
El petróleo y la economía argentina
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DURANTE parte del año anterior, los precios del petróleo descendieron a 10 dólares por barril. A raíz de esa pronunciada baja, se cerraron pozos de bajo rendimiento y mermó en todo el mundo el nivel de inversiones energéticas.
La economía mundial, ahora en un momento de auge, permitió a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) que restringiera el abastecimiento del mercado internacional, con objeto de generar un aumento del precio. El resultado fue más allá de lo esperado: el precio se elevó hasta las recientes alturas de 37,80 dólares por barril, aunque luego bajó levemente.
Los países que integran la OPEP no son insensibles a los efectos del precio del petróleo sobre la economía mundial, particularmente algunos de ellos, como Arabia Saudita, primer productor mundial. Por eso, previo conciliábulo, anunciaron que impulsarían un aumento de sus entregas, a fin de que el precio volviese a bajar. La medida no convenció a los mercados, que la consideraron insuficiente, a pesar de que vino acompañada de la promesa de que pronto se dispondrían nuevos aumentos del abastecimiento. Algunos de los miembros del grupo señalaron, con razón, que en vez de una mayor oferta de petróleo lo que debería promoverse es una generalizada baja de los impuestos a su consumo.
El aumento del precio del petróleo tiene un doble efecto sobre nuestra economía. Por un lado vivifica las exportaciones, un costado nada desdeñable de la cuestión, lo que se traduciría en un efecto neto, deducidas las importaciones, del orden de los 1500 millones de dólares anuales. Pero por el otro lado provoca el efecto contrario, pues tiene una influencia negativa sobre los costos de producción.
Los transportistas lo están manifestando agriamente, lo mismo que el agro, que se ve afectado también por el lado de los fertilizantes. El Gobierno, en tanto, no parece mostrar armas idóneas para contrarrestar ese efecto desalentador de los aumentos del precio de los combustibles. La experiencia de los años 70, cuando el precio creció de 3 a 12 dólares para aumentar luego, a fines de la década, a 30 unidades de la misma moneda, dejó huellas que es útil recordar. Aquella gran suba del petróleo desencadenó aumentos mundiales de costos, inflación y tasas de interés elevadísimas en un contexto de preocupación por el agotamiento de los recursos no renovables.
Ello puso en marcha un conjunto de emprendimientos destinados a aumentar la oferta de petróleo, gas y otras fuentes energéticas y también a reducir la demanda, al mejorar la eficiencia de los motores, junto con otras medidas.
Ya en la década del 80, la situación estaba bajo control. El agotamiento de los recursos, por su parte, dejó de ser un fantasma, ante la perspectiva de que se introdujese el hidrógeno como fuente de energía limpia.
La reiteración de la crisis de los años 70 no parece hoy un escenario probable. El aumento actual del precio en comparación con los niveles promedio del pasado es mucho menor. La participación del petróleo en los costos de producción es también menor y tanto las naciones del pool como los grandes importadores no olvidan el pasado. Los primeros saben, aunque tal vez no todos, que no les conviene reducir el crecimiento mundial, mientras que las grandes naciones importadoras son conscientes de su poder para restringir la demanda. La OPEP no tiene ya el respaldo de la Unión Soviética, mientras que el gigante norteamericano dispone de un poderío político-económico difícil de enfrentar.
La economía argentina, con las vulnerabilidades conocidas, debe observar con atención el curso de los acontecimientos. La influencia del petróleo sobre la economía mundial y sus tasas de interés, por un lado, y el aumento de nuestros costos de producción, por el otro, deben ser motivo de constante atención y de la búsqueda de mecanismos que permitan neutralizar los efectos perjudiciales que un incremento desmedido del precio del combustible podría tener sobre el nivel general de nuestra actividad productiva.





