El síndrome del "niño bueno"

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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28 de marzo de 2019  • 03:05

Hay personas que tienen grandes dificultades para establecer vínculos simétricos entre pares, de igual a igual. Es posible ser un niño bueno o una niña buena pero nos referiremos al "niño bueno" aludiendo tanto a varones como a mujeres. La bondad es una virtud humana pero aquí hablaremos de esas personas que viven dejándose lastimar por otros y se transforman en un "felpudo" en la creencia de que su bondad les permitirá ser más amados.

Te invito a analizar a continuación algunas características del síndrome del niño bueno que hace que quien lo sufre manifieste con profundo dolor las agresiones, las injusticias, que recibe cotidianamente:

1. Si los otros me critican, deben tener razón. El niño bueno no analiza críticamente lo que otros le dicen; sencillamente lo cree. Cualquier comentario negativo, un insulto o una agresión, es aceptado sin el más mínimo análisis. Piensa que los demás saben más que él, que tienen razón y, si le dicen eso, por algo debe ser. Esta actitud lo empuja a vivir en una montaña rusa emocional ya que, cuando los demás lo felicitan, se siente bien y, cuando lo critican, se siente mal porque en ambas situaciones cree que están en lo cierto.

2. Es mejor no intentar nada que hacer algo y fracasar. La ansiedad y el miedo constantes lo llevan a evitar cualquier situación difícil, de riesgo, a la cual puede posponer interminablemente. Evita tomar decisiones postergándolas para más adelante, o sencillamente permitiendo que otro las asuma. Expresa: "Si yo lo hago, me puedo equivocar y eso sería terrible". Al igual que un niño, teme el castigo de papá y/o de mamá si comete un error. Evita cualquier sentimiento desagradable. "Quiero sentirme bien; si soy una buena persona, todos me querrán y me aceptarán". Al pensar de esta manera, pierde su capacidad de poner límites y de realizar análisis, dejándose arrastrar, por ende, por el deseo de los demás.

3. ¿Yo discutir? Jamás. Es una persona evitativa. No reclama sus derechos ni expone sus deseos. Sencillamente permite que el otro elija dónde ir, qué hacer, qué comer, etc. Frente a un conflicto, su estrategia principal es ceder. Cuando alguien le sugiere: "Reclamá lo que es tuyo", el niño bueno responde: "Dejalo, ya lo perdoné". Si bien hay situaciones que conviene dejar pasar y, a veces uno tiene que ceder o negociar, algo muy distinto es estructurar esta actitud como única respuesta frente al conflicto. La persona evitativa siente que acumular sentimientos desagradables en su interior la podría llevar a una situación incontrolable o a un profundo malestar. Entonces ceder permanentemente sus gustos y deseos le brinda la ilusión de que disminuirán sus sentimientos desagradables. Piensa que, si hay tensión en una relación, significa que se llevan mal y será abandonado.

4. Cuanto menos llame la atención, mejor. Alguien con este tipo de personalidad vive "escondiéndose", evitando cualquier situación de exposición, pues cree que su tarea es portarse bien, agradar a los demás, cumplirle el deseo ajeno. En general, es una persona agradable, dócil, que confunde agresividad con violencia pensando que es lo mismo. Por eso, borra de su vocabulario la palabra no. Esto le hace perder la capacidad de establecer límites y, como mencionamos, vivir haciendo lo que los demás dicen. Sentirse rechazado, inferior, inadecuado es una fantasía constante que le genera angustia y lo conduce a dar siempre. No puede armar relaciones simétricas donde existe un balance entre dar y recibir, lo cual lo convierte en una especie de "Papá Noel" que busca constantemente ayudar, dar, acompañar, escuchar, etc.

Algunas ideas al respecto:

A. Debemos armar vínculos de equilibrio entre el dar y el recibir. Escucho al otro pero también pido que me escuchen. Ayudo a alguien pero también pido ser ayudado. Cuando en un vínculo, cualquiera sea éste, hay equilibrio entre dar y recibir, se produce salud afectiva. Quien da de manera excesiva acumula resentimiento y quien siempre recibe acumula culpa.

B. Debemos aprender a decir que no con más frecuencia. La persona con el síndrome analizado cree que poner límites o expresar el propio deseo generará un conflicto que acabará por quebrar el vínculo. Esta fantasía lleva a la persona a no establecer nunca un límite, lo cual la transforma muchas veces en presa fácil para gente manipuladora y agresiva. Decir pequeños "no" a diario, al comprar algo, al hablar con alguien, etc., resulta un buen ejercicio para incorporar y emplear las dos palabras más poderosas que existen: "sí" y "no".

Para el niño bueno, un ejercicio saludable es preguntarse con mayor frecuencia: "¿Qué quiero yo?". Es decir, enfocarse en lo que él desea y no en lo que el otro desea, pues uno de sus principales rasgos es vivir pensando en agradar a los demás (lo cual anula su propio deseo). Reconocer lo que quiere y tomar decisiones al respecto le permite recuperar su eje, el centro interior, y sentir que su deseo es tan importante como el deseo de los demás.

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