
El romanticismo visto con ojos posmodernos
Por Holland Cotter The New York Times
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WASHINGTON
LA pintura romántica y la contemporánea tienen mucho en común. Ambas se regodean con la belleza aberrante y en visiones nada inocentes de la infancia. Ambas buscan el estilo, y lo logran, pero también son tímidas, cohibidas, como si tuvieran una vida secreta. Apuesto a que no es casualidad que ciertos muchachos y chicas del mundillo artístico actual se parezcan bastante al artista romántico alemán Franz Pforr, tal como lo retrató Friedrich Overbeck en 1810: cuerpo andrógino, cabellos acicalados, mirada oblicua un tanto temerosa. A la vez conservador y radical, extrovertido y retraído, hizo arte posando acicalado, sintiendo intensamente y entremezclando las cosas reales.
El retrato de Pforr es una de las 77 obras incluidas en la muestra itinerante "El espíritu de una época. Pinturas del siglo XIX de la Galería Nacional de Berlín", que hasta el 3 de septiembre hace escala en la Galería Nacional de Arte de Washington. Tan fascinante, por lo despareja, como el siglo que representa, en ella bulle y resplandece el romanticismo alemán.
La era romántica, de fines del siglo XVIII a mediados del siglo XIX, fue la mejor época, la peor y, por cierto, la más ajetreada. Siempre había alguna revolución en curso, naciones en formación y en desintegración. El clima intelectual abarcaba la razón y la espontaneidad, el patriotismo y la anarquía, la ciencia y las hadas. No había día sin noticias. No es de extrañar que los artistas y escritores románticos fueran tan inestables, extáticos y suicidas. La vida era demasiado rica, pero terminaba demasiado pronto.
Esto generaba conductas raras: vestirse de monjes, dormir con las propias hermanas, correr a Roma, a ver personalmente las ruinas clásicas para luego cruzar los Alpes y darse un morboso chapuzón gótico. Todos parecían ir y venir en un estado febril de vehemencia e irritación constantes. Y detrás de todo estaba la naturaleza (aquí es donde pasado y presente siguen caminos distintos), dondequiera que estuviesen, presente o cercana, esperando. Unas veces, aterradoramente feroz; otras muchas, excitándolos con su trascendencia. En última instancia, era una consoladora, una confidente, una amiga íntima.
El espíritu de los tiempos
Cuando en La bella molinera , de Schubert, el joven enfermo de amor cuenta sus penas a un arroyo, se ahoga en él y el arroyo le canta una canción de cuna, oímos un típico diálogo romántico. Podemos atrapar jirones de él en "El espíritu de una época", a partir del melancólico Caspar David Friedrich. Por muy poéticas que fueran sus imágenes, Friedrich nunca se apartó de la narrativa moral: cada pintura suya nos dice algo. Hombre y mujer contemplando la luna , con la pareja de pie, como petrificada por un encuentro extraterrestre, habla de la inmanencia divina y la transitoriedad humana. Roble en la nieve quiso ser el emblema político de la esperada unidad nacional. Pero su fusión de lo didáctico y lo fantástico vincula estas dos obras con las tradiciones del arte popular. Si tuviésemos que nombrar un rasgo "alemán" en el arte romántico temprano, podría ser este.
No porque la suya fuera la única forma de romanticismo. En Hamburgo, Philipp Otto Runge, el gran ausente de la exposición, seguía un rumbo alegórico diferente. Y en 1809, seis estudiantes de arte, liderados por Pforr y Overbeck, se instalaron en un monasterio abandonado, en las afueras de Roma, se vistieron a la usanza medieval y crearon un estilo pictórico que fusionaba a Rafael y Durero. Los lugareños, en burla, los llamaron "los nazarenos" y el apodo les quedó. Gran parte de sus cuadros son horribles estampas de almanaque, aunque a veces de una excentricidad encantadora (lo mismo ocurre con los prerrafaelistas, en quienes influyeron). Así, Overbeck pinta a Pforr sentado, enmarcado por una ventana de piedra labrada, con un gato inclinado sobre el brazo y una Virgen renacentista a sus espaldas. El conjunto es un cuidadoso pastiche ítalo-germano, religioso y mundanal (todo esto lo hemos aprendido del posmodernismo). Es una lástima que Pforr lo haya disfrutado poco: murió a los veinticuatro años, consumido por la tuberculosis, y dejó una obra escasa.
Hacia 1815, la era Biedermeier, ese paraíso burgués que habría de durar hasta los levantamientos paneuropeos de 1848, trajo un seudorrealismo. Abundaba el dinero nuevo, la agitación política era mínima. La gente quería un arte que no representara ideas etéreas, sino cosas concretas, y en general lo obtuvo.
La era produjo, cuando menos, un artista de enorme talento: Adolph Menzel, un hombrecito de un metro treinta y cinco de altura que dedicó su larga vida casi por entero al arte. Estampador de oficio, hacia 1836 empezó a aprender pintura por sí solo. Uno de sus primeros paisajes, Traspatio de inquilinato , es absolutamente genial: fusiona el realismo y la cuasi abstracción un cuarto de siglo antes del impresionismo. Su talento fue ampliamente reconocido.
Angustia nórdica
Pintor oficial del género histórico bajo tres emperadores, Menzel interpretó de manera interesante el escenario aristocrático. No obstante, en política era liberal. En Los laminadores de hierro (Cíclopes modernos) , creó uno de los grandiosos cuadros de protesta de su época: una imagen infernal de la industria y sus condiciones de trabajo, sumida en una oscuridad con tornasoles de fuego.
Para el espectador actual, las obras más avanzadas y atrayentes de Menzel son los bocetos al óleo que hizo a lo largo de su carrera. Los expuso públicamente una sola vez y fue un fiasco. Los guardó y solo reaparecieron después de su muerte. Son asombrosos: van desde una escena teatral, aparentemente bosquejada en el momento, hasta un espeluznante montaje de estudio con miembros humanos de yeso, o una habitación vacía, inundada por una luz solar diluida hasta la evanescencia.
En la segunda mitad del siglo, el arte alemán se afrancesó. Artistas como Hans Thoma extrajeron de él, a duras penas, algo original. Pero lo germánico retornó, finalmente, con los diversos movimientos secesionistas de comienzos del siglo XX. Tiene una pizca de angustia nórdica en Max Beckmann, pero adopta una forma característica en la obra tardía de Lovis Corinth, una presencia imponente y perturbadora. Su Sansón cegado es un coloso desnudo, engrillado, que avanza a tientas con los ojos vendados y sangrantes; lo pintó mientras se recuperaba de un ataque. Aquí empieza el expresionismo alemán y termina "El espíritu de una época", ya no con Lieder de Schubert, sino con un alarido de heavy metal .
Sin embargo, nuestra pintura actual parece vincularse con Schubert y algunos pintores románticos tempranos, con sus beldades tristes, exultantes, pasivamente subversivas, propias de la canción popular.
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)




