El regreso de los "partidos del poder"

El triunfo del PRI en México y la destitución de Fernando Lugo en Paraguay, facilitada por un Partido Colorado que reaparece ahora como opción electoral en 2013, muestran la vigencia y capacidad de regeneración de partidos que, como el peronismo argentino, aún con sus vaivenes ideológicos no pierden su vocación hegemónica
José Vales
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8 de julio de 2012  

No faltaron los que alguna vez los dieron por muertos, pero ahí están, gozando de una excelente salud. Vienen de recobrar sorprendentemente su vitalidad y aún siguen respirando del único aire que los mantiene vivos: el del poder. Un poder al que nunca terminaron de abandonar del todo, aun cuando las urnas le fueron esquivas y del que, parece, no vayan a prescindir, en honor a su condición de partidos hegemónicos.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, y la paraguaya Asociación Nacional Republicana-Partido Colorado (ANR-PC), tal el nombre del viejo partido fundado en 1887 por el ex presidente Bernardino Caballero (1886-1890), supieron levantarse sobre cimientos ideológicos bien sólidos. Apoyado en un nacionalismo de raíz revolucionaria y antiestadounidense, el mexicano. Republicana y conservadora, la prosapia del paraguayo, se supieron semejantes en varios pasajes de su historia. Lo que también ocurriría con otros movimientos de la misma estirpe hegemónica en la región.

Fue a la hora de gobernar bajo esa impronta o como partidos de Estado -siempre acorde a los momentos históricos y en la actualidad-, cuando los errores en otros sectores políticos y/o la carencia de alternativas, hizo que su reloj biológico volviera a marcar su tiempo del regreso al poder. Ese lugar de privilegio que, a pesar de los hechos, no habían abandonado del todo.

"En el caso de México, donde el presidencialismo es sumamente fuerte, cuando se pierde la presidencia se pierde el poder, como ocurrirá ahora con el PAN de Felipe Calderón, pero en el caso del PRI, en su momento fue distinto porque mantuvo una buena cuota en el Congreso y 20 gobernaciones que ahora aumenta a 22", explica el politólogo José Fernández Santillán, profesor del Tecnológico de Monterrey y discípulo de Norberto Bobbio.

Con el partido Colorado, re-socializado por el dictador Alfredo Stroessner (1954-1989), la historia no fue muy diferente. Conservó varias gobernaciones, las bancadas mayoritarias en el Senado y en la Cámara y cargos de suma importancia en otros estamentos institucionales, "pero aprendió en los últimos años que necesitaba reorganizarse y democratizarse internamente", asegura el ex diputado Bernardino Cano Radil.

No son los únicos partidos de esa estirpe en Latinoamérica. Con matices, el peronismo en la Argentina se suma al lote y alguna vez el APRA, peruano, fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre en México, en pleno fervor posrevolucionario, vio evaporarse su vocación hegemónica para terminar convirtiéndose en la herramienta electoral de un hombre al que le cuesta vivir lejos del poder: el ex presidente Alan García.

Pero el caso del PRI y el Partido Colorado paraguayo aparecen como la máxima expresión de partidos que trascienden lo político para terminar convirtiéndose en espejos de sus sociedades, como coinciden Cano Radil y el sociólogo argentino, Ricardo Sidicaro.

Ex profesor de derecho en la Universidad de Córdoba, Cano Radil subraya que "partidos como el Colorado, el PRI o el peronismo representan fielmente lo que son sus respectivas sociedades, con todo lo bueno y lo malo que eso implica".

Ambas maquinarias políticas, la mexicana y la paraguaya están de vuelta en el centro de la escena política y se muestran intactas. El triunfo electoral de Enrique Peña Nieto, el pasado domingo, es el último peldaño del denominado grupo de Atlacomulco, el más arquetípico sector interno del PRI, y el presidente electo la versión más moderna y cosmopolita (aún con su confesa falta de pasión literaria) de ese poderoso grupo del Estado de México.

En Paraguay, mientras, la estructura colorada resultó clave a la hora de llevar adelante el juicio político, que en tiempo récord y de la mano de sus históricos rivales del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), eyectó del Palacio de López a Fernando Lugo. En el tránsito del juicio político a la destitución presidencial, el viejo partido que gobernó al Paraguay durante 60 años quedó en una inmejorable posición para regresar al gobierno en los comicios programados, en principio, para abril de 2013.

A pesar de sus diferencias de origen, el PRI y el Partido Colorado son dos estructuras que muestran más similitudes que contrastes. La forma de construir poder y esa tendencia de partido único, a costa del fraude como mecanismo electoral que los caracterizó por décadas, aparecen a priori. Pero también ese carácter popular que supieron adoptar desde sus orígenes que fue lo que los ayudó a perdurar a pesar de los cambios de época y de las distintas coyunturas.

"Si se observa el Partido Colorado pasó del republicanismo al nacionalismo y a la idea de un estatismo fuerte. Tuvo su fase dictatorial con Stroessner, que marcó a fuego al partido y al país, y también se dio su tiempo neoliberal, hasta lograr llevar a cabo una transición ejemplar en 2006", explicó Cano Radil, quien resalta el traspaso del gobierno entre Nicanor Duarte, el último presidente colorado, y el propio Lugo.

Con matices, algo similar ocurrió con el PRI en México. Desde sus orígenes, como Partido Nacional Revolucionario, creado por Plutarco Elías Calles, hasta 1938, o bien ya como Partido de la Revolución Mexicana, de la mano de Lázaro Cárdenas, y luego desde el 40 hasta la actualidad, el PRI ocupó todos los roles posibles. Desde ser la fragua institucional del país al del promotor de un Estado sólido con sentido social, para pasar a transformarse en un motor del denominado populismo desde mediados de los años 30, o derivar hacia un desarrollismo a fines de los 40 con Miguel Alemán o Adolfo Ruiz Cortines hasta expirar la década del 50, o un neoliberalismo de la mano de Miguel de La Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, a partir de los años 80.

Coincidencias

"El PRI fue la herramienta que organizó el país después de una revolución que, singularmente, fue profundamente democrática, porque surge de un golpe contra el gobierno de [Francisco] Madero", sostuvo Fernández Santillán. Además de su rol institucionalizador, el PRI supo albergar durante el gobierno de Cárdenas a organizaciones campesinas y obreras, y nacionalizar el petróleo y la economía, lo que terminó de darle "una raigambre popular", añadió el analista, quien recuerda la particularidad de que el PRI siempre encumbró a presidentes civiles y que conforma "un caso único en América latina". Eso, a pesar de la cantidad de generales que ocuparon el cargo hasta que en el 46 fuera ungido el abogado Miguel Alemán. Y es que todos los militares que ostentaron la presidencia surgieron de los campos de batalla de la revolución.

El sociólogo argentino Ricardo Sidicaro encuentra coincidencias de esos partidos con el peronismo. El autor de Los tres peronismos sostiene que Juan Perón había intentado "crear una especie de partido de Estado", pero fue "el igualitarismo aportado por la migración europea" en buena parte del país el que, a su entender, fue una limitante para aquella vocación fundacional del peronismo.

Para Sidicaro, es ese igualitarismo el que hace que en la Argentina, a diferencia de lo que pasó en México o en Paraguay, "una hegemonía no dure más de 10 años", ya que "la desconfianza de la sociedad ante el poder siempre fue muy fuerte".

No obstante, a la hora de buscar comparaciones, el derrotero del peronismo no fue muy diferente en sus vaivenes ideológicos, ni en su forma de representación social.

Pero Sidicaro, investigador del Instituto Gino Germani, resalta la modernización mexicana, el aporte de sus intelectuales en la política y a las cuestiones de Estado durante los años del priísmo y una variable que, en su óptica, resultó determinante en el tránsito del PRI hacia la hegemonía. La histórica consigna de Madero, transformada en una máxima constitucional de "Sufragio efectivo y no reelección", terminó por evitar que los líderes que sobrevivieron a la Revolución "acabasen los unos con los otros".

Otra característica común pasa porque, más de una vez, estos partidos hegemónicos aparecen jugando ambos roles, de oficialismo y oposición. Algo que también le es familiar al peronismo de las últimas décadas. De los varios desprendimientos priístas, el más grave y recordado fue el que encabezaron, en 1988, Cuahutémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, referentes de la Corriente Democrática que luego dio lugar al Partido de la Revolución Democrática (PRD). A la postre, víctimas del histórico fraude que le dio la elección a Salinas de Gortari, que terminó por abrir el camino a la transición democrática.

En Paraguay, el ex general y hoy senador Lino Oviedo había encabezado una facción desde el interior del partido contra Juan Carlos Wasmosy en 1996, hasta que su delfín, Raúl Cubas, llegó al poder en 1998, sólo para renunciar un año más tarde y exiliarse ambos en Brasil.

En el caso mexicano el sociólogo José Antonio Crespo, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), recuerda que "el PRI fue hegemónico hasta 1997, cuando perdió la mayoría en el Congreso. A partir de allí, comenzó una suerte de desgaste que terminó con la derrota de 2000 y el gobierno de Vicente Fox".

En la actualidad las condiciones son muy distintas. Tanto para Crespo como para Fernández Santillán, en México ya no hay lugar para el "dedazo", la elección exclusiva del candidato a la sucesión por parte del presidente en funciones, ni para el grosero hábito de las "urnas embarazadas" (recambio de urnas vacías por otras llenas con votos priístas), "el carrousell" (votantes que sufragaban hasta 10 veces) o cualquiera de las mañas en los centros de votación que solía repetirse cada seis años.

Para este discípulo de Bobbio, la idea de que el sistema mexicano era una "monarquía sexenal hereditaria por vía transversal", que con maestría había desarrollado el desaparecido sociólogo Daniel Cosio Villegas, había tocado ya a su fin con Salinas de Gortari. Por eso para muchos en México se impone en el futuro inmediato una reforma política que ponga límites al vasto poder presidencial. En ese caso, otra vez le tocará al PRI demostrar si logró evolucionar en términos democráticos durante los 12 años en el llano.

Tampoco hay espacio en Paraguay, al decir de Cano Redill, para un regreso al populismo de los 40, y con él coincide Sidicaro, porque "la modernización y la globalización terminan por hacerlo intolerable", según Fernández Santillán.

Lo cierto es que, como en distintas etapas históricas, levantando las banderas del nacionalismo o del neoliberalismo, esgrimiendo el estatismo o el autoritarismo, cobijando a los sectores sociales o rompiendo con ellos, los "partidos del poder" en América latina parecen estar de regreso, dispuestos a seguir escribiendo su historia.

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