El poder en las sombras: cómo mueven las fichas los operadores políticos
Quiénes son y cómo operan algunos de los dirigentes clasificables dentro de esta extraña categoría Por Laura Di Marco
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Pocas veces son votados, pero manejan una cuota importante de poder. A veces incluso más que su propio jefe. Por lo general no miden bien en las encuestas, y algunos hasta son francamente impopulares, pero sin ellos no existiría la política tal como la conocemos los argentinos: hacen que las cosas sucedan. Por sus manos suele pasar mucho dinero, aunque por lo general no se someten a la rendición de cuentas que exige la administración pública. Algunos son funcionarios, otros, asesores. Manejan informalmente las fichas del poder -desde atrás de la escena, claro- y casi siempre están en el centro de las decisiones, sean éstas grandes, como un importante acuerdo político, o pequeñas, como un cierre de listas circunstancial antes de cualquier elección.
Su lenguaje preferido es el "off the record" -son quienes habitualmente hablan con los periodistas, en nombre del líder o, sencillamente, para blanquear aquello que él no quiere decir con todas las letras-. Están en todos los partidos o espacios políticos y detrás de todo candidato público. Su arte es el manejo del secreto. Su territorio, el poder informal. Su clave, los contactos que manejan. Unos pueden exhibir un máster en el exterior y otros no terminaron la primaria. Algunos se mueven en el nivel más alto de la política, creen en un proyecto; otros pululan en el más bajo, bordeando el filo de los negocios poco claros. Habitan las primeras, segundas y hasta las decimocuartas líneas de la política. Juegan en las grandes ligas y también en las inferiores. Pero cualquiera sea su condición, todos comparten un mismo destino: siempre construyen poder para otros. Son los que le hablan al oído al número uno, los "monjes negros". Son, por definición, el "número dos", el poder tras el trono. Parientes lejanos de aquellos consejeros del rey en tiempos de la monarquía, hoy ostentan un título menos pomposo: se los llama "operadores" políticos, una denominación que fue adquiriendo diversos sentidos en los últimos veinte años de democracia.
Pero, ¿quiénes son y cómo se mueven estos personajes en las fronteras del poder? ¿Cómo surge la figura del "operador", qué hace exactamente y por qué ejercen tanta influencia? ¿Cuál es su verdadero rol al lado del líder y por qué los jefes políticos necesitan de "segundos", que a veces deben oficiar de "malos", para satisfacer las necesidades de lo que -según ellos creen- es "hacer política" en la actualidad?
El politicólogo y decano de Educación y decano de Educación y Comunicación Social de la Universidad del Salvador (USAL), Gustavo Martínez Pandiani, arrima una hipótesis: "Normalmente, los operadores no se ven a sí mismos como actores de superficie de la política. Saben que, por su pertenencia al mundo oculto del poder, no tienen demasiadas posibilidades de ser la cara visible de una propuesta electoral. Siempre trabajan para otro, aunque no siempre ese otro es la misma persona o grupo político. Su verdadero ´jefe´ es el poder".
Los define como "brokers del poder", porque se encargan de aceitar el sistema de engranajes de la negociación política. "Son extremadamente pragmáticos, abren puertas, identifican oportunidades, amortiguan golpes y tienen las mejores agendas de contactos del país", señala.
Analista político y director de la consultora Poliarquía, Fabián Perechodnik define el rol: el operador, dice, "es aquél que tiene la capacidad de articular acuerdos políticos o políticas puntuales por sobre los roles institucionales. Maneja poder informal, pero con contacto con el formal".
Precisamente, la informalidad de la tarea y el secreto que la rodea es lo que suele arrojar un manto de sospecha sobre estas figuras. "Es que cuanto más alto es el nivel de exposición, más bajo es su nivel de maniobra", interpreta Perechodnik. De allí que la mayoría de los operadores consultados para esta nota rechazara el adjetivo. Ellos no se ven de ese modo: se ven como militantes y dirigentes. "Es un término peyorativo", coincidieron.
En realidad, la relación de los operadores con la exposición pública está en los extremos. Si algunos cultivan el bajo perfil para poder maniobrar, otros necesitan lo contrario: asumen un rol mediático que termina desgastándolos. Tal es el caso de dos exponentes emblemáticos: Alberto Fernández hoy y Carlos Corach ayer.
"En esa división del trabajo, el jefe conserva las manos limpias -no interviene directamente y, por tanto, siempre está en condiciones de desdecir a su operador-, por eso es que los costados menos glamorosos de la política se identifican con el operador. En esas condiciones, la popularidad de los operadores es un milagro que sucede sólo de tanto en tanto", observa el ensayista y docente del máster de Periodismo de la UBA Alejandro Horowicz.
El propio Carlos Corach se lo explicó a esta cronista cuando dejó su banca en el Senado, en 2001. "Siempre hay costos personales en ese rol; siempre los hay. Y yo, obviamente, también los pagué: me gané enemigos, me difamaron. Creo que, para ser un buen ministro del Interior, hay que despreocuparse de la imagen y hacer lo que hay que hacer. Y yo opté por eso, sin pensar en costos personales ni políticos. Pero, ¿quiere que le diga la verdad? A mí me divertía poner la cara".
Claro que, así como el kirchnerismo cuenta con varios operadores, además del principal, Fernández, también el menemismo los tenía. Además del mediático Corach, otro gladiador era Alberto Kohan. Y, con perfil de ultratumba, el jefe de la Side, Hugo Anzorreguy, y el jefe de Gabinete, Eduardo Bauzá, el típico "monje negro" al que casi ni se le conocía la voz.
Los kirchneristas identifican al bonaerense Carlos Kunkel como un "operador" de Cristina Fernández -fue él quien adelantó a los medios la candidatura presidencial de la esposa del Presidente-. Se dedica a tejer acuerdos con los sectores más progresistas de la provincia de Buenos Aires. También el secretario Oscar Parrilli y el ministro Aníbal Fernández entran en la figura del operador mediático, mientras que el "pingüino" Carlos Zanini es de los que "operan" temas puntuales -en su caso, los temas legales, le cuida la firma al Jefe de Estado- y cultiva una exposición pública cero.
En el extremo del desconocimiento público está, por ejemplo, un operador histórico del PJ, Juan Carlos Mazzón, que ha trascendido todos los gobiernos peronistas, de Carlos Menem a Néstor Kirchner, y que respeta la ecuación perfecta del operador: nadie lo conoce, pero resulta clave para entender cómo se hace política en la Argentina. Mazzón sigue una regla de oro: sabe que su principal capital político es permanecer invisible en el corazón del poder.
Lo apodan "El Chueco", desde siempre. Trabajó en las sombras para Antonio Cafiero, José Luis Manzano, Menem, Domingo Cavallo, Carlos Ruckauf, y fue secretario privado de Eduardo Duhalde cuando éste fue presidente. "Y son etapas", explica Mazzón, que en la actualidad tiene despacho en el primer piso de la Casa Rosada. "No sé si seguiré con la señora; ella tiene otro estilo", agrega. Mazzón es mendocino. Apadrinó políticamente a un operador emblemático de los años 80, el polémico José Luis Manzano. Ambos se criaron políticamente en la agrupación nacionalista del PJ Guardia de Hierro.
En la actualidad, Mazzón "opera" para Kirchner objetivos sensibles. Trabaja en el armado electoral del kirchnerismo, en cada distrito. Su principal y único objetivo es que el peronismo "vaya para adelante", sin importar quién sea el jefe. "Me gusta armar las listas, no integrarlas. Siempre hice lo mismo: mi objetivo central es que el PJ gane cada vez más espacios de poder.", señala.
Operadores de ayer y de hoy
En los pasillos de la política o en las redacciones de los diarios, todos identifican al macrista Horacio Rodríguez Larreta y al legislador de la ciudad Alberto Pérez como los principales "operadores" de Mauricio Macri y de Daniel Scioli, respectivamente. Los dos fueron o son jefes de campaña de sus jefes. Los dos suenan como jefes de gabinete de los futuros o potenciales -en el caso de Scioli, en la provincia de Buenos Aires- gobiernos de los líderes del espacio.
Según opina Horowicz, "el capital político del operador pasa por la proximidad al jefe. Cuando negociar con el operador equivale casi a negociar con el jefe, la distancia entre ambos se reduce sin desaparecer. El operador cotiza por entender exactamente en cada problema cuál es la ventaja relativa que se puede obtener para que el jefe se aproxime al lugar que ansía ocupar en el escenario político. El sueño de todo operador es el ministerio del Interior o la jefatura de Gabinete".
En el caso de Rodríguez Larreta, éste es claramente la mano derecha de Macri y quien lo ayuda a definir estrategias. Es el segundo en la estructura que armó el ingeniero. Maneja relaciones y contactos en el mundo económico, preside el think tank Sophia, desde el cual aporta cuadros técnicos al macrismo, y tiene trabajo territorial en la Ciudad. Es el típico operador que quiso abandonar el backstage para convertirse en candidato, pero nunca le dieron las encuestas. Cuando quiso ser candidato a jefe porteño, los números le revelaron que carece de votos propios. Su interés por aparecer en los medios es conocido -y criticado- dentro de su propio espacio político: "Abre la puerta de la heladera y se pone a hablar", suele contar, en forma reservada, uno de sus ex voceros.
El caso de Rodríguez Larreta es similar al del bonaerense Florencio Randazzo, ministro de gobierno de Felipe Solá. En 2005, Randazzo era el principal operador del felipismo y, como nexo entre Balcarce 50 y La Plata, lideró la batalla final contra el duhaldismo. Pero cuando quiso salir del ostracismo y suceder a su jefe, las encuestas le dieron un cachetazo. "La gente no lo conoce", explica una periodista platense.
Quien visita La Plata a menudo es Alberto Pérez. Politicólogo, coordina los equipos técnicos de Scioli y ya está revisando, junto con el felipismo, las áreas del gobierno bonaerense que supuestamente herederá su jefe, de ganar las elecciones en la Provincia de Buenos Aires, tal como indican los sondeos.
Dentro del macrismo aseguran que un importante operador del espacio -básicamente en la Legislatura porteña- es el legislador Diego Santilli, encargado de tejer acuerdos con otros sectores. Santilli era el interlocutor privilegiado de la oposición en tiempos del ibarrismo. Una ex funcionaria de Aníbal Ibarra describe así su estilo de negociar: "Se mimetiza absolutamente con su interlocutor. Cuando está con sus compañeros es macrista, pero, cuando venía a negociar con nosotros, era el más ibarrista. Parecía Zelig".
A tal punto Santilli atravesaba esa metamorfosis que el entonces jefe de Gabinete de Ibarra, que a la vez era su máximo operador, Raúl Fernández, una vez le aconsejó: "No te acerques tanto, que te necesitamos enfrente".
El propio Fernández "operó" la estrategia, junto con Ibarra, para enfrentar a la oposición y a los medios después de la tragedia de Cromagnon, que le terminó costando la cabeza al ex jefe de gobierno. Solía ser el álter ego de Ibarra, pero jamás hablaba con los medios, hasta que la crisis de la disco de Once lo hizo salir del ostracismo. Después, cuando Ibarra cayó en desgracia, quiso ocupar el mismo rol -el de king maker- con Jorge Telerman. Pero no le fue bien. Lejos de la primera línea de operadores K está Rudy Ulloa Igor, algo así como un ahijado político de Néstor Kirchner. Se trata de su ex chofer y secretario y actualmente dueño de un multimedios en Santa Cruz, desde donde "opera" mediáticamente difundiendo las cosas buenas que hace su jefe. Ulloa carece de juego propio, tiene bajísimo perfil -de hecho, no habla en público- y creó la agrupación ultrapingüina Compromiso K, un espacio transversal para sumar voluntades al proyecto de Néstor Kirchner. Junto con él trabaja el operador radical Roberto Porcaro. Su función está ligada a su origen: cooptar -él no admite esta palabra- radicales para el proyecto oficial. Correntino, Porcaro fue el que acercó a Joaquín Piña a una entrevista con el Presidente, aquella cita que generó tanto enojo en el cardenal Jorge Bergoglio porque se hizo, precisamente, por fuera de lo institucional.
El Coti y Manzano
Enrique "El Coti" Nosiglia toma mate sin parar y escucha chamamé en su oficina de Corrientes al 1700, donde sigue liderando -en las sombras- un sector de la UCR capital. Físicamente, no ha cambiado mucho de cuando era ministro del Interior de Raúl Alfonsín, período en que emergió momentáneamente de las sombras. "El Coti les va a gustar, porque su política es la mía", decía entonces el jefe radical.
Si existen dos operadores emblemáticos de los tiempos democráticos, esos son, según todos los observadores consultados para esta nota, Nosiglia y "Chupete" Manzano. Sobre ellos siempre recayeron las sospechas de un cruce entre política y negocios. Nosiglia lo sabe: "En política se construyen mitos, y Manzano y yo somos uno de ellos", dice. Está ofendido con su ex amigo político, Manzano, porque supone que aportó información para su biografía no autorizada, El Coti . A pesar de estas diferencias, los dos tienen hoy vidas bastante similares: ambos son empresarios con inversiones en diversos rubros.
A Manzano, Horacio Verbitsky le atribuyó la frase "yo robo para la corona". En los años 90, una biografía no autorizada del periodista Daniel Capalbo sobre el ex ministro de Menem describió así a la generación política que encarnaron Coti y Manzano: "Se perfila una nueva casta de jóvenes políticos, cuyo modus operandi se diferenció brutalmente del estilo clásico que reinaba en la escena política argentina. Su primera manifestación corrió por cuenta de los conspicuos integrantes de la Coordinadora, y su paradigma más perfecto se corporizó en la figura de Manzano".
Horowicz asegura, en este punto, que "desde el momento en que los militantes son sustituidos por profesionales, la caja se vuelve un instrumento político casi insustituible. El cruce entre negocios públicos y privados, menemismo mediante, se volvió un lugar común. Por eso, el financiamiento de los partidos es probablemente la zona más oscura de la política argentina".
Martínez Pandiani coincide. La política en sí no necesita operadores para funcionar, cree. "No obstante, en el marco de deterioro institucional de los últimos veinte años, los operadores han desplazado a los militantes, los punteros y los analistas". Desde este punto de vista, los operadores son hijos de su época. "Encarnan -señala Pandiani- un momento histórico caracterizado por la enorme distancia entre los líderes y la gente".
Richelieu y Talleyrand
En todos los momentos históricos hubo lo que hoy llamamos operadores políticos, aplicando un término de la modernidad, asegura el consultor político de Poliarquía Fabián Perechodnik.
Pone como ejemplo al cardenal y duque de Richelieu, primer ministro del rey Luis XIII, de Francia, quien encarnó claramente el poder detrás del trono. "Y Napoleón también tuvo varios asesores que cumplieron el rol de articuladores, previo a firmar tratados", añade.
Los casos, en Francia, de Richelieu y su sucesor, también como primer ministro, el cardenal Julio Mazarino, también son rescatados por el historiador argentino Juan Suriano, uno de los autores de la colección Nueva Historia Argentina, de Editorial Sudamericana.
"Tanto uno como otro tuvieron un rol fundamental en el surgimiento del Estado moderno, porque hicieron la tarea sucia de domesticar a la nobleza. Tuvieron a su cargo, por ejemplo, la tarea de voltear las murallas de los castillos para quitarles la defensa militar, y que fuera asumida por el Estado. El rey no podía quitarles esos privilegios, pero sus ´operadores , sí", indica Suriano.
Perechodnik asegura que Napoleón tenía dos "cerebros operadores", en temas puntuales. Talleyrand, en relaciones internacionales y grandes tratados, y Fouché, en seguridad. "Ahí viene la astucia apoyada de la maldad", solía decir Napoleón cuando veía a Talleyrand y Fouché caminando juntos, uno colgado del hombro de otro.
En la historia argentina, Suriano apunta que, extrapolando los términos y salvando las distancias, el presidente Arturo Frondizi, sobre todo en la primera etapa, tenía como operador a Rogelio Frigerio, mientras que, en el caso Juan Carlos Onganía, el jurista Guillermo Borda, su ministro del Interior, cumplía con ese rol. Borda, que pertenecía a sectores católicos del nacionalismo, llegó a impulsar una reforma al Código Civil.
En algunas circunstancias, hay una frontera difusa entre un operador y un lobbysta, que tiene más que ver con defender intereses económicos de un sector", coinciden Suriano y Perechodnik. De ahí que, muchas veces, ambos roles se mezclen a lo largo de la historia. "Desde este punto de vista, entonces, podría decirse que Martínez de Hoz o Guillermo Walter Klein, su segundo, fueron operadores económicos de los militares", concluyó Perechodinik.





