
El recurso de demonizar al adversario
El triunfo viable del oficialismo en la votación del próximo 24 de junio no consistirá, por supuesto, en imponer a su candidato como jefe de gobierno. La victoria factible, en cambio, consistiría en ampliar el caudal cívico porteño dispuesto a creer que la oposición, representada hoy por Mauricio Macri, agota su significado en lo que el discurso oficialista pretende. O, lo que es igual, que el progresismo se encarna sin alternativa en la propuesta representada por Daniel Filmus.
El sostenimiento de esta drástica disyunción es esencial para los proyectos del Presidente. Confía en que, alentándola, puede prosperar. El bien sabe que allí donde las flaquezas de la democracia son profundas, las polarizaciones constituyen una tendencia fuertemente arraigada y altamente rentable para quien sepa administrarlas. Asimismo, el Presidente tiene la urgente necesidad de restañar las heridas que la imagen progresista del oficialismo ha sufrido por un sinnúmero de traspiés cometidos en la última primavera y nutridos, con sucesivos aportes, a lo largo del verano y el otoño que termina. El urgente retoque que esa imagen tanto precisa quiere encontrar, en la tarea a realizar con vistas al ballottage del 24 de junio, un recurso propicio.
Intimamente unida al propósito de rotular a la oposición como reaccionaria está la necesidad de sembrar el miedo en los sectores aún indecisos de la población. Miedo a una eventual recaída en un pasado que se definió por el desprecio a la vida y a las instituciones democráticas que el oficialismo actual se jacta de representar sin mengua. Para lograr que los frutos sembrados por el miedo puedan cosecharse, habrá que hacer olvidar, además, cuánto de ese pasado perdura gracias a quienes, desde el oficialismo, aseguran ser su reverso. La resistencia franca a promover una reforma política indispensable, las distorsiones impuestas al Consejo de la Magistratura, los acuerdos mafiosos, las coimas, el autoritarismo, los aprietes, ¿qué son sino expresión de ese pasado cuya desgraciada vigencia sigue siendo alentada por quienes, sin pudor, se proponen como su antítesis?
Donde los ideales republicanos y democráticos son pretextuales y no sustanciales, promover las apariencias en desmedro de la verdad resulta ser un procedimiento ineludible. El discurso maniqueo que con toda seguridad llenará la boca del oficialismo porteño durante las próximas semanas es, en sí mismo, un discurso reaccionario. Asentar la credibilidad propia en la demonización del adversario exige alentar, en la sensibilidad colectiva, la adhesión a los fanatismos y el desprecio de los matices.
Así como sería falso pretender que la gestión de este Gobierno se reduce al cúmulo de desaciertos y transgresiones cometidas, así lo es también afirmar que la oposición no consiste sino en la encarnación del Mal. El mundo contemporáneo acusa hace ya tiempo los efectos penosos de una dicotomía estéril entre santos y réprobos que, en gran medida, prospera gracias al desprecio por la responsabilidad democrática. Diseminarla entre nosotros equivale a ensanchar el desapego al único sistema político con que podemos contar para rectificar sin cesar nuestros errores y profundizar sin pausa nuestros aciertos.
Lo necesario e improbable sería que el oficialismo, en su discurso de campaña, ahora y en vísperas de las elecciones de octubre, fuera capaz de caracterizar con precisión y hondura los grandes escollos que enfrenta la Argentina para dejar atrás su estancamiento estructural. Pero este discurso, que es el único auténticamente progresista, supone la vigencia de una aptitud que brilla todavía por su ausencia: la de reconocer que las fuerzas políticas con discernimiento republicano sólo son aquéllas capaces de privilegiar la disputa por el poder sin caer en la descalificación perversa del adversario. ¿Ocurrirá? Es difícil de creer. Y es indispensable exigirlo.





