El peronismo, siempre listo para recuperar el poder

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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28 de octubre de 2019  

Vuelve el peronismo. Que ya había vuelto en 1973, 1989, 2001 y 2003. Vuelve la fuerza política que en los siglos XX y XXI más tiempo estuvo en el poder: 13.340 días (seguida por los conservadores, los radicales y los militares). Ahora le toca gobernar como mínimo hasta 2023, pero si hay que hacerle caso a la estadística es probable que después siga. Exceptuado su convulsionado tercer gobierno (1973-76), los otros tres períodos peronistas coinciden con las únicas reelecciones presidenciales consecutivas que hubo en toda la historia. Reelecciones que construyeron las tres "décadas" peronistas: la de Perón (trunca, por el golpe de Estado de 1955), la del menemismo y la del kirchnerismo (que en realidad duraron 9 años y medio, 10 años y medio y 12 años y medio).

Visto con perspectiva histórica, lo que acaba de fracasar es el primer intento de un presidente no peronista de conseguir la reelección consecutiva. Si Macri, a diferencia de Alfonsín en 1989, se sostiene en el gobierno durante la difícil transición que comenzó anoche -ojalá que así sea-, por completar el mandato habrá hecho un aporte significativo contra el mito de que solo el peronismo puede gobernar el país. Mejor o peor es otra discusión. Desde que el peronismo existe ningún presidente no peronista logró completar un mandato. Pero a la vez la derrota electoral de Macri, atribuida por casi todos los analistas en primer lugar al deterioro de la economía, es indisoluble de la vocación de poder de un peronismo cuya asombrosa elasticidad siempre está al servicio de la recuperación del poder.

Su más fresca adaptación medioambiental, con la que ayer obtuvo un triunfo menos holgado que otras veces, consistió en pasar a un segundo plano a la líder que más votos tenía, porque a la vez era la que más votos ahuyentaba, y echar mano para candidato presidencial a un dirigente desprovisto de poder territorial al que hasta hace cinco meses pocos habían imaginado para gobernar la Argentina. Un peronismo deshilachado y sin un líder común, que en principio había aceptado distanciarse de la versión kirchnerista, que estaba muy golpeada por las causas de corrupción, se subordinó al cabo al plan unificador de Cristina Kirchner. La crisis social, potenciada por errores no solo económicos, sino también políticos del Gobierno, estimuló una revisión aritmética del cuadro electoral: si el peronismo es más numeroso que cualquier otra corriente política le basta presentarse unido para ganar las elecciones, al revés de lo que hizo en 2015, cuando Sergio Massa se desgajó con una vigorosa tercera opción.

El verbo volver, peronista por antonomasia, se afincó en tiempos en que la idea de la vuelta de Perón, su vuelta física desde el exilio, significaba enfrentar la proscripción y vencer a un enemigo opresor. De allí su connotación revanchista y mesiánica que perdura hasta hoy y se sigue batiendo con un imaginario enemigo destructor, vil, ahora llamado neoliberal, al que se suele mimetizar desde el discurso callejero con las dictaduras y también en las entrelíneas de la tribuna. El mesianismo que no faltó en la campaña del Frente de Todos se ofreció en forma taxativa para salvar al país de los "proyectos neoliberales", que no deberían volver a gobernar el país "nunca más". Por más que el propio peronismo abrazó su versión noventista, la de Menem, vilipendiada en los comienzos del kirchnerismo pero luego olvidada.

Axel Kicillof hablaba anoche de empezar con la "reconstrucción" de la provincia. En esos términos, los de consabidos aires refundacionales de los sucesivos gobiernos, transcurre la democracia argentina, con alternancias crispadas, épicas, donde los comportamientos oscilan entre un formato bipartidista, sugerido de los fríos porcentajes de las urnas, y el antagonismo de dos países irreconciliables a los que se les dice modelos, a veces proyectos. Alberto Fernández celebró que "el gobierno volvió a manos de la gente", una referencia a sus votantes desatenta con la evidencia de que, según los datos provisorios disponibles hasta ese momento, eran en porcentaje menores que los que llevaron a Macri al poder en 2015. El ballottage obliga a ganar con mayoría absoluta, pero los Fernández lograron saltearlo, si bien por menos puntos porcentuales de lo que se esperaba. Si los constituyentes de 1994 no hubieran creado el ballottage a la argentina, con corte a los 45 puntos en vez de a los 50 como en el original francés, hubiera habido segunda vuelta entre el primero y el segundo.

Fernández prometió terminar con la grieta, es decir, liquidar la división multipropósito que restauró en el escenario político el kirchnerismo cuando él era jefe de Gabinete. Pero se ignora cómo edificará su propio liderazgo para ejecutar tamaña hazaña, que está conectada con el anunciado acuerdo social dirigido a salir de la crisis. ¿Es compatible la negociación multisectorial, necesariamente política, con la división de la sociedad?

El nuevo presidente no obtuvo un porcentaje de votos capaz de potenciar su liderazgo respecto del de su compañera de fórmula. Tampoco Macri perdió tan mal como se calculaba en el Frente de Todos. El efecto parlamentario de las elecciones premia para Juntos por el Cambio el esfuerzo de Macri en el último tramo de la campaña, una vez que salió del shock que le produjo la aplastante derrota de las PASO. Viene un Congreso más equilibrado, aunque habrá que ver, además de las asignaciones de bancas, las cohesiones de los bloques principales y los transfuguismos, que en la política argentina suelen reconvenir la voluntad popular. La distancia entre ambas coaliciones muestra una Argentina casi dividida en mitades como las que había cuando nació el peronismo, en 1946. Entre Perón y la Unión Democrática la diferencia había sido de nueve puntos.

Si para salir de la crisis y buscar el desarrollo se repitieran las soluciones confrontacionistas según el esquema amigo-enemigo lo más probable es que se obtengan resultados similares a los del pasado. Si bien Fernández tiene un perfil más negociador que el de la mayoría de los dirigentes kirchneristas, la clave estará en la dinámica del vínculo que él tendrá en el poder con quien formalmente presidirá el Senado, la vicepresidenta Cristina Kirchner, hasta ayer su jefa política.

Anoche los primeros gestos de ella como vicepresidenta electa parecieron marcar su territorio, ya que se ufanó de ser la creadora del nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires. Tampoco fue inocente su pedido a Macri para que se ocupe de los padecimientos de la gente durante la transición, cosa que no hizo con el cargo que acaba de obtener, sino invocando su condición impar de doble expresidenta.

Vienen tiempos difíciles, repiten todos. Tal vez cabría diferenciarlos. El primero es el de la transición, que se plantea como una de las más difíciles de la historia, tal el clima en el que se deberán coordinar medidas y traspasar información. El segundo es el comienzo del nuevo gobierno peronista-kirchnerista, en el que Alberto Fernández deberá satisfacer las expectativas creadas en su postulación. Y el tercero es la rutina gubernamental, vinculada con el rumbo nacional y con el diseño de un porvenir menos condicionado por la emergencia. Néstor Kirchner, el presidente que Fernández tiene por modelo, superó con relativo éxito la segunda etapa. La tercera ya no fue lo mismo.

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