
El progreso nuestro de cada día
PARIS .- ¿La satisfacción que procura progresar en el trabajo es un sentimiento inherente a la naturaleza humana o, simplemente, un eco de las felicitaciones escolares escritas en el boletín: "¡Muy bien. Ha progresado!"? Dejemos que los psicoanalistas respondan.
En todo caso, progresar en el medio laboral es tan indispensable como el aire que se respira. No necesariamente progresar subiendo en grado. Me refiero a progresar en conocimientos y responsabilidades, en darse cuenta de que uno es capaz de cumplir tareas cada vez más complejas o novedosas.
La última publicación del "barómetro del bienestar (o malestar) en el trabajo" acaba de confirmar esta teoría, estima su autor, Victor Waknine, fundador y gerente de la empresa británica Mozart Consulting. Entre paréntesis, el estudio no constituye un sondeo más, sino un análisis estadístico elaborado a partir de la base de datos de la OMS y diversos organismos europeos.
El barómetro parte del principio según el cual la percepción del hombre moderno es la siguiente: "Si estoy bien en el trabajo, existo". Waknine califica y clasifica los distintos grados de bienestar, analizando los porcentajes de ausentismo, rupturas de contrato, despidos, etcétera.
Según el estudio, el clima es globalmente mejor en las empresas industriales que en las sociedades de servicios. A pesar de las amenazas que pesan sobre el sector manufacturero en estas épocas de crisis, los riesgos de deslocalización y los niveles de salarios generalmente más bajos, sus empleados se sienten más a gusto que aquellos que trabajan en consultoras, hoteles o en la informática. "Se debe a que los asalariados tienen una relación directa, incluso afectiva con lo que producen", afirma el autor.
Sin embargo, son pocos los dirigentes que prestan atención a ese sentimiento de progreso (no jerárquico). Dos investigadores en management, Teresa Amabile, profesora en la Harvard Business School, y Steven Kramer, investigador independiente, lo confirman en un artículo publicado en la revista McKinsey Quaterly del primer trimestre de 2012. "Los directivos estiman que el reconocimiento, la remuneración, la necesidad de fijar objetivos precisos, son los principales factores de motivación. Muy pocos son en realidad aquellos que citan esa noción de progreso", afirman.
En Europa son innumerables los casos de empresas que bloquean a ciertos asalariados en un mismo puesto durante años por la simple razón de que allí son auténticamente productivos. Sometidos a un trabajo tedioso y sin interés, con el tiempo, los más sólidos cambian de profesión; los más frágiles saltan por las ventanas.
Es como el famoso "principio de Peter", según el cual cada persona tiene un techo que conviene no hacerle superar, a riesgo de verlo transformarse de "eficaz" en "inútil". Sometidas a la presión de la globalización y la competitividad, cada vez son más las grandes empresas europeas que practican ese credo -inconfesado-, olvidando que el hombre es un sofisticado y vulnerable mecanismo hecho de ambición, sueños, y esperanzas.
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