
El secreto de sus ojos verdes

Pastel de lomo, pidió W. "Te va a gustar, vas a ver. Lo probé la vez pasada y está buenísimo", dijo con una ternura nueva, buscando mis ojos, como si fuera mi padre, como si fuera mi madre. Yo no lloraba: el calor del restaurante y el sonido de las conversaciones ajenas me habían distraído del dolor. Él, usualmente callado y discreto, procuraba entretenerme y sacarme por un rato la muerte de encima. Apenas nos habíamos detenido unos segundos en casa luego del cementerio, para darles un beso a los chicos y cambiarnos la ropa, cuando me dijo: "Vamos". Un "vamos" que se tradujo en comer afuera y solos en un horario excéntrico para nosotros. En un día excéntrico para nosotros, para mí. En un día de mayo con frío y con sol. Un día en el que Fanny-Feigue-mamá ya no estaba. El primero en el que ella ya no estaba pero yo seguía estando.
El teléfono había sonado en medio del sueño nervioso, en ese borde impreciso entre la noche y la madrugada. Al otro lado de la línea, la mujer que por entonces la cuidaba en el sanatorio había dicho: "Ya está", solo eso. Dijo "ya está", o tal vez dijo: "Ya se fue", no recuerdo bien, pero nada más. No había nada más para decir, esperábamos ese final. En el principio mismo de su enfermedad supimos que había empezado a morir. Pero muerta la vi recién entonces, esa mañana, en esa cama blanca del sanatorio blanco. Y cuando digo muerta digo ajena, alejada de toda posibilidad de abrazo: no pude volver a tocarla ni a tomar sus manos entre las mías para acariciarlas como durante esos últimos años. Me quedé, tensa, mirando ese cuerpo helado y rígido que estaba detrás de la puerta. Era el mismo cuerpo del cual yo había salido alguna vez, el mismo que me alzó y me cubrió y me alimentó y, al mismo tiempo, no lo era. La enfermedad y la locura corroen la carne, pero también el alma; desfiguran la singularidad amorosa de una persona hasta convertirla en piedra. Ahí, en ese cuarto blanco del sanatorio blanco, mi mamá ya no era mami ni ma, no era Fanny ni Feigue ni Gorda, era piedra y ya no había esperanzas de que regresara. La habíamos esperado largo tiempo; nos habíamos resistido a creer que su razón estaba muerta porque su cuerpo se había empeñado en seguir ahí: hacía meses que aún respiraba y nos observaba, pero de a poco había dejado de hablar. Primero confundió a sus amores; luego olvidó su lengua y se refugió en el idish de sus ancestros, para decir muy poco, hasta que enmudeció. Sus manos, alguna vez albergue de dedos largos y elegantes, se habían convertido en pequeñas garras que pasaban horas retorciendo sábanas o gasas o pañales. Sobre el final, se expresaba a través de esas pequeñas garras desesperadas y su mirada verde de pura ausencia.

Recordé en estos días el pastel de lomo con el que W. logró devolverme al mundo de los vivos y a nuestra familia el día que murió Fanny-Feigue-mamá y no fue, o al menos no solamente, porque estén por cumplirse diez años de su muerte, sino porque leí También esto pasará, la conmovedora novela de Milena Busquets en la que la autora recrea como ficción la muerte de su madre, la gran editora y ensayista española Esther Tusquets. En la historia, Blanca, la protagonista y narradora que a los 40 años sigue sin poder convertirse en adulta, busca desprenderse del duelo provocado por la muerte de su madre, una mujer poderosa, brillante, activa y al borde mismo de la perfección. Es la enfermedad, en su secuencia irreversible de cuidados, la que invierte los roles naturales hasta pervertirlos. "Nadie te avisa que mientras se muere tu madre, te tendrás que convertir en su madre", escribe Busquets.
"Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere, nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos. Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada y me parecía tan incontestable y perpetuo que nunca me molesté en averiguar cuál era." La frase de Busquets condensa una idea que de algún modo compartimos las mujeres que somos madres de mujeres; es esa imagen de continuidad amorosa que reproducen tan delicadamente las matrushkas, las tradicionales muñecas rusas encajadas de mayor a menor.

Para Blanca es intolerable no volver a ver a su mamá, pero hay algo mucho más intolerable: "Nunca volveré a ser mirada por tus ojos", se lamenta. Leo esa frase y pienso, con cierto pudor, que nadie me hizo sentir ni me hará sentir más hermosa, más segura y más inteligente que mi mamá. Y de pronto, como una iluminación, entiendo también que la orfandad no comenzó esa mañana en la que vi su cuerpo hecho piedra, sino cuando dejó de reconocerme. Me convertí en huérfana en el momento exacto en que mi madre dejó de mirarme para siempre con los ojos de su amor.






