
El sabio de los huesos
A 90 años del adiós a un genio
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Fue uno de los autodidactos -nacido y muerto en la pobreza- que mayor encumbramiento científico consiguió entre los académicos del mundo entero. Florentino Ameghino -criado en Luján- era un naturalista y, sobre todo, paleontólogo polémico y hasta resistido por otros científicos. A los 27 años lanzó la más audaz de sus teorías, que daba a nuestras pampas como escenario del primitivo hombre americano, origen de sus congéneres. Lo sentenció en dos volúmenes, en octavo, 600 páginas cada uno, editados en París en 1880 y en Buenos Aires al año siguiente ("La antigüedad del hombre en el Plata"). A lo largo de su breve vida realizó y describió las revelaciones de 186 trabajos que se pueden hallar en sus obras completas de 26 volúmenes impresos en La Plata.
A los 15 años era ayudante de la Escuela Municipal de Varones de Luján, y José Manuel Estrada lo nombró a los 17 subpreceptor de la Escuela Elemental Nº 2 de Mercedes, donde ya a los 24 años era director. Lo llamaron desde muy joven "el loco o el gringo de los huesos", ya que desde cualquiera de las dos ciudades del oeste bonaerense se corría a la orilla barrancosa del Luján en busca de huesos prehistóricos. De allí hasta ser doctor honoris causa del Consejo Superior de la Universidad de Córdoba -de la cual llegó a ser académico del Consejo Superior de Ciencias Médicas, por señalar el primer hito de importancia-, Ameghino no cedió en sus trabajos de campo ni de investigación. Ya en 1875 -a los 22 años- siendo docente en Mercedes, había desarrollado su primera obra ( Las antigüedades indias de la Banda Oriental ). El periódico local La Aspiración divulgó sus primeros trabajos.
Por entonces también ensayó la audacia. No lo ayudaban ni el aspecto ni la salud. Parecía un inmigrante italiano en apuros económicos y era diabético. Algunos biógrafos aseguran que parte de su colección paleontológica reunida hasta 1878 la vendió para financiar su viaje a Europa. Marchó con sus colecciones al Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas que se reunió en París. Trabó relación con los calificados integrantes de un mundo científico que admiró sus descubrimientos. Decidió no retornar de inmediato y, dos años después, editaba en la Ciudad Luz -con el naturalista Henry Gervais- Los mamíferos fósiles en la América Meridional que precedió a su obra ya mencionada sobre el hombre americano. Para el invierno de 1886 -a los 33 años- era subdirector del Museo de La Plata, pero atravesaba su primera etapa dolorosa: ese año moría en Buenos Aires Antonio Ameghino, el zapatero de Luján -su padre- y poco después se veía obligado a dejar el cargo profesional en La Plata (vivía en 11 y 60). Es que tenía sus detractores externos y los de puertas adentro. Pero no iba a doblegarse. Buscó otro medio de vida poniéndose al frente de su primera librería: Gliptodonte -para que nadie dudara de sus preferencias científicas-, que instaló en la capitalina Rivadavia 2339, no lejos del Café de los Angelitos, ahora a punto de ser resucitado. Para fines de siglo había alcanzado otra vez los cargos más encumbrados, ahora en la Universidad de La Plata, como académico en ciencias físicomatemáticas y de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la que fue vicedecano. Perteneció entonces a decenas de academias científicas argentinas y del exterior, y le tintineaban los méritos que lo llevaron al rango de profesor honoris causa de apartadas universidades. Hasta integró -en 1891- la comisión que decidió el proyecto y lugar donde erigir el Jardín Zoológico de Buenos Aires. También diseñó -en los últimos meses de su vida- un proyecto para evitar las inundaciones bonaerenses.
Quienes mañana, a noventa años de su desaparición, evoquen los logros o relaten la vida tesonera de Ameghino a manera de un paradigma disponen de un verdadero yacimiento de huellas fértiles. También podrán reconstruir la figura descuidada que lucía cuando era director del Museo Nacional de Historia Natural. El rostro de ceño decidido de entonces se beneficiaba con la protección de un sombrero de paja amarilla -o rancho- como el que usaba Onelli, y unos ordinarios espejuelos de latón por anteojos que calzaba en la nariz con un papelito (al decir de Leopoldo Lugones sobre el día que lo conoció) no estaban a tono con su jaquette de lustrina.
La infancia del científico transcurrió en la casa paterna -desde 1855- todavía en pie en la calle Las Heras 466 -antes 448- de Luján. Allí, su mamá María Dina Armanini también crió a la única hija -María Luisa- y a tres hermanos varones, todos bautizados en la basílica a cuatro cuadras (menos Florentino). Carlos, el más chico y 12 años menor que el primogénito, fue su gran acopiador de fósiles.
Florentino murió a las 8 y 20 del domingo 6 de agosto de 1911 en La Plata. El sucesorio inició una gran polémica por su origen argentino o italiano. La única verdad es que nunca se encontró otra acta que la de la parroquia de San Saturnino, en Moneglia, a 48 kilómetros de Génova, desde donde partieron sus padres a América. El acta dice que a la 1 de la mañana del 19 de septiembre de 1853 nació Juan Bautista Florentino José Ameghino. Es decir: según la historia documental, fue un sabio argentino que nació en Italia, como muchos otros que no "hicieron la América", pero la honraron.





