El poder de las grabaciones irrefutables

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
Nixon, el 8 de agosto de 1974, minutos después de anunciar su renuncia a la presidencia de Estados Unidos
Nixon, el 8 de agosto de 1974, minutos después de anunciar su renuncia a la presidencia de Estados Unidos Fuente: AFP
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30 de junio de 2020  • 22:43

El viernes 13 de julio de 1973 (la fecha puede retumbarles a los memoriosos porque en Buenos Aires ese mismo día Héctor Cámpora renunciaba ante el Congreso), el coronel Alexander Butterfield hizo en Washington una revelación que tendría fuerte impacto en la historia de Estados Unidos.

Alto jefe de la Fuerza Aérea, hoy de 94 años, Butterfield era asistente adjunto de Richard Nixon. Y a comienzos de los setenta le había tocado una misión singular. Tuvo que instalar un sistema de grabación en el Salón Oval, en la Sala de Reuniones, en las líneas telefónicas de la sede gubernamental y también en el despacho "escondido" (la habitación 180) que usaba Nixon en el edificio Eisenhower, pegado a la Casa Blanca. En el Salón Oval puso cinco micrófonos ocultos en el mismísimo escritorio del presidente de los Estados Unidos. Otros dos los disimuló en la repisa sobre la chimenea.

¿Quién le había ordenado a Butterfield instalar ese sistema que grababa todo, absolutamente todo lo que en privado dijera Richard Nixon? Richard Nixon. Solo la megalomanía de este político republicano criado políticamente durante el macartismo al que muchos tacharon de brillante, tramposo, obsesivo e insaciable a la vez, pudo querer registrar sus propias conversaciones (el sistema no era selectivo, se activaba con la voz), un secreto de considerable envergadura apenas conocido por cinco personas. Entre ellas, obviamente, Butterfield. Que lo ventiló al ser citado a declarar por el comité del Senado que investigaba los encubrimientos del Watergate, escándalo deschavado por los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein que casualmente se originaba en el intento fallido de colocar micrófonos, ya no en terreno propio sino en la sede del Comité Nacional Demócrata.

Aquellas grabaciones hundieron a Nixon. En agosto de 1974 (acá Isabel llevaba cuarenta días) se convirtió en el único presidente norteamericano que renunció. Lo referido al encubrimiento del Watergate, ciertamente plagado de órdenes ilegales, resultaba una parte ínfima de los miles y miles de horas de grabación. El resto, tras décadas de litigios judiciales y de meticuloso trabajo historiográfico, permitió conocer, entre otras cosas, a Nixon en todo su esplendor. Al verdadero. Su obsesión con la familia Kennedy, sus perversiones, sus prejuicios -entre ellos, el antisemitismo-, cómo se acercó a China, cómo sacó a Estados Unidos de Vietnam. Eso sí, después de haber dicho cosas como "bombardeen, no importa cuántos mueran, tenemos que conseguir tal cosa".

Aun hoy las cintas de Nixon son materia de estudio. Siguen produciendo información irrefutable. Hace apenas tres semanas el diario El País, de Madrid, publicó una extensa producción sobre los últimos años del franquismo y la sucesión del dictador basada íntegramente en los comentarios, sensaciones, análisis, insultos, groserías y órdenes diplomáticas expresados por Nixon en la intimidad a sus colaboradores más cercanos (había estado en Madrid con Franco y conoció al entonces príncipe Juan Carlos), sin pensar él, tal vez, que se estaba grabando o acaso con la convicción subyacente de que nadie más iba a tener el control de ese tesoro extraordinario, inicialmente resguardado en el sótano de la Casa Blanca.

Es probable que en la historia de la Humanidad no haya existido otro material tan acabado para apreciar cómo funciona el poder por dentro. La gestión del poder crudo, que luego puede ser comparada con los hechos. El poder despojado. Ni siquiera cabría decir cercano a la verdad: sería la verdad propiamente dicha. Hoy despejaríamos los misterios sobrevivientes al financiamiento del descubrimiento de América, por ejemplo, si pudiéramos acceder a las conversaciones grabadas, a las disquisiciones palaciegas de Isabel La Católica. Hacia atrás, un atajo fantástico pero imposible. No solo por razones tecnológicas, tampoco sabemos si gente como Julio César, Napoleón, Lenin, Yrigoyen o quien fuere habrían usado el grabador, de haberlo tenido, al modo absurdamente narcisista -y oneroso- de Nixon.

Pero hacia adelante sí hay fracciones de verdades tomadas de la intimidad de los poderosos, no ya acopiadas merced a una difusa pretensión de inmortalidad sino por disposición de terceros, casi siempre jueces interesados en conocer verdades agazapadas. Los jueces saben, claro, que las verdades son más corrientes y aparecen más concentradas en envases privados. Que un sospechoso en la intimidad tiene más propensión a ser sincero. Infieren, quizás, que el valor intrínseco de lo que alguien dice en privado sobre temas de interés general es proporcional a la diferencia que haya con lo que dice en público.

Cuando esa diferencia es amplia y no se trata de un único caso sino de uno tras otro entonces ya hay una cuestión sistémica. Es lo que sucede, tal vez, en la Argentina contemporánea. Las grabaciones de conversaciones telefónicas privadas de personas con poder que llegan con frecuencia a manos de la prensa para ser difundidas deslumbran porque renuevan el fenómeno del contraste entre verdad privada y versión pública, esa dicotomía que a escala mundial testimoniaron, con eficacia operativa, las cintas de Nixon, virtualmente el líder más poderoso de entonces. Es cierto, acá no son voluntarios los grabados sino personas desprevenidas, a quienes en el marco de una causa judicial les pinchan el teléfono sin que más tarde nadie se haga responsable de resguardar esas pruebas judiciales. Un buen día la conversación privada, explosiva, resuena amplificada en los parlantes de la radio, la televisión, los teléfonos y las computadoras. Como prueba para una condena, vista la eficacia de la justicia penal argentina, probablemente no aporte, pero al ser difundida habrá reconfortado de manera fugaz al público carente de un servicio de justicia reparador. Queda certificado que lo que está a la vista de todos todos los días no es la verdad. Para acceder a la verdad se necesita perforar la intimidad, un resorte exclusivo de los jueces. Que por alguna razón, cuando se trata de poderosos, casi nunca llegan a completar la tarea. Con más asiduidad con la que se pinchan teléfonos se vienen pinchando -ahora en el sentido neumático del verbo- las causas judiciales por corrupción.

Puede ser Cristina Kirchner diciendo que hay que armarle una causa a Fulano o Marcelo Tinelli pidiendo árbitros a la carta. Configuren o no delitos, muchos "audios" judiciales dan cuenta de que en el poder real los límites no son los que se exhiben por los medios.

Quizás por eso se vino discutiendo acaloradamente quién controla a la oficina de escuchas telefónicas, un asunto que la Bicameral de Seguimientos y Fiscalización de los Organismos de Inteligencia, reactivada y dominada por el kirchnerismo, resolvió ayer por la tarde: a las escuchas las supervisará la Bicameral. O sea el kirchnerismo. Que de ahora en más tendrá acceso a todas las pinchaduras judiciales. Incluidas, por supuesto, las que involucran a sus propios investigados.

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