
El prestidigitador ante la realidad
Por Orlando Barone
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Acaba de acuñarse una nueva palabra: eurización derivada del euro. Moneda intangible común a los países de la Unión Europea e inminente socia del peso argentino, también intangible fuera de su geografía y últimamente dentro de ella.
Nadie podría anticipar si la eurización nace en la parte media, final o póstuma de la cronología económico-política nacional. Siempre renace esa leyenda de que tocamos fondo y de que esta vez no tenemos otra opción que salir hacia arriba. No se cuenta con la probabilidad de que arriba esté esperándonos y relamiéndose el monstruo del lago Ness o de que no existe el fondo, por lo cual el descenso puede ser infinito como lo prueba la historia del mundo. Si el descenso no fuera infinito, Grecia y Roma hubieran desaparecido. No existirían ya tampoco el oso panda ni los jubilados ni la merluza.
El ministro de Economía actual se ubica en un lugar preponderante en la lista de ilusionistas, profetizadores no sagrados, y vendedores de ficciones.
La gran ventaja fisiológica de los residentes expuestos a sus prácticas es su capacidad de acopio de desencantos, así como la de acopio de encantamientos. Somos náufragos individuales compitiendo por subir a los escasos botes salvavidas, siempre insuficientes para tantos.
Atraídos por este material blando, vulnerable a tentaciones fáciles, a señuelos prósperos inalcanzables, se fundan los planes económicos. Estos nacen de arriba hacia abajo y, curiosa y dramáticamente, van perdiendo eficiencia a medida que bajan. Su mayor intensidad está en el foco, y el efecto se apaga a medida que la luz se difunde y se aleja del centro de emisión.
Los beneficios inmediatos de la nueva gestión económica son los que produce un prestidigitador desde el escenario ante una platea de niños. No hay ninguna posibilidad de que lo que el ilusionista ofrece en apariencia sea real. El lo sabe y los niños también. Es inexplicable entonces que tantos adultos no sepan lo que ocurre en la economía.
Es difícil el rol de los encantadores. Si se deciden a revelarles a los espectadores que lo que hacen son trucos y no magia, éstos se sentirían desencantados. Si, en cambio, presumen de ser magos al menos los encantan un rato. De una forma u otra se concluye en desencanto. El problema de la economía son los seres humanos: producen variables de comportamiento desajustadas e inesperadas que siempre desequilibran los resultados. Y como dice la ley de Levy "sólo Dios puede hacer una selección al azar". Está ese teorema de Ginsberg que es mejor ignorar: "No puede ganar. No puede empatar. Ni siquiera puede dejar el juego". Es de esperar que no se refiera a nosotros.
La magia es una ciencia animista. Es la creencia primitiva de que todos tienen alma, incluso las piedras y los animales. No se especifica si también tienen alma los desalmados que siguen alabando el progreso humano aun ante la consecuencia de que haya 250 millones de niños esclavos que desaparecen de los barcos y de las estadísticas de bienestar como por arte de magia. Un mago pretende dominar las fuerzas naturales con los mismos procedimientos con los cuales se someten los seres animados. "La magia es la estrategia del animismo", dicen los filósofos. Cavallo la exagera. Se autoproclama vencedor de los banqueros codiciosos, de los mercados inmaduros y desinformados, y de los brasileños atados al carnaval y el samba. Los que hasta ayer eran factores invencibles él los desnuda en su insignificancia. Es una combinación de Atila y de Atlas: a su paso ha dejado de crecer la hierba en muchas partes. Y a la vez lo obligan a sostener a la Argentina. Este abuso de responsabilidad podría ser su condena. Es como un Gran Houdini que cautivaba espectadores escapándose de jaulas clausuradas sumergidas en un lago. Al mago Houdini lo mató una vulgar apendicitis por no tensar los músculos en una prueba con clavos en el pecho. La Argentina actual es la prueba de los clavos.
Cavallo se empeña en adjudicar alma a la economía y más aún: alma a los que ya han sido despojados de ella porque los costos no les daban para poseerla.
Pero no hay almas para todos. Es más: hay escasez de almas y sobrante de cuerpos. No hay mago que produzca el espejismo de que ambas cantidades son parejas. Lo único del mundo más o menos equitativo es el oxígeno.
"Houdini" Cavallo había logrado sobrevivir con éxito suficiente a su extrema prueba de la convertibilidad, aunque no sin salir algo desconvertido porque algunas partes del menú se le quemaron en el horno. Ahora apuesta a la eurización y arrastra en la canasta a fieles e infieles. En ningún momento previene sobre algún efecto "no querido". Debería dejarse un espacio para agregar una explicación en caso de que algo no funcione.
Dicen que, en 1991, el mago norteamericano Dr. Eldoonie, en Ohio, ejecutó 222 trucos diferentes en dos minutos. Pero falló en la última prueba y acabó aborchonado. Un mago que no logra la totalidad es un fracaso. No hay medio mago ni un poco mago. El éxito de la magia es sustituir a la realidad.
Esfuerzo de demiurgo de posibilidades remotas. El romántico Novalis, al definir el idealismo mágico, afirmó que "el mago más grande sería aquel que supiera también encantarse a sí mismo".
Pero, ¿cuánto tiempo dura la hipnosis en el público? ¿ Y cuántos espectadores saldrán vivos de la prueba de la canasta mortal?
El mago dice que no tengamos miedo. Ya ni eso se tiene: el miedo es un lujo emocional de quienes todavía pueden resistirse. O aunque sea gritar.
Y sólo somos un público cautivo.
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