
El peor dolor en lengua ajena

Nina Milovidova tenía catorce años cuando, el 23 de octubre de 2002, se puso sus mejores ropas y fue al teatro con Elena, su hermana menor: sus padres habían querido darles una sorpresa y les habían comprado entradas para Nord Ost, la comedia musical del momento. Era miércoles a la noche cuando Ninotchka y su hermana ingresaron al teatro Dubrovka, en pleno centro de Moscú. Acomodadas en sus butacas, las chicas reían cómplices cuando cincuenta terroristas chechenos ingresaron armados para la guerra y tomaron el teatro. Comenzaron a leer proclamas: reclamaban la salida de Chechenia de los militares rusos. Como el resto del público, al principio creyeron que se trataba de una escena de la obra, hasta que cayeron en la cuenta. Elena, de 12, salió de la sala pocas horas después junto con otros niños y hombres y mujeres musulmanes por quienes los asaltantes mostraron consideración. Como Nina era bastante alta para su edad, fue obligada a permanecer adentro con cientos de personas más durante las 58 horas que duró una toma de rehenes que tuvo al mundo en vilo. La sacaron cuando aún estaba viva, pero ahogada por el gas que los militares rusos inocularon por los conductos de ventilación para reducir a los terroristas, un gas misterioso para el cual ni siquiera los médicos oficiales tenían antídoto. Su cuerpo permaneció durante trece horas apilado entre otros en un autobús en medio de la confusión y desesperación general, mientras choferes y paramédicos aguardaban instrucciones que nunca llegaron. Los guerrilleros chechenos fueron abatidos durante el asalto final al teatro y Nina resultó una de las 129 víctimas oficiales del atentado terrorista. Sus papás nunca sabrán cuándo murió exactamente.

Como tantos otros, recordé el episodio del Dubrovka en la tarde del viernes, cuando no había aún demasiada información sobre la carnicería provocada por terroristas islámicos en el centro de París y mientras se desarrollaba la toma de rehenes en el teatro Bataclan, adonde cientos de personas habían ido para escuchar a una banda de rock. Imaginaba escenas similares a las de Moscú, con sujetos enajenados gritando desde el escenario y dando muerte con sus ametralladoras a víctimas inocentes y totalmente ajenas a su infortunio y a su ira. Con un auditorio en shock y centenares de seres humanos peleando con desesperación para preservar sus vidas en medio de ejecuciones arbitrarias, impiadosas, demenciales. En Rusia, los chechenos trasladaron la guerra del Cáucaso hasta la capital y perdieron ante el despliegue de las fuerzas gubernamentales. En Francia, los jihadistas que deliran con crear un califato en Medio Oriente avanzan con su guerra abierta contra los gobiernos europeos y vienen ganando, al menos en cuanto a su estrategia de terror (en rigor, el gobierno de Putin logró atar de manos a los chechenos pero ahora son blanco del ISIS, como el resto de la Europa que interviene militarmente en Siria). En Rusia, el gobierno no tuvo contemplaciones con las vidas de los rehenes: el único objetivo era liquidar a los terroristas. En Francia, el celo sobre los derechos individuales atenta, tal vez, contra la preservación de la seguridad ciudadana: una discusión que surgió con los atentados del 11-S y que por ahora sigue abierta.

Cada vez que hay ataques como el del viernes, llueven análisis detallados del nacimiento del terrorismo islámico, de la responsabilidad de Occidente en la construcción del Frankenstein y de la oscuridad inescrutable de su financiamiento. La contracara de tanto contenido sobre su origen es que sigue sin haber respuestas para acabar con el monstruo por fuera de la maquinaria de guerra, cuya única eficacia hasta ahora ha probado ser el aniquilamiento de toda posibilidad de desarrollo y el embrutecimiento progresivo de la población. Cada vez que hay ataques como el del viernes, surgen también indignaciones selectivas y policías de la indignación, que en lugar de manifestar su condena a toda forma de terrorismo construyen frases en las cuales siempre resalta un "sí, pero" que matiza todo repudio.
Años después de la toma del Dubrovka entrevisté en Moscú a Dmitri Milovidov, el papá de Ninotchka, la adolescente muerta en el atentado. Me contó de su esposa, del estrés postraumático de su hija Elena y de lo duro que fue explicarles a los más chiquitos que la hermana mayor ya no volvería a casa. Galina, la intérprete, me traducía sus frases. Ingenuamente había confiado en que su mediación me permitiría tomar distancia, pero no hubo modo. Esa tarde, tan lejos de casa, escuché el peor dolor en una lengua ajena. Mientras él narraba una vez más lo que había contado infinidad de veces, yo escuchaba su tragedia por primera vez e intentaba no descomponerme en llanto. No tuve necesidad de intérprete para comprender lo que decían los ojos de ese padre huérfano de hija que no dejaron de mirarme ni un segundo mientras la evocaba.





