El poder es nuestro

Joaquín Sorondo
Joaquín Sorondo PARA LA NACION
Delegar la democracia en los políticos sin nuestra participación es simplemente renunciar a ella
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23 de febrero de 2015  • 11:33

Una sombría sensación se apoderó de muchos de nosotros. Algo que va más allá de la conmoción inicial y la tristeza que nos produjo la muerte del fiscal Alberto Nisman. Es un golpe en la cara que nos revela con brutalidad el horror. Es habernos dado cuenta finalmente cómo es este Estado que supimos construir, este entramado de podredumbre enquistado en la vida de la Nación, este revival de la violencia política que creímos haber dejado atrás. Estamos perplejos ante la magnitud del desquicio institucional consumado al calor de nuestra democracia.

Lo ocurrido aquel confuso domingo significa mucho más que la desaparición de un fiscal que tuvo la valentía de denunciar a un presidente en ejercicio. Es la confirmación de la existencia de la sucia política, de los actos inconfesables, de lo peor de nosotros mismos. Ese submundo que hoy emerge a la superficie, esa cloaca que con hipocresía utilizan algunos políticos para sus fines inconstitucionales. Hoy se nos cae impúdicamente el velo para dejar al descubierto a una democracia en terapia intensiva. Estamos en una guerra sin el casco que nos proteja de las esquirlas que pueden alcanzarnos en cualquier momento. Volvemos a sentimos inseguros, con miedo.

Es un golpe en la cara que nos revela con brutalidad el horror

Intuimos de entrada que no se trataba de un simple suicidio, que lo habían asesinado. Muerte del fiscal pero también de nuestra ingenuidad de pertenecer a un Estado democrático y protector. Caímos en la cuenta de nuestra orfandad en estos tiempos de decadencia y desintegración. Años de ensueños que empobrecieron y dividieron aún más a una sociedad ya convaleciente. Asistimos al asalto del Estado para hacer negocios multimillonarios apostando, simultáneamente, a reelecciones eternas mientras la República se nos moría.

Pero es imprescindible decirlo: la responsabilidad es compartida. Los ciudadanos, salvo valientes excepciones, permanecimos callados ante la destrucción de las instituciones y el mayor saqueo de la historia. Seducidos por relatos o ventajas de sector, optamos por el silencio antes que el bien común. La corrupción nos fue tomando paulatinamente hasta vaciarnos de convicciones y muchos dentro de sus posibilidades, se sumaron al asalto a través de sus propias imposturas. Tenemos anestesiada la conciencia.

El desencanto con nuestra democracia y el mero espejismo republicano, nos enfrentan a esta oscura sensación de haber tocado fondo. Las instituciones que nos gobiernan son simplemente de cartón; a la mayoría de nuestros dirigentes, incluidos los políticos, les ha faltado grandeza. Nos ganó la división y la intolerancia pero principalmente la indiferencia y la cobardía. Nuestra tibieza pudo más que los valores que nos enseñaron nuestros mayores.

La oscuridad no nos debe paralizar, el desánimo no nos puede vencer. Estamos obligados a buscar la luz en nosotros mismos, los ciudadanos, para cambiar este monumental fracaso

Y, a pesar de todo, la oscuridad no nos debe paralizar, el desánimo no nos puede vencer. Estamos obligados a buscar la luz en nosotros mismos, los ciudadanos, para cambiar este monumental fracaso. Tenemos que levantarnos con determinación de entre las cenizas de este Estado moribundo buscando la inspiración de aquellos patriotas e inmigrantes que construyeron este país de oportunidades. Debemos volver a creer que la convivencia es tolerancia, que la humildad es el antídoto para tanto despropósito, que sin decencia no hay justicia, que la política es servicio.

Solo nos queda la participación. Debemos asumir con convicción nuestra responsabilidad ciudadana, comprender que el poder es nuestro y no de los políticos, nuestros representantes. Delegar la democracia en los políticos sin nuestra participación es simplemente renunciar a ella. Sin una ciudadanía activa no hay democracia, ni República ni porvenir.

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