
El regreso del faraón
La devolución a Egipto de una efigie de Amenhotep III reabre el debate sobre el destino de reliquias que hoy enriquecen museos ajenos a su propia historia Por Pablo Torche El Mercurio
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Al tiempo que el Museo Británico se prepara para abrir una espectacular exhibición de pinturas y otros objetos egipcios correspondientes al siglo XIV antes de Cristo, la espectacular cabeza de piedra del faraón Amenhotep III, que, sin duda, habría constituido una pieza valiosa para la muestra, acaba de ser devuelta al gobierno egipcio por las autoridades británicas. La increíble historia de esta reliquia, su contrabando desde Egipto y su seguimiento alrededor del mundo por parte de la policía internacional, ilustra bien las condiciones del saqueo y tráfico ilegal de antigüedades. Su devolución final a Egipto cierra una historia compleja, muchos de cuyos capítulos probablemente sentarán precedentes en el pantanoso terreno de la legislación internacional destinada a proteger los sitios originales de las civilizaciones antiguas.
Amenhotep III fue el noveno faraón de la decimoctava dinastía egipcia. Su reinado de casi cuarenta años fue un período de prosperidad y bonanza, que se caracterizó por su desarrollo cultural y artístico. Unos 3300 años después, en 1990, la cabeza de esta estatua magnífica reapareció en un sitio de construcción, y el albañil que la encontró pensó que tal vez el hallazgo le podría reportar algún dinero. La oportunidad no tardó en llegar y se le presentó en la persona de Jonathan Tokeley, un extraño dandy inglés, con pinta de galán de cine. Tokeley -con estudios de filosofía en la Universidad de Cambridge y luego un doctorado en ciencias morales en la Universidad de Londres- se había hecho una reputación en el sofisticado y afluente mercado de las antigüedades. Pensó que la podría vender por unos 40.000 o 50.000 dólares, de manera que los 6000 que le pagó al albañil le parecieron un trato muy conveniente.
Pasar una escultura tan monumental a través de la aduana egipcia no iba a ser tarea fácil, pero Tokeley no se dejó amilanar y encontró una solución que sí lo era. La envolvió en cinta adhesiva, la pintó encima de colores fosforescentes y la puso arriba de una especie de pedestal. Para que terminara de parecer un simple souvenir barato, que se venden por cientos en El Cairo, adhirió al pedestal una tarjeta de la tienda del hotel en que se alojaba. En este disfraz un tanto indigno, la cabeza del faraón llegó, sin embargo, sana y salva a Ginebra, y después a Londres.
En la capital inglesa, no se demoró en encontrar un comprador. Se trataba del acaudalado coleccionista norteamericano Frederick Schultz, que accedió a comprar la pieza al contado y, aún más, colaboró en la construcción de una historia que permitiera "blanquear" su proveniencia.
Esas credenciales sirvieron para que la cabeza de Amenhotep III fuera trasladada a Nueva York, donde Schultz la vendió en más de un millón de dólares. Tokeley no tuvo la misma suerte. Fue descubierto y rastreado y en 1996 se inició un juicio en su contra. Pasó en prisión tres años, entre 1997 y 2000. Una vez cumplida su condena, pensó también que era injusto que él fuese la única víctima y, con su testimonio, la fiscalía norteamericana abrió en 2001 un proceso contra Schulz.
Si Tokeley era un restaurador relativamente conocido y un contrabandista osado, había sido siempre una figura menor en el mercado de las antigüedades. Frederick Schulz era algo distinto. Millonario e influyente, a la fecha presidente de la Asociación Nacional de Comercio de Arte Antiguo de Estados Unidos, el juicio en su contra provocó un impacto enorme en el circuito del coleccionismo mundial, que tiene uno de sus centros en Manhattan. Su condena, confirmada en 2003 a más de dos años de prisión, modificó de manera profunda las normas de funcionamiento del mercado internacional de antigüedades.
De regreso
Con los principales responsables de su saqueo condenados, Amenhotep III tendría que esperar todavía algunos años antes de volver a su tierra. Una cosa era condenar el contrabando y otra muy distinta devolver el producto de dicho contrabando. Prácticamente todas las posesiones de los grandes museos, de hecho, pueden ser consideradas "contrabando" de los sitios originales en que fueron halladas, y muchas de ellas han sido adquiridas en fechas relativamente recientes. Sin duda, cada devolución de una pieza conocida sienta un precedente.
El mismo Tokeley expuso, en su reciente libro Rescuig the past: the Cultural Heritage Crusade , razones para explicar por qué las antigüedades están mejor en los museos y las lujosas casas de los coleccionistas occidentales que enterradas en las huertas de cultivo o los patios traseros de las casas de campesinos egipcios pobres. Mientras las autoridades egipcias no tomen medidas más efectivas al respecto, es indudable que la perspectiva de Tokeley seguirá teniendo algunos adeptos.
Afortunadamente, hace apenas dos meses la escultura de Amenhotep III fue devuelta a Egipto. La entrega se realizó con una ceremonia en la embajada de ese país en Londres y fue celebrada por la prensa egipcia. El faraón puede estar contento. Su paseo de casi dos décadas por tierras occidentales marcó precedentes sustantivos en la sanción del contrabando de reliquias históricas.





