
El palo y la bandera
Por Nélida Baigorria Para LA NACION
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Se llamaba Falucho. Llegó un día desde la historia o la leyenda, pero se instaló para siempre, entrañable, en el arcón de los recuerdos atesorados durante los años felices de la niñez, cuando una maestra de impecable guardapolvo blanco relataba la acción heroica de ese negro, imaginado de piel lustrosa y sonrisa deslumbrante, que en el Callao, custodio de la bandera en la gesta sanmartiniana, no acató -por tres veces- la orden de entregarla impartida por los fusileros del rey godo y, abrazado a ella, se fue de la vida tras la cerrada descarga.
Desde la realidad o desde el mito, el negro Falucho se transformó en la épica argentina, en el símbolo del amor a la patria, del que ofrenda la vida por un valor supremo, el de la libertad frente a la opresión, del que lucha hasta el instante final, defendiendo las convicciones que invisten de dignidad el azaroso tránsito por la existencia. Por tal razón, cuando la arquitectura ética comienza a trepidar en la conciencia cívica, la lección de patriotismo que se recibía en aquellas viejas aulas de la escuela sarmientina vuelve como un mandato moral.
¿Quién era Falucho? ¿Un doctor de Chuquisaca, un rico comerciante de la Lima opulenta, un militar, como su jefe, destrísimo en el arte de la guerra? Su vida, antes de su acto heroico, es un enigma. La imaginación señala su condición de esclavo, descendiente, tal vez, de los que se compraban como mercancía barata en los mercados del Caribe. La imaginación señala que no conocía la luz del alfabeto, que estaba destinado a trabajos serviles, lejos de la Enciclopedia, de Rousseau, de Montesquieu o del padre Suárez. Sin embargo, supo morir asido a su bandera, porque allí, en ese trapo azul y blanco, palpitaba la patria que nacía.
Belgrano la creó porque su precario ejército urgía un emblema como testimonio de ruptura con el régimen colonial, Sarmiento la consagró en una oración lírica que no morirá nunca mientras la Argentina viva: "La Bandera Argentina, ¡Dios sea loado!, no ha sido jamás atada al carro triunfal de ningún vencedor de la Tierra". El honor de llevar la bandera supone, siempre, uno de los galardones más altos. Por tal razón el abanderado debe reunir una conjunción de atributos que acrediten su identificación absoluta con las raíces de la Patria, presente en el símbolo. ¡Qué desbordante orgullo familiar estalla cuando el niño de escuela primaria, el estudiante secundario o el cadete militar en las fiestas patrias o en el izamiento cotidiano, por sus condiciones personales, se gana el insigne mérito de ser abanderado o escolta!
¿Por qué el recuerdo del negro Falucho y su inmolación en defensa de la bandera? ¿Por qué el empeño en destacar el valor del símbolo patrio? ¿Por qué el ilustre fundador de YPF, el general Mosconi, dijo un día: "Entregar el petróleo es entregar la bandera"? Porque es la representación física de la patria. Tal vez con esta certeza muchos argentinos reflexionen acerca del destino de ciertas banderas partidarias arriadas en aras de intereses espurios, con olvido absoluto de que ellas son también la imagen tangible de un ideario, de una profesión de fe cívica que exige fidelidad y compromiso.
Si en las lides de la guerra el entregar la enseña al enemigo es el peor estigma de la derrota y, en cambio, la muerte del abanderado junto a ella, el mayor tributo que salva para la historia del país vencido el honor nacional, también en la conducta política tienen vigencia normas éticas que obligan a la lealtad doctrinaria.
El siglo XX nos ha revelado a los argentinos cómo confundir en un conglomerado amorfo esencias ideológicas antagónicas en un estandarte común sólo nos condujo a la decadencia económica y ético-cívica que nos veda vivir el grande y luminoso destino soñado por nuestros fundadores.
La democracia, penosamente rescatada en 1983, luego de seis décadas de autocracias y autoritarismos, tanto civiles como militares, sufrió desde sus primeros pasos el embate artero de las concepciones totalitarias -resabios de la colonia- que, ora larvadas, ora activas, subyacen en el pensamiento argentino, así, antes que una lúcida evolución hacia la conquista de un país consolidado en sus instituciones republicanas estamos involucionando, progresivamente, hacia formas de gobierno propias de antiguas monarquías absolutistas o de ciertos países descolonizados, seudodemocracias en las cuales el poder es a perpetuidad y el derecho un valor proscripto.
Demostrar que estas aseveraciones son legítimas e irrefutables exige sólo el esfuerzo intelectual equivalente al necesario para resolver un problema de regla de tres simple. En efecto: el ejemplo de Misiones es una evidencia plena del poder omnímodo que ya se extiende por el país, así como el empleo de todo el instrumental de la demagogia y la corrupción, que ofende nuestra fe republicana. Sin embargo, no obstante las amenazas y las coacciones, el pueblo misionero se encolumnó tras una sola bandera, la de la dignidad, que no es sino la de la autodeterminación, la soberanía personal, la libertad interior que nos permite optar sin sujeción a nada y sin miedo.
El aplastante e inobjetable triunfo de Misiones, ese pacífico alzamiento cívico expresado a través de las urnas, 23 años después de la restauración democrática, incita a recordar alguna lectura aleccionadora de los clásicos, como aquel alegato por la dignidad y la libertad que cobró vida en la pluma de Lope de Vega. En su excelente obra Fuenteovejuna , elige como protagonista para el rescate de la dignidad a todo un pueblo solidario y sin fisuras que ajusticia a un comendador despótico y corrupto, asumiendo "todos a una" la responsabilidad de la vindicta.
El exquisito poeta cubano José Martí también nos trae su mensaje, que condensa leyes inexorables de la condición humana: "Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Estos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los pueblos su decoro. Estos hombres son sagrados".
En Misiones, muchos habían perdido su decoro, que es la libertad, pero otros muchos tomaron sobre sí el decoro de los demás. Se alzó la bandera de la lucha por la dignidad y un obispo de palabra diáfana y conducta incorruptible, pastor de almas fiel al mandato del evangelio, asió el asta y llevó la bandera a una victoria inobjetable. Emulo de fray Justo Santa María de Oro, de fray Luis Beltrán y de tantos otros, monseñor Piña se sintió convocado por un deber cívico, no incompatible, sino inherente a su condición religiosa, y por tal causa asumió el desafío.
En el orden nacional, 2007 aguarda. La pugna electoral que se avecina será ardua y decisiva, porque la democracia no se agota en el ejercicio de la soberanía popular el día del comicio -Hitler ascendió al poder con miríadas de votos-: la democracia es un estilo de vida, una concepción de la libertad, de la justicia, del derecho, del respeto al pluralismo ideológico y a los fines del bien común. Y se es república si se gobierna de acuerdo con esos cinco principios, que legitiman su vigencia. Las elecciones del año próximo serán, pues, una opción entre lo presente, que ha dado en llamarse democracia hegemónica (podría denominarse incipiente dictadura ), o una categórica definición política para reconstruir, desde los cimientos, la organización republicana que fijó la Constitución nacional.
Un ilustre demócrata argentino, Ricardo Balbín, defensor apasionado de la libertad y el derecho, para referirse a quién cabría la honra de llevar en alto la divisa de su viejo partido, exhortando a sus pares, figuras todas de gran prestigio, sentenció: "No importa quién lleva el palo. Lo que importa es la bandera". En la difícil prueba a la que estaremos sometidos los argentinos en 2007 -luchar en la arena política por el rescate de la forma republicana de gobierno, como prioridad esencial-, huyamos de las alianzas mendaces, sobre las cuales nos sobran trágicas experiencias. Sabemos, y por razones didácticas lo repetimos, que la suma de unidades heterogéneas es una emulsión que lleva al caos, porque, logrado el poder, la puja por su dominio actúa en cada nivel no integrado como fuerza centrífuga, cuya culminación es el quiebre institucional y la pérdida de la fe en los partidos políticos, sin los cuales la democracia es sólo un elemento de utilería. Dos siglas para exhumar de la memoria sirven de ejemplo: el Frejuli y la Alianza.
Si, por el contrario, la civilidad, como en Misiones, logra reunirse en torno de principios liminares que nos vuelvan al legado histórico de una Argentina representativa, republicana y federal, el elegido para llevar el palo de esa divisa importará tanto como la bandera, porque ese ciudadano presidente, probado en sus orígenes, trayectoria y convicciones democráticos, recto como una vertical en su línea ética, evidente en su austeridad republicana e incorruptible en la defensa del bien común, garante de la marcha ascendente del país hacia el destino que le fijó Mayo, podrá decir cuando descienda las gradas de la Presidencia y se despoje de su banda y su bastón de mando: "Llevé el palo con honor, porque lo importante fue, siempre, la bandera".





