
El riesgo es que la crisis se lleve todo puesto
La urgencia parece estar exhibiendo las peores torpezas del gobierno de Alberto Fernández, como si la administración hubiera entrado en una etapa amateur
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Dicen que los insultos de Lula se oían a varios metros. Maldiciones en portugués. Era tarde el miércoles en el Palacio de la Alvorada, sede del gobierno de Brasil; la reunión con la delegación argentina había durado como tres horas, no se ponían de acuerdo y el presidente le hacía reproches a su equipo. Se lo veía gesticular. Él y Alberto Fernández habían organizado el encuentro, al que evidentemente le faltó previsión porque sólo expuso diferencias. La Casa Rosada necesita dólares, pero los brasileños no encuentran todavía el modo de prestarlos a través de algún organismo. Tampoco apareció ahí en ningún momento lo más importante: bancos dispuestos ofrecer garantías para financiar exportaciones hacia la Argentina. ¿Cuándo lo devolvería el importador? ¿A 180 días, como obliga el Banco Central? Nada más incierto.
La urgencia parece estar exhibiendo las peores torpezas del gobierno de Fernández. Como si la administración hubiera entrado en una etapa amateur. Ambos presidentes se habían sentado a la mesa sin haber convenido los trazos más elementales. ¿Habían viajado para nada? Estaban los cancilleres de ambos lados, los ministros Sergio Massa y Fernando Haddad (Economía), el embajador Scioli, y el presidente del Banco Central de Brasil, Roberto Campos, y el del Bndes, Aloizio Mercadante. Lisandro Cleri, el director más relevante del Banco Central argentino, había tomado la precaución de mantenerse apartado al ver que Lula pretendía una mesa reducida y empezaba a revisar la lista de asistentes. Fue lo que desencadenó, como publicó Roberto García en Perfil, una pelea entre Gabriela Cerruti y el personal de ceremonial argentino delante de todos. “¡Tengo rango de ministra!”, escucharon gritar a la vocera. El líder del PT la había tachado cuando preguntó quién era y le contestaron que pertenecía al área de comunicación.
En la reunión ensayaron variantes. Lula llamó a Dilma Rousseff, expresidenta y ahora líder del banco de los Brics, bloque que nuclea a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que estaba en Hong Kong. La puso en altavoz. Le dijo, delante de todos, que había hablado con Xi Jinping, presidente de China, y coincidido con él en que era importante ayudar a la Argentina. Dilma tomó nota, pero hay trabas de normativa de los Brics. La mesa se enfrascó entonces en la discusión sobre el estatuto, que dice que los préstamos deben darse sólo a los países miembro, pero que acaso pueden incluirse terceros con acuerdo del resto. ¿Por unanimidad o por mayoría? Había posturas encontradas. “Lo que nos falta es depender del voto de Putin”, suspiró con ironía uno de los argentinos.
Terminado el encuentro, todavía sin conclusiones, había que hacer una conferencia de prensa conjunta. Alguien creyó que Lula intentaba evitarla. Pero el líder del PT fue. Y dijo entonces la frase que pareció una broma: “Alberto Fernández es un compañero que llegó bastante aprensivo y va a volver más tranquilo. Es verdad, sin ningún dinero, pero con mucha disposición política”. El presidente argentino forzó una carcajada. A pocos metros tocaba una orquesta de cámara. “Como para violines estamos”, sonrió uno de los visitantes. Cleri, Leonardo Madcur, jefe de asesores del Palacio de Hacienda, y José Ignacio de Mendiguren, secretario de Industria, se fueron a comer a una parrilla frente al hotel. También para resguardarse, porque en ese momento empezaba otro tironeo sobre quiénes estaban invitados a la comida de la noche.
Era obvio que la delegación volvería de malhumor. “Tenemos que seguir trabajando la semana próxima”, atenuó Massa. Lo difícil será el aval de los bancos. El martes, en San Pablo, en una reunión de la Fiesp, la entidad que nuclea a los industriales brasileños, los anfitriones no le daban a la iniciativa ningún futuro. Al contrario, más de uno la tomó con ironía: recordaron que Lula lo había intentado dos veces con Cuba y que, en ese momento, la garantía ofrecida por el gobierno de los Castro fueron los cupones del consumo con tarjeta de crédito de los turistas. Este panorama muestra al Gobierno en el extremo de la debilidad. “Los argentinos debemos recuperar la autoestima”, dijo ese día por la noche Ricardo López Murphy en LN+.
Mayo es un mes complicado. Vienen aumentos estacionales significativos y Precios Justos, el programa con que Massa pretendía atenuar la inflación, hace agua por todos lados. Durante el fin de semana, Matías Tombolini, secretario de Comercio, se comunicó con las cadenas de supermercados para pedirles que no aplicaran, como autoriza el acuerdo, el 3,2% de aumento el martes 2 de mayo, primer día hábil, sino el 5, el viernes. Un cambio que expone el estado de desesperación. El propio equipo económico lo sabe: admite que está lejos del plan antiinflacionario de Paul Volcker después de la revolución iraní, pero necesita al menos atenuar las expectativas de un mercado que, últimamente, ya en la primera semana de cada mes empieza a calcular en cuánto podría terminar el IPC. Los supermercados aceptaron, aunque remarcar 15.000 precios lleva tiempo. “Si empiezo el viernes no llego al fin de semana”, se resignaron en una cadena. En una del interior analizan exhibir los valores en pantallas electrónicas: la etiqueta de papel es para tiempos de estabilidad.
Precios Justos parece cada vez más difícil de cumplir. El Gobierno les dará a los proveedores la posibilidad de agregar un aumento del 1,8% el 18 de este mes, lo que subirá la pauta mensual a 5%, pero tampoco alcanza. Impedida de ajustar por precio, la economía ajusta por volumen en las góndolas: faltan arroz, fideos, aceites. “Ojo con las pymes, que están complicadas”, le advirtieron el martes representantes de los supermercados a Tombolini. Hay proveedores que fabrican las marcas propias y ya retacean entregas. Algunas cadenas han empezado a reducir personal tercerizado. En sucursales porteñas, por ejemplo, bajaron los turnos de entrega a domicilio de 20 a 18. “Díganme quiénes no les dan mercadería”, les instó Tombolini, y prometió hacer llamados para presionar.
Los Salieri de Moreno: por algún motivo, en los últimos años, aunque hubieran ridiculizado desde sus consultoras la estrategia del exfuncionario de Cristina Kirchner, una vez en el cargo, casi todos los economistas que pasaron por el área terminaron incorporando algún rasgo de aquella metodología artesanal. La Secretaría de Comercio, dependencia en todo el mundo pensada para facilitar el intercambio de mercancías, se dedica en la Argentina exactamente a lo contrario. Marco Lavagna acaba de revocar una decisión que también le habría costado prestigio: adulterar, con el argumento de que violaba la veda electoral, la fecha de difusión de estadísticas, de cuyo cronograma se jacta desde hace tiempo el área de Comunicación del organismo, porque cumple con recomendaciones de la OCDE y la ONU. “Decile que venía haciendo un buen trabajo, que no lo arruine por esto”, le mandó decir un colega no bien se conoció la medida. La revisión, que llegó horas después, acabó por confirmar la intencionalidad partidaria por sobre lo técnico: si era tan razonable la postergación, ¿por qué no se mantuvo?
Es probable que parte del recálculo haya obedecido al revuelo que la reprogramación provocó dentro del Indec. Hay un staff profesional de técnicos que se niega a repetir la manipulación. Dicen que, una vez que un organismo estadístico pierde credibilidad, es difícil convencer de contestar con veracidad una encuesta: queda afectada la calidad del trabajo. El peor riesgo de una crisis económica es su capacidad para llevarse puesto absolutamente todo.






