
El porvenir de la Reserva Ecológica
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Desde el momento en que la fortuita intervención de la naturaleza dio origen, a la vera de nuestra ciudad, a la Reserva Ecológica y Parque Natural de la Costanera Sur, y hasta ahora, se han venido renovando, en forma cíclica, justificados temores e incertidumbres acerca del futuro de ese vasto predio que, semana tras semana, capta el interés de miles de visitantes. Bastaría esa poco común capacidad de atracción para justificar la demanda de que las autoridades definan y dispongan, en forma definitiva e inapelable, medidas adecuadas para asegurar la conservación y el mantenimiento de ese ambiente tan singular que, no obstante su condición agreste, se encuentra a muy corta distancia de la Plaza de Mayo.
Aquella aprensión y este requerimiento tendrían que ser innecesarios. La Constitución local, en la cláusula 4 del artículo 27, dispone promover "la preservación e incremento de los espacios verdes, las áreas forestadas y parquizadas, parques naturales y zonas de reserva ecológica, y la preservación de su diversidad biológica"; en la 5, "la protección de la fauna urbana y el respeto por su vida...", y en la 14, "la educación ambiental en todas las modalidades y niveles".
Bastaría con respetar el mandato constitucional. Pero la dura realidad ha demostrado de sobra que incluso esa garantía podría llegar a ser desvirtuada si existiese la intención de darle preponderancia a otra clase de intereses.
La Reserva, atrayente mixtura de tupidos montes silvestres, altos pastizales y espontáneos espejos acuáticos que alberga a numerosas especies de pequeños mamíferos y aves autóctonos, es blanco frecuente de las críticas negativas de quienes sólo ven en sus 370 hectáreas el asentamiento ideal para el desarrollo de lucrativos proyectos urbanísticos.
Hay varias propuestas formales en ese sentido. No son la única amenaza que aún pende sobre la Reserva, víctima de más de 300 incendios -no pocos intencionales, según ha sido probado-, de la invasión de canes cimarrones que depredan y diezman la fauna al mismo tiempo que alteran el ecosistema, de la salinización de sus lagunas y de la irrupción (¿espontánea o inducida?) de alrededor de 500 intrusos que, tal como ocurre u ocurrió en otros espacios públicos, han sentado allí sus reales y se niegan a abandonarlos, enarbolando la consigna del estado de necesidad.
Por último, en la Legislatura porteña aguarda turno de tratamiento -fue presentado en 2002- un proyecto elaborado por el diputado Jorge Giorno. Dicha iniciativa proclama alentar el propósito de resguardar, proteger y preservar la Reserva, y de asegurar su equilibrio ecológico con finalidades recreativas, educativas y científicas. Resulta ser muy positiva en tanto manifestación de intenciones, mas se ha inferido, no sin fundamentos, que la modificación de la normativa vigente -aunque no siempre cumplida al pie de la letra, valga decirlo- acaso termine por desembocar en una voluntaria o, tal vez, involuntaria modificación de las tan particulares características de la Reserva.
Es menester tener presente, entonces, que la Reserva Ecológica no es un parque público por el estilo de los demás que posee nuestra ciudad, sino un lugar cuya atractivo radica, precisamente, en esa fisonomía exclusiva que calca el aspecto original de la ribera porteña de hace casi cuatro siglos y medio. Ni más, ni menos que el panorama abierto ante los ojos de los fundadores del humilde caserío destinado a convertirse, muchísimos años y desvelos mediante, en multitudinaria metrópoli. Y, también, que es ése y no otro el escenario buscado por los visitantes diurnos y nocturnos, extasiados por la posibilidad de poder apreciarlo como un decir a tiro de la propia City, sin necesidad de tener que costearse hasta zonas mucho más distantes.
Cualquier normativa de manejo exclusivo de la Reserva será bienvenida por los numerosos defensores que se ha ganado esa auténtica aula al aire libre, siempre y cuando no pretenda desvirtuarla. Porque llegado el caso de que así lo hiciere, sería preferible que fuese eliminado por completo el embancamiento pretérito que acunó el crecimiento de la Reserva y que, en lugar de abrumadores y reiterativos voluminosos emprendimientos inmobiliarios, la ciudad de Buenos Aires recuperase su avenida costanera original, la misma en que tantos momentos de esparcimiento y deleite vivieron nuestros padres y nuestros abuelos.





