
El reencuentro de los camaradas Admiral Graf Spee
Los veteranos del célebre acorazado alemán, hundido por sus tripulantes tras la Batalla del Río de la Plata en diciembre de 1939, se reunieron en el cementerio alemán para recordar y homenajear al comandante Hans Langsdorff, que se quitó la vida días después de la derrota
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Eran cerca de las once de la mañana del 22 de diciembre último. Una violenta tormenta se abatía sobre Buenos Aires, barriendo con violencia las cuidadas sepulturas del Cementerio Alemán. Albergábamos dudas acerca de si la reunión proyectada tendría lugar. Pronto, éstas se despejaron. En pequeños grupos, cerca de cuarenta personas, ancianas la mayoría, de rostros rubicundos y ocasionalmente ajados, de aspecto digno, comenzaron a reunirse en la entrada del cementerio. Leves palmadas y algún abrazo marcaron el encuentro de los viejos camaradas. Nada de exuberancia, todo era medido en la reunión. Es que se han conocido de toda una vida. Eran los últimos sobrevivientes de la tripulación del acorazado de bolsillo Graf Spee que se congregaron para cumplir con una cita de honor.
Como todos los años en diciembre (cada vez con alguna nueva y triste ausencia), se reunieron para evocar la Batalla del Río de la Plata, donde su barco, el orgulloso Graf Spee, concluyó su trayectoria de guerra -tras hundir 50.000 toneladas de barcos mercantes enemigos- al enfrentarse el 13 de diciembre de 1939 con los buques británicos Exeter, Ajax y Achilles. También se encontraron para recordar a sus camaradas que ya no están (a los que cayeron en la batalla y a los que venció el paso del tiempo) y, sobre todo, para homenajear a su inolvidable comandante, el capitán de navío Hans Langsdorff, que luego de volar su nave antes de que cayera en poder de sus enemigos, y tras poner a salvo a sus tripulantes en Buenos Aires, se quitó la vida en su habitación del Arsenal de Guerra Naval, en la noche del 19 al 20 de diciembre de aquel año.
Bajo la lluvia torrencial, los marinos, acompañados por sus familiares y por algunos pocos y leales simpatizantes, avanzaron lentamente rumbo a la capilla cercana a la entrada del cementerio. Para estar allí, habían viajado mucho, algunos desde Alemania, otros desde lugares más distantes aún. Kurt Wecker, presidente de la agrupación de veteranos del Graf Spee, pronunció un austero y emotivo recordatorio de la historia del barco.
Luego, la emoción se apoderó de todos los presentes, cuando los marinos empezaron a entonar los compases melancólicos de Der gute Kamerad ("El buen camarada"), una vieja canción militar alemana de comienzos del siglo XIX. Sus rostros, curtidos por tantas aventuras y por el impiadoso paso del tiempo, mostraban, muy a pesar de ellos, el deslizarse de alguna lágrima. Una delegación de la Armada argentina, con sus uniformes blancos, impecables, permanecía firme, saludando a los viejos combatientes, cuyas voces parecían elevarse por las paredes del recinto. A un costado, un joven capitán de la marina alemana, con su uniforme de color acerado, entonaba la melodía con la misma emoción que los marinos del Graf Spee.
No se trataba de una típica canción marcial germana la que los conmovía. Había algo más profundo allí. "Esta melodía -nos dijo después Kurt Wecker- es viejísima, y la han cantado desde siempre los soldados y marinos alemanes para honrar a sus muertos. Mi padre, que fue oficial del ejército durante la Primera Guerra Mundial, la cantó o la escuchó cantar junto a las tumbas abiertas de Verdún".
Fuera de la capilla, y aún bajo el pesado manto de lluvia, los viejos camaradas del Graf Spee caminaron, algunos erguidos, otros no tanto, hasta la tumba de su comandante, el capitán Langsdorff, que está enterrado junto a otros marinos del acorazado. Allí, un toque de clarín proporcionado por un marino argentino y un respetuoso silencio envolvieron por un instante a la partida.
Imágenes de un comandante
Los veteranos del Graf Spee, se lo percibía en sus ojos fijos, en sus rostros crispados, retenían seguramente distintas imágenes de su viejo comandante. Algunos lo recordarían como al oficial siempre correcto, algo distante, que sostenía su infaltable pipa mientras salía de su camarote, sobre la banda de estribor a popa. O lo rememorarían, tal vez, tomando sol en la cubierta de la nave, junto al capitán británico Patrick Dove, que por el trato caballeroso de Langsdorff terminó por olvidar que éste había enviado al fondo del mar a su carguero, el Africa Shell. Otros, por fin, lo recordarían el mismo día de la Batalla del Río de la Plata, cuando tras ser herido dos veces, perdiendo sangre y quedando inconsciente luego de la explosión de una granada, volvió en sí, para retomar el mando y dirigir el combate. Un silencio opresivo, cargado de emoción, acompañaba la escena, mientras la lluvia barría la tumba del marino.
Luego, tras los respetos al viejo comandante, la mayoría de los ex tripulantes y sus familiares abandonó el lugar, dirigiéndose al comedor de una tradicional entidad deportiva de la colectividad alemana para compartir un almuerzo de camaradería. Fue entonces la ocasión de cambiar unas palabras con ellos. El ya mencionado Kurt Wecker -amable, levemente irónico- nacido en Pomerania hace 83 años comenzó por recordar al capitán Langsdorff: "Era un hombre agradable, cordial, no demasiado marcial. A mí, cada vez que lo iba a saludar y cuadrarme, me bajaba la mano con un gesto cómplice. Como yo era uno de los marinos más jóvenes, y muy prolijo -agregó sonriente- solía distinguirme y siempre me pasaba su postre durante las comidas. Era un marino caballeroso, tanto con nosotros, sus subalternos, como con los prisioneros británicos que pasaron por nuestra nave mientras estuvimos en operaciones. A todos los marinos capturados los trató con el mayor respeto. El capitán británico Dove, incluso, terminó hablando en su defensa luego de la batalla".
A tantos años, para Wecker, la figura de Langsdorff parece la de un padre distante, pero padre al fin, que decidió el destino de sus subordinados al internarlos en la Argentina. "Yo quedé internado en el país -señala- y vivir en la Argentina a principios de los años cuarenta era una fiesta. Aquí conocí a mi mujer, Olga, una linda argentina hija de alemanes con la que tuve dos hijas, que luego me dieron cinco nietos y tres bisnietos".
Wecker, que debió regresar a su país tras finalizar la guerra, no pudo permanecer allí. "Mi familia era de Pomerania, que fue ocupada por los rusos, y luego por los polacos. A mi madre, que intentó llegar a Berlín en los últimos días de la guerra, la mataron los rusos, luego de violarla. A mi hermano, simplemente lo fusilaron. No quedaba nada para mí allá".
Antes de separarnos, Wecker tuvo una mención para un viejo camarada: "Peor destino tuvo el capitán Ascher, primer oficial de artillería del Graf Spee, que había dirigido los disparos contra el Exeter en la batalla del 13 de diciembre. El pudo escapar de la Argentina para seguir en la guerra y terminó hundiéndose con su nueva nave, el Bismarck. Allí la suerte lo abandonó".
Con respecto a la decisión de Langsdorff de quitarse la vida, Wecker afirmó: "Me apenó terriblemente, pero sin duda era parte de la tradición de la marina alemana, la de morir con honor. En ese sentido, su decisión fue inobjetable".
Otro testimonio invalorable es el del capitán de corbeta (R) Friedrich W. Rasenack, autor de un vivaz libro de recuerdos sobre la campaña del Graf Spee. Este oficial imperioso, de baja estatura, no pudo asistir a la tocante ceremonia en el Cementerio Alemán. Se lo impidió una delicada dolencia pulmonar que padece hace tiempo. Tras su internación en la Argentina, en 1939, Rasenack escapó del Arsenal de Marina para volver a Alemania y a la guerra. "Con otros jóvenes oficiales me escapé del Arsenal, pese a la severa guardia. No es cierto, como dijeron los ingleses, que hubiéramos dado nuestra palabra de honor de no abandonar la Argentina mientras durara la guerra.
Un regreso ajetreado
"Me tomó casi medio año regresar a Alemania. Me hice pasar como un ingeniero checo de la fábrica Skoda, llegando así a Chile. Después me convertí en viajante de vinos búlgaro. Junto con un camarada nos detuvo la policía secreta norteamericana en la zona del Canal de Panamá. Finalmente pudimos escapar en un barco japonés, con el que llegamos a los Estados Unidos. Desde allí, cruzamos el Pacífico para alcanzar Japón, atravesar luego Manchuria y Siberia, y entrar al territorio ruso como comerciantes alemanes. En Rusia, pese a que ese país todavía no estaba en guerra con Alemania, observamos importantes preparativos bélicos, y nos salvamos por un pelo de ser detenidos. Finalmente, el 1° de septiembre de 1940, logramos llegar a nuestra patria.
"Allí -agrega Rasenack- volví a ver acción a bordo de otra gran nave de combate, el acorazado Tirpitz, que desde enero de 1942 a noviembre de 1944 sirvió en aguas de Noruega. Nuestra tarea consistía en amenazar los convoyes británicos y norteamericanos que se dirigían rumbo al puerto ruso libre de hielos de Murmansk."
Como su compañero Wecker, Rasenack tampoco permaneció en Alemania tras el conflicto. "Cuando terminó la guerra, mi tierra natal, Silesia, había quedado en poder de los rusos, que se quedaron con todas las propiedades de mi familia. No tenía nada que hacer allí". El relato de los dos viejos marinos se interrumpió aquí, ya era tiempo de volver con sus camaradas y sus recuerdos. Está bien, podía ser la última vez.






