
El papel de la religión en los orígenes del nacionalismo
Por Alexander Stille The New York Times
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NUEVA YORK
El sentimiento religioso, largamente considerado el enemigo número uno del nacionalismo, ¿no será, en realidad, uno de sus elementos originarios?
Hasta hace poco hubo un creciente consenso académico en el sentido de que el nacionalismo era un fenómeno típicamente moderno, producto de la cultura posterior a la Ilustración. En La invención de la tradición , compilado por Eric Hobsbawm y Terence Ranger (edición española: Barcelona, Crítica, 2002), varios ensayistas demostraron que muchas de las grandes tradiciones nacionales, supuestamente antiquísimas, fueron inventadas en el siglo XIX para generar un sentimiento de orgullo nacional. Sin embargo, según el historiador Peter Sahlins, de la Universidad de California (Berkeley), la idea de que la intolerancia religiosa es el "pecado original" del nacionalismo despierta un interés cada vez mayor. "Me parece un correctivo saludable para el consenso modernista", opina.
Las teorías predominantes sobre el nacionalismo, señala, varían con el tiempo. Cuando los serbios, croatas y musulmanes se mataban unos a otros, en un primer momento numerosos comentaristas lo atribuyeron a la eterna y atávica violencia étnica, sin reconocer que bajo el Imperio Otomano y en la Yugoslavia de Tito los diversos grupos habían convivido en relativa armonía. "Ahora, el contexto en que observamos el nacionalismo ha cambiado por completo", afirma Sahlins. Ante la amenaza del fundamentalismo islámico, Occidente está más dispuesto a estudiar el papel del factor religioso en la gestación del nacionalismo.
Uno de los aportes más recientes a esa tendencia es Faith in Nation ("Fe en la nación", Oxford University Press, 2003), publicado hace unos días, de Anthony W. Marx, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia. Su autor insiste en datar los orígenes del nacionalismo en una época en que la intolerancia religiosa asolaba Europa. El libro comienza en 1492, año en que los Reyes Católicos echaron a los moros del Sur de España y decidieron expulsar a los judíos de todo su territorio. La Inquisición fue un mecanismo esencial para consolidar el poder y legitimar el nuevo Estado español.
La historiadora británica Linda Colley, de la Escuela de Economía de Londres, que analizó la Inglaterra de 1707-1837 en Britons ("Británicos", Yale University Press, 1992), coincide en situar la religión en el centro del nacionalismo.
Para Colley y Marx, el nacionalismo parte de la demonización de un "otro" religioso y la creación de un sentimiento comunitario mediante la definición de un "nosotros" y un "ellos". Admitir esto quizás ayude a los occidentales a comprender mejor, por ejemplo, los fenómenos contemporáneos del fundamentalismo islámico y el nacionalismo árabe. "Si no nos fijamos en nuestra propia historia, nos arriesgamos a caer en un exceso de envanecimiento y rechazo de los otros -advierte Marx-. Cuando vemos a los manifestantes chiitas en Irak, tendemos a rechazarlos o denigrarlos olvidando que nosotros hemos vivido procesos similares."
Ambos autores se centran en la Reforma protestante. Insisten en que los conflictos religiosos que desencadenó desempeñaron un papel importante en la creación de los principales Estados nacionales europeos. Los monarcas usaron la religión para consolidar su poder, asumiendo un liderazgo político y religioso. Hasta que el nacionalismo no alcanzó su plenitud, la única emoción popular capaz de suscitar manifestaciones multitudinarias fue el fervor religioso. Los soberanos europeos comprendieron que podían utilizarlo para crear o destruir un Estado. "Varios de ellos empezaron a recurrir al pueblo para llevar a cabo la Reforma protestante -dice Colley-. La Inglaterra del siglo XVI ofrece un ejemplo muy gráfico, al reemplazar en las iglesias las imágenes sagradas por el escudo real. Así, en vez de venerar a los santos, se venera al monarca como jefe de la Iglesia. Muchos países se consideran el nuevo Israel, la nación santa. Las colonias de América del Norte heredan esta tradición de considerarse la ciudadela."
Los soberanos europeos también explotaron el miedo a la interferencia foránea: demonizaron a la Iglesia Católica Romana para convocar al pueblo alrededor del trono. Según Marx, al desafiar a Roma, la corona británica robusteció el poder del Estado y ayudó a definir mejor qué significaba ser inglés. Finalmente, Isabel I cedió a las presiones e hizo ejecutar a María Estuardo, su rival católica; asimismo, impuso la asistencia obligatoria a los oficios religiosos anglicanos. John Foxe, un escritor protestante de entonces, expresó que la reina había llegado a representar "el nexo y la identidad entre las causas protestante y nacional". Marx cita al historiador británico Lewis Namier, para el cual "en el siglo XVI, religión equivale a nacionalismo".
Catalina de Médicis, reina y regente de Francia, explotó el fanatismo religioso de manera similar. Tras haber intentado mediar entre católicos y hugonotes, manipuló los sentimientos hostiles a estos últimos y en 1572 ayudó a maquinar la infame Masacre de San Bartolomé.
"Así pues, el nacionalismo comenzó a emerger montado sobre la vehemencia de los conflictos religiosos", escribe Marx. No obstante, muchos investigadores se muestran escépticos. "Si se refiere al reclutamiento de la religión para la construcción del Estado, tiene sentido, pero no estoy seguro de que estemos hablando de nacionalismo", objeta Eugen Weber, profesor emérito de historia en la Universidad de California (Los Angeles), especializado en el nacionalismo francés.
Weber y otros modernistas insisten en que los primeros Estados modernos eran entidades fundamentalmente diferentes, con una gran pluralidad étnica e idiomática, donde aún no se había afianzado el sentido de nación. "Los reyes de España gobernaban las actuales Bélgica y Austria, así como partes de Francia, Italia, Eslovenia y Croacia", recuerda el historiador David A. Bell, que sostiene que el acontecimiento crítico fundacional del nacionalismo francés fue la Revolución Francesa: "A partir de ella, los monarcas exigen no sólo obediencia sino también homogeneidad. Se preocupan porque el pueblo lea los mismos libros, se identifique con la misma historia, crea tener algo innato en común y se considere parte de un proyecto nacional. Esto no significa que no haya existido antes un sentimiento nacional, sino que el nacionalismo, tal como yo lo veo, implica un programa de homogeneización del pueblo".
A los reyes de Francia les importó poco que sus súbditos hablaran diversas lenguas; en cambio, los líderes posrevolucionarios empezaron a insistir en estandarizar el idioma y la educación. Lo mismo sucedió en la reaccionaria Austria y sus territorios multiétnicos. La mayor complejidad de la administración moderna requería una enorme burocracia alfabetizada, tornaba poco práctico el latín e indispensable el alemán. Por tanto, los Habsburgo lo impusieron como idioma oficial. De repente, entre sus súbditos magiares, rumanos, checos e italianos se agudizó el sentimiento de pertenencia a minorías discriminadas con identidades nacionales propias.
La mayor identificación de la nacionalidad con el idioma, a fines del siglo XVIII y en el XIX, ha inducido a no pocos investigadores a ver en la revolución de la imprenta y la alfabetización general dos factores decisivos para la formación del nacionalismo. "Desde un principio, la nación fue concebida en el idioma, y no en la sangre", escribió Benedict Andersen en Imagined Communities ("Comunidades imaginadas", 1983), hoy un clásico.
Marx invierte la fórmula e insiste en que el nacionalismo está empapado de sangre. "Es terrible decirlo, pero a menos sangre, menor ligazón, porque no hay base tan potente para la pasión y cohesión masivas como las matanzas", asevera. Reconoce la importancia de la alfabetización y la industrialización en los orígenes del nacionalismo pleno del siglo XIX, pero insiste en que las guerras de religión en la Europa de los siglos XVI y XVII constituyeron un precedente significativo. "Podemos interpretar ese período como una especie de protonacionalismo", dice.
Colley rechaza la idea de que el nacionalismo sólo puede aparecer con la alfabetización y en una nación cuyos ciudadanos voten. "En muchas sociedades ágrafas, la religión es una parte crucial de la identidad -opina-. La mayoría de los primeros resistentes contra la dominación británica en la India eran analfabetos, pero se sentían ardientemente indios."
La renuencia a aceptar las raíces religiosas del nacionalismo no la sorprende. Refiriéndose a Estados Unidos, donde enseñó por muchos años, dice: "Niegan su propio nacionalismo. Dicen ser un país multiétnico que no practica el nacionalismo pero sí tiene patriotismo. No obstante, todavía se ven como la ciudadela que lucha contra el eje del mal. Su sentido de nación tiene profundas raíces teológicas". © LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





