
El sentido de orientación
Por Antonio M. Battro
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Nos hace falta una brújula. Estamos desorientados; hemos perdido el rumbo. Estas son frases que en los días que corren están en la boca de muchos argentinos. Son metáforas de gran impacto emocional porque hay pocas cosas más angustiantes que estar desorientado. Esa angustia proviene de nuestra necesidad psicobiológica de "controlar el entorno".
En efecto, en la evolución del cerebro humano nuestra especie ha adquirido una cantidad de mecanismos que nos permiten controlar permanentemente el espacio que nos rodea.
Las direcciones arriba/abajo, adelante/atrás, izquierda/derecha están representadas en los canales semicirculares de nuestro oído interno; el cerebelo asegura el equilibrio corporal y la postura; las articulaciones y los músculos nos informan sobre la posición relativa del cuerpo, de la cabeza, de sus miembros; los ojos se mueven constantemente explorando el entorno.
Todo este delicado equilibro, que no siempre es consciente, se desarticula en determinadas situaciones, por ejemplo en la falta de gravedad, como sucede en una nave espacial. Los astronautas deben entrenarse intensamente para aprender a controlar una situación que no se encuentra sobre la superficie de la Tierra, sus cerebros deben aprender a reprocesar los mensajes sensoriales del propio cuerpo. Algo parecido sucede cuando usamos computadoras conectadas a sensores remotos.
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Todos deberíamos aprender a reorientarnos en un planeta envuelto por millares de redes de telecomunicaciones que han cambiado el concepto mismo de "local" y "global". Nuestras antípodas ya no son más una abstracción en un libro de geografía. Hoy, gracias a Internet, las tenemos literalmente al alcance de la mano, las apresamos con un simple clic de la computadora.
Existen, por ejemplo, varios programas que encienden una luz de alarma cuando detectan un terremoto, que identifican los volcanes activos y nos informan sobre el clima al instante. Nos dicen mucho sobre la globalización de la información gracias a la presencia de sensores que se distribuyen en diferentes puntos de la Tierra.
Estamos lejos del mapa de hule, generalmente deteriorado y obsoleto de nuestra infancia; hoy el globo terráqueo está on line , es dinámico e interactivo. Los nuevos mapas digitales de la Tierra son como los nuevos mapas funcionales del cerebro humano, son dos cartografías "vivientes".
Nos hacen tomar mayor conciencia de nuestra realidad, siempre cambiante. Permiten ubicarnos mejor en el entorno, están permanentemente actualizados, registran las novedades, identifican las variaciones ambientales. ¡Así da gusto aprender geografía y estudiar el cerebro humano!





