
El perdón cristiano
Por Justo Oscar Laguna (para La Nación )
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UN artículo del rabino Mario Rojzman, publicado hace unos días en La Nación , sobre el tema del perdón en las religiones me lleva a escribir sobre el perdón cristiano, que es como el corazón del Evangelio. En el cristianismo, comenzando por el padrenuestro, decimos: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden", de manera que en la oración que el Señor nos enseña aparece ya con mucha claridad el perdón. El Evangelio está lleno de expresiones sobre esto: "No juzguéis y no seréis juzgados", "con la vara que midáis, seréis medidos", "perdonar setenta veces siete", "si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial", y tantas otras.
El perdón supone (esto ya fue dicho por el Episcopado argentino en sus documentos cuando se habló del Proceso) el arrepentimiento claro y expreso, el arrepentimiento desde luego interior, pero también exterior. Todo el que comete un delito está absolutamente obligado a arrepentirse de lo que ha hecho. Y aquí hay otro elemento que es importante tener en cuenta: la reparación, en cuanto sea posible. Me decía un amigo mío: "¿Cómo se puede reparar la Shoah ?" La Shoah , como el asesinato, no tiene remedio, pero sin embargo se puede reparar porque quedan miembros de la familia herida, quedan personas que han sufrido el mayor genocidio de la historia: la muerte de seis millones de judíos. Yo creo que la reparación es un elemento fundamental.
Verdad y reconciliación
Para poner un ejemplo argentino, en el Proceso no hubo arrepentimiento ni hubo expresión de arrepentimiento, con excepción de un discurso -más de uno- del jefe del Ejército, discurso que yo agradecí íntimamente porque parecía que nos ponía en un camino de reconciliación, ya que sin verdad y justicia, sin conocer los hechos, es muy difícil poder reconciliarnos. Creo que los argentinos alguna vez tenemos que reconciliarnos porque, como dijo un obispo, siempre en la historia ha habido vencedores y vencidos. (Aunque en algún momento, en alguna revolución, se proclamó que no iba a haber vencedores ni vencidos, sin embargo, rápidamente fue sacada del medio la persona que lo dijo.) Otro elemento verdaderamente admirable del cristianismo, aunque muy difícil de poner en práctica, y a veces difícil de comprender por la inteligencia y el racionalismo contemporáneos, es no sólo perdonar a los enemigos, sino perdonar al que nos está haciendo un daño final. Jesús en la cruz perdona a quienes lo crucifican diciendo: "Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen". A los pocos días, Esteban, el primer mártir, va a repetir las mismas palabras, en una fusión cristológica notable: es un mártir apedreado por profesar, no digo la nueva fe, sino la nueva alianza, por expresarlo en términos que me gustan más porque nos unen al viejo tronco judío.
Hay muchos conceptos que son sumamente importantes en el tema del perdón: una cosa es el perdón al enemigo (el Papa, por ejemplo, perdona a Alí Agca); distinto es el problema de la justicia y la reparación. Otro ejemplo: la trama social que ha sido lastimada y tiene que tener una condigna reparación. Esto vale en este momento, en que hay tanta violencia y tanto desborde. Cuando uno perdona, no quiere decir que todo siga en iguales condiciones. Cuando el orden social ha sido herido, tiene que ser estrictamente reparado. No significa que el asesino, por ser perdonado, vaya a salir a gozar de la libertad como si no hubiera hecho nada.
El perdón es una actitud del alma, primariamente, y no tiene que ver en el cristianismo con lo sostenido por algunas religiones, el budismo por ejemplo, donde hay una actitud del alma que perdona, para alcanzar la propia paz. En el cristianismo, el perdón es para alcanzar también la paz del otro.
La paz del otro
Santo Tomás tiene un gran desarrollo sobre el tema de que a la conciencia de pecado debe seguir la conversión del corazón. Esto tiene mucho que ver con el ofensor, con el culpable. No se puede hablar de culpa separadamente de la noción de pecado. El culpable se siente mancillado por haber obrado mal, se siente rebajado, mutilado, disminuido, se siente confusamente mancillado, tiene la impresión de no responder ya a la imagen que de sí mismo tienen los otros; siente vergüenza. De ahí que en el cristianismo, el perdón sea para alcanzar la paz del otro, para que pueda recuperar la valía que ha perdido para sí mismo.
Con todo, una cosa es clara: no es suprimiendo el sentimiento de culpa, ni la conciencia de haber obrado mal, como el hombre será dueño de sí, maduro y libre frente al mundo y frente a sí mismo. Y si bien el tema del perdón es clave en la vida del cristiano, nadie puede perdonar a quien no quiera ser perdonado. En este sentido, es bueno recordar que aunque Dios salva gratuitamente, lo hace confiando al pecador una obra por realizar. Por eso mismo es importante desarrollar en el hombre, y por lo tanto en la sociedad, la conciencia de haber obrado mal, la necesidad de conversión y de reparación en cuanto se pueda.
Finalmente, desearía decir que, si el hombre recupera su dignidad pidiendo perdón, de similar modo se enaltece otorgando el perdón al otro.




