
El retorno del trueque
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Alrededor de quinientas mil familias argentinas participan de la Red Global del Trueque, una de las realizaciones más significativas que tienen su origen en la crisis que vivimos y que es también una prueba del ingenio de ciertos sectores de la comunidad para sobrevivir ante las duras circunstancias que deben soportar.
En los lugares de encuentro de ofertantes y solicitantes, llamados nodos, se pueden comercializar, por la vía del intercambio, los bienes y servicios más comunes o más inverosímiles. Es muy corriente que los canjes sean de alimentos, frecuentemente preparados, pero igualmente se advierten la compra y la venta de ropa o la oferta recíproca de todo tipo de servicios para el hogar, lo mismo que viviendas o automóviles.
Los coordinadores de cada nodo administran la moneda de cambio, que está constituida por unos bonos que reciben el nombre de créditos. Sorprende, por cierto, que el juego económico, hecho en condiciones tan diferentes de las comunes, se desarrolle sin mayores problemas ni tropiezos. Todo parecería indicar que la voluntad de resolver los problemas se sobrepone claramente a todos los posibles inconvenientes.
La Red Global del Trueque no responde a ninguna otra motivación que no esté signada por el interés mutuo de satisfacer expectativas e intereses comunes. Si bien su clientela está formada por sectores de nivel económico predominantemente bajo, no excluye a otros, presuntamente más favorecidos, como lo prueba el hecho de que los nodos también se encuentran en barrios de la ciudad característicos de los sectores medios. El descenso progresivo de la clase media no es ajeno, sin duda, a este fenómeno. La aparición masiva del trueque como medio de intercambio económico no es un hecho que deba ser celebrado. Tampoco debe ser considerado una conquista. Debe esperarse, por el contrario, que se trate de un fenómeno transitorio, que pueda llegar a desaparecer en un tiempo razonable, a medida que logremos ir superando la crisis que hoy nos agobia. El regreso a formas primitivas del comercio, propias de los tiempos en que la moneda no existía o no era confiable, es un signo a todas luces negativo, que no puede conformar a nadie.
Debe anotarse, como dato relevante, la capacidad de la gente para hallar soluciones en momentos en que todo invita a la desesperanza o incita a la búsqueda de caminos que no pasan por el puro respeto a la ley. Quienes acuden al trueque, en lugar de desalentarse por no tener trabajo o medios de pago, optan por cambiar lo que tienen o saben hacer con otras personas que se encuentran en condiciones parecidas. En lugar de clamar por la ayuda del Estado o de nutrir caravanas de desocupados que cortan rutas -y que, en definitiva, poco consiguen- optan por variantes de enorme practicidad, cuyo efecto sobre la economía global no es seguramente desdeñable.
Las redes de trueque comenzaron, prácticamente, con los primeros signos de parálisis de la economía argentina. Su destino, en lo inmediato, por lo que se puede apreciar, es seguir creciendo. El ingenio y las ganas de ganarle a la crisis de muchos argentinos suelen ser superiores a cualquier desánimo. Esa es la gran cara positiva de este fenómeno, propio de los tiempos de involución que vivimos.





