
El papel de las minorías
Por José A. Romero Feris Para La Nación
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LAS recientes elecciones porteñas dejaron nuevamente en evidencia que el sistema político argentino se ha consolidado en el esquema de dos grandes partidos o alianzas nacionales. La intuición bipartidista es hoy tan fuerte en la sociedad, que torna estéril el instituto del ballottage , ya que la conducta del electorado, al polarizar la votación en la primera vuelta, torna innecesaria la segunda, en razón del abrumador porcentaje que suele obtener el primer candidato.
Esta realidad argentina, a la cual contribuyó decisivamente la reforma constitucional de 1994, ¿deja algún papel a los partidos minoritarios? ¿Qué función deben cumplir las minorías políticas dentro de un Estado republicano constitucional con un sistema político de grandes partidos nacionales?
El principio de representación
Siempre se debe recordar que la democracia descansa en la idea de que hay que inclinarse ante la decisión de la mayoría. Pero esto no comporta la razón de la mayoría. El abuso de las mayorías absolutas, del que la historia de nuestro país puede rendir ejemplo, puede desembocar en algo cercano a un régimen de dominación.
El principio de la representación es, desde el punto de vista de la teoría de la Constitución, el principio funcionalmente más importante del Estado contemporáneo. Si nos remontamos a los orígenes del concepto moderno de "parlamento", vemos que con dicho término se quería denominar un órgano que tenía la principal función de oponerse al poder ejercido por el ejecutivo.
Pero esta función de control no la pueden ejercer las cámaras en forma unánime por la sencilla razón que una parte determinante de las mismas apoya al ejecutivo de turno. Allí donde todos piensan lo mismo el hecho es que nadie piensa realmente. Porque la única verdad política es la pluralidad de las verdades políticas.
Si repasamos la evolución de la teoría de la representación a lo largo de la historia, veremos que luego de una primera etapa "corporativa", en que el funcionamiento de las asambleas no se basaba en el sistema de las mayorías sino en el principio de la individualización de cada mandatario, y superada la concepción imperante luego de la Revolución Francesa, que instala la ficción de una representación libre e independiente en todo momento, donde cada representante concurre a formar la voluntad de la Nación, se extiende el sufragio universal y se consolida el sistema de partidos políticos.
De este modo, los electores no eligen únicamente personas sino programas de partidos y se configuran los conceptos de mayoría y minorías en el funcionamiento representativo, basados, hoy más que nunca, en la disciplina de voto que requieren los partidos.
Este sistema de realidad política es en gran medida incongruente con la teoría clásica de la representación, pues si los representantes legislativos son esencialmente representantes de la nación, ¿cómo se explica que estén sometidos a una disciplina de voto? Quizás habría que concluir que actualmente los verdaderos representantes son los partidos y no las personas individualmente, al menos en la realidad sociopolítica.
Pluralidad política y social
Pero si esto es así, no cabe duda de que se corre el peligro de que se produzcan dos graves consecuencias. La primera es que los representantes pueden perder su independencia individual para convertirse en meros mandatarios de los partidos políticos. La segunda es que, al ser muchas veces un partido (o coalición) el que controla tanto el órgano ejecutivo como el legislativo, la teoría clásica de separación de poderes tiende a perder parte de su significación: de ahí la necesidad de fortalecer el papel de las minorías y su función de control.
De esta manera advertimos que el papel de las minorías no puede estar reducido a su intervención en las elecciones, sino que deben tener una función relevante en el funcionamiento del legislativo y en las tareas que este poder desempeña, con especial dedicación en todos aquellos aspectos que se relacionan con la función de control del gobierno.
Es que la teoría de la representación, en la que se basan las democracias modernas, tiene que descansar forzosamente en el pluralismo político y social que es propio de toda sociedad libre. Ya decía con gran acierto Miguel de Unamuno: "Yo soy mi mayoría y no siempre tomo las decisiones por unanimidad". © La Nación





