone de Beauvoir había pedido que le pusieran una silla junto a la tumba, pero no pudo ser. Cuando por fin llegó, todo había terminado, y el gentío amenazaba con sofocarla. De modo más o menos confuso, a nadie se le escapaba que estaban enterrando a un escritor sin sucesor. Un dinosaurio privado de descendencia: nadie tendría derecho a hablar de Sartre de igual a igual, tal como él pudo hacerlo a la muerte de Gide, de Paul Nizan, de Camus y de Merleau-Ponty.
No hay duda de que la reflexión de Lepape nos sirve para mirarnos a nosotros mismos. En todas partes el escritor como expresión de una conciencia nacional está en crisis. La Argentina, que aún tiene a Sabato, no ignora que la desaparición de esa voz significará la de un pensamiento que no puede ser objeto de un legado. Los candidatos a la sucesión no faltan, ni en la Argentina ni en Francia. Pero el sitial de "sabio de la tribu" es singularmente inasible, porque emana de ciertas personalidades y no de otras, por creativas que éstas sean, y más esquivo se vuelve cuanto más evidente es el ansia de ocuparlo.
La diferencia está en que, con excepción de su nombre, creado por un poeta llamado Martín del Barco Centenera, la Argentina no ha sido fabricada por la literatura. Su origen no es un discurso, sino un malentendido, un sueño de minas de plata que sólo en la leyenda existieron. Como todos los países del mundo, se ha comprendido a sí misma gracias a sus escritores: no podríamos imaginarla sin Sarmiento, que encontraría sin duda su lugar entre los ejemplos de Lepape. Y, quizá más que otros, la Argentina es un país generador de fabulaciones, luego, de poemas o de novelas. Pero no es el país de la literatura. Mezcla de lenguas indígenas y africanas, de español, de genovés o de idish, la lengua de los argentinos creció como maleza sin que a nadie se le ocurriera reinventarla por escrito para definir un espacio geográfico.
Con respecto a los otros países latinoamericanos, el papel del gran escritor existe todavía: después de Octavio Paz, México tiene aún a Carlos Fuentes y a una gran escritora, Elena Poniatowska. Paraguay tiene a Roa Bastos. Perú, aunque controvertido, a Vargas Llosa; Colombia, a García Márquez. Esto nos permitiría preguntarnos si la condición de Conciencia, así, con mayúscula, no proviene, en definitiva, de una doble raíz: por una parte, la vieja tradición del intelectual consciente heredada de Francia y, por otra, la existencia de una "tribu" que, a partir de sus dificultades compartidas, se identifica a sí misma. Aunque en sentido inverso, esto fue más o menos lo que dijo el escritor Jean-No‘l Pancrazi en un reciente coloquio sobre el libro de Pierre Lepape: que el Gran Escritor Francés ha muerto porque, después de la guerra de Argelia, Francia vive tranquila. Moraleja: sin enemigo común no hay identificación tribal ni sabio de luenga barba que represente a su pueblo.
Dejando de lado esta afirmación discutible sobre la "tranquilidad" francesa, en un momento en el que la intranquilidad se globaliza a pasos agigantados, lo cierto es que el país de la literatura vive dolorosamente esa desaparición, para él palpitante en la medida en que toca a su propia esencia. "La literatura ha muerto: la vieja Iglesia, la antigua creencia, el sueño francés", martilla Lepape, despiadado.
Sin embargo, su libro, que está generando una polémica elocuente, impensable en países donde las letras duelen menos, no concluye con afirmaciones dramáticas, contundentes. Otras historias comienzan , el último capítulo, abre el camino a las literaturas de expresión francesa venidas de otros horizontes: las Antillas de Edouard Glissant o de Patrick Chamoiseau, el Quebec, la ex Checoslovaquia de Milan Kundera, que ahora escribe en francés. "¿Idas y vueltas del centro a la periferia?", se pregunta Lepape.
Acaso la respuesta esté en la calle. Basta salir a caminar por cualquier ciudad francesa para darse cuenta de que un nuevo romano derivado del francés y acuñado por inmigrantes del mundo entero se prepara. Otros sabios vendrán, grandes escritores representativos de una tribu tan amplia y tan variada que ya no puede caber en un par de papelitos como los de los Juramentos de Estrasburgo. Acaso lo que ha muerto sea la literatura delimitada por la lengua de un territorio: la planetaria recién está por nacer.



