
El regreso de un viejo conocido: el unicato
Dos de cada tres países y entre ellos todos los desarrollados son, hoy, democracias. Lo que habitualmente llamamos "democracia", sin embargo, no es un régimen "puro" donde el pueblo gobierna directamente como en la clásica Atenas sino un régimen "mixto" donde se mezclan la democracia propiamente dicha y la república: una democracia republicana. "Democracia", porque en él el voto popular tiene la última palabra. "Republicana", porque ninguno de los ciudadanos electos por el pueblo tiene la suma del poder sino sólo una parte de él, según el principio republicano de la división de poderes.
Dos de los tres poderes de la república que integran la clásica trilogía de Montesquieu, el Ejecutivo y el Legislativo, son "políticos" porque provienen de la elección popular. El tercero, el Poder Judicial, no es político porque no es elegido por el pueblo. Su misión es, sin embargo, fundamental: controlar a los poderes políticos para que se mantengan dentro de la Constitución. Por eso decimos que el Poder Judicial, cuya cima es la Suprema Corte, no es político sino jurídico o "jurisdiccional", porque "dice" el Derecho ( juris , "Derecho"; dictio , la función de "decir") al que deben someterse tanto los gobernantes como los gobernados.
Allí donde los tres poderes de Montesquieu se controlan recíprocamente, estamos ante una república. Si en ella vota sólo una minoría de ciudadanos, nos hallamos ante una "república aristocrática". Si en ella votan todos los ciudadanos, nos hallamos ante una "democracia republicana". Entre 1853 y 1912 la Argentina fue una república aristocrática. Entre 1912 y 1930, una democracia republicana. Después de graves desviaciones, ha vuelto a serlo desde 1983.
Viniendo como viene de la tradición autoritaria española, a la Argentina le ha costado mucho implantar tanto la democracia como la república.Llegó a la democracia sólo en 1912, con el voto universal masculino de la ley Sáenz Peña y en 1951, con la implantación del voto femenino. En los años treinta mediante el fraude y en los años sesenta mediante la proscripción del peronismo, empero, el voto universal se desdibujó. Hace sólo veinte años que lo tenemos otra vez.
La república llegó a nosotros con la Constitución de 1853. Fue alterada gravemente durante la vigencia del poder militar entre 1930 y 1983. Antes y después de ese período, también fue alterada por el desborde del Poder Ejecutivo sobre los demás poderes de la república, un desborde que recibió el nombre de unicato .
Trayectoria del unicato
En 1886, el general Roca transmitió la presidencia a su concuñado Juárez Celman. Apoyado en el dominante Partido Autonomista Nacional, conservador, el nuevo presidente gravitó de tal manera en los ámbitos que no le correspondían que su régimen fue bautizado como "El Unicato". El diccionario define así la palabra "único": "Sólo y sin otro de su especie". El unicato es un sistema que se forma en torno de un único protagonista.
Asediado por una creciente oposición a la que su concuñado y padrino político que se sentía traicionado, Roca, dejó crecer deliberadamente, Juárez Celman renunció en 1890. El unicato, sin embargo, lo sobrevivió como la tentación recurrente de los presidentes "fuertes". En 1916 el primer presidente surgido de la ley Sáenz Peña, el radical Hipólito Yrigoyen, intervino la provincia de Buenos Aires que estaba en manos conservadoras. Su aspiración al unicato sería frustrada al fin por la revolución militar-conservadora de 1930, un remedio que resultó peor que la enfermedad.
Para tomar sólo los ejemplos más recientes, Perón reencarnó el unicato entre 1945 y 1955. Entre 1983 hasta su ocaso en 1989, Alfonsín también aspiró a formar el "tercer movimiento histórico" (Yrigoyen, Perón y Alfonsín), potencialmente monopólico, aunque hay que decir en su favor que, al ofrecerle la presidencia de la Suprema Corte a su rival en las elecciones, el peronista Luder, reconoció los límites del poder presidencial. Algo que no hizo Menem, nuevo titular del unicato entre 1989 y 1999. Al aumentar el número de los ministros de la Corte de 5 a 9, Menem invadió el Poder Judicial. Dominó casi completamente al Congreso. Manejó casi todas las situaciones provinciales. Promovió la reforma constitucional de 1994 para hacerse reelegir. En tanto los radicales aspiraron infructuosamente por dos veces al unicato, lograrlo ha sido la marca del peronismo. Queda entonces por responder esta pregunta: en la huella de Perón y Menem, ¿marcha Kirchner hacia un nuevo unicato?
Y si no, ¿qué?
A partir del 10 de diciembre, el peronismo tendrá mayoría propia en las dos cámaras del Congreso. Domina, además, casi todas las situaciones provinciales. Pero el peronismo parlamentario y provincial, ¿no sigue verticalmente al presidente Kirchner? Las crónicas consignan que el Congreso no decidió la intervención federal al poder judicial de Santiago del Estero hasta no recibir una "señal" de Kirchner. Cuando el presidente arremetió contra la Corte por cadena de radio y televisión, ¿no envió también una señal al Congreso? Pocos días después, presionado por un inminente juicio político, renunciaría Nazareno, el presidente de la Corte.
El juez Moliné O´Connor lo sigue en la lista. La señal del Presidente quedó de manifiesto cuando, en una reunión del bloque de senadores justicialistas, se decidió suspenderlo "antes" de escuchar su defensa. Y éste es el mecanismo que casi siempre siguen los legisladores justicialistas: primero reciben la señal en una reunión del bloque a puertas cerradas; después salen del recinto y votan monolíticamente, sin que conozcamos sus opiniones individuales.
Al defenderse contra sus acusadores, Moliné sostuvo que mal podrían condenarlo a él por fallos que había firmado con otros miembros de la Corte. Su argumento se volverá pronto contra otros ministros como Vázquez y López. Si firmaron con Moliné, también serán condenados como él. Eso sí: de a uno, porque ésta es la señal que llegó de la Casa Rosada. Es la misma señal que impulsa al doctor Zaffaroni a ingresar en la Corte pese a los graves reparos que su candidatura ha suscitado. Es la misma señal que apunta a una futura Corte no ya menemista, pero tampoco pluralista, sino kirchnerista.
¿Podremos pedirle a Kirchner que rechace la tentación del unicato? En esta Argentina de tradición autoritaria, si el Presidente no termina por dominarlo todo es despreciado como un presidente débil. Aunque doctrinariamente incorrecta, esta creencia tiene sus raíces en nuestra historia. Veamos si no cómo le fue a De la Rúa, un presidente que respetó a la Corte, al Congreso y a los gobernadores no radicales.
Los dos límites que quedan hoy a la formación de un nuevo unicato son, de un lado, la prudencia política que pueda exhibir el propio Kirchner y, del otro, la subsistencia de un segundo caudillo en el justicialismo, Duhalde, que aunque esto es improbable quizá considere un día a Kirchner como Roca consideró a Juárez Celman. Pero estas reflexiones se detienen ante una cuestión que aún los argentinos no hemos podido resolver: ¿hay más alternativa al unicato que los presidentes débiles? ¿O estamos a tiempo todavía para engendrar presidentes fuertes que, sean, además, republicanos?






