El síndrome inducido

Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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15 de diciembre de 2001  

EN los últimos tiempos me he topado a menudo con un tipo de individuo que quizás haya existido desde siempre pero que ahora prolifera: el sajón severo. Digámoslo de entrada, en realidad este personaje es argentino. La apabullante severidad que asoma a su rostro honrado tiene puntos en común con la de otro personaje, en general de idéntica nacionalidad, que acostumbra declarar: "Yo soy de una sola pieza", cuando basta aguzar la mirada para verle las junturas del rompecabezas que en verdad lo compone.

El sajón severo, hombre o mujer, se define a partir de cierto poderío económico o predisposición mental para obtenerlo. He aquí su discurso: "Lo que nos ocurre en la Argentina es de nuestra entera responsabilidad. Nos lo hemos merecido. Nosotros no somos un pueblo responsable como los sajones, tan honestos y cumplidores. Somos personas perezosas e inmaduras que descargan la responsabilidad en los demás sin asumir la suya". Pese a la antiestética repetición de esa palabra tan sajona, responsibility , deberemos admitir que el sermoncito suena bien. Sin embargo, mi mayor preocupación al escucharlo no es literaria. Aparte de que el sajón severo pone cara de serlo con la intención de sugerir que el irresponsable no es él, su sermoncito me hace pensar en un síndrome de Estocolmo inducido, vale decir, descargado justamente sobre hombros ajenos.

¿Qué es el síndrome de Estocolmo? Es la reacción de simpatía hacia el carcelero o el verdugo, experimentada por prisioneros, rehenes o personas que sufren secuestros o internaciones en campos de concentración. Dado que el carcelero no es objetivamente el amigo de la víctima sino todo lo contrario, al simpatizar con su victimario ésta se detesta a sí misma. El trabajo de los psiquiatras que han estudiado este síndrome (descubierto, como su nombre lo indica, en Suecia) consiste en que el rehén o secuestrado se reconozca como víctima, en vez de volcar su agresividad contra su propio pecho.

Ideología y mala fe

Todos somos responsables de algo, eso es muy cierto, pero ¡en tan distintos grados! Síndrome de Estocolmo puede tener, por ejemplo, la mujer golpeada que defiende al marido violento aceptando que, por indefinibles razones, ella se lo ha merecido. Es cierto que alguna responsabilidad también le cabe, aunque más no sea por haberse equivocado al elegir marido (en el caso de los pueblos, reemplácese marido por presidente ) y seguir aguantándolo. Pero admitir que su responsabilidad es un poroto comparada con la del que le arruina la vida a cachetazos significa que la víctima está a un paso de recobrar la salud.

El sermoneador que intenta culpabilizar con su discurso a ese país llamado Argentina procede como un aparente observador desinteresado que se interpusiera entre marido y mujer, o entre verdugo y prisionero, explicándole a la abofeteada o al torturado que eso le pasa porque se lo ha buscado. Ahora bien, al invertir los papeles, la sospechosa intervención revela una curiosa mezcla de, por partes iguales, ideología y mala fe. Ejemplo de ideología: el asajonado ceñudo utiliza el mismo tono de voz de todo aquel que siempre, desde que tengo memoria, al ver los ranchos miserables ha dicho, casi con tristeza y por entero con desdén: "A éstos lo que les gusta es vivir así". Ejemplos de mala fe: jamás he visto tantas caras de virtud ultrajada ni oído tantas declaraciones de puro amor al fútbol o a la pintura, respectivamente, como cuando investigué en Nápoles la responsabilidad de la Camorra en relación con el caso Maradona o en París la del negocio del arte en relación con la escandalosa y obscena subasta de obras de Picasso halladas en el departamento de su amante Dora Maar, católica ferviente que se murió, la pobre, creyendo haber legado sus bienes a la Iglesia.

En ambos casos, funcionarios y negociantes me retaron con el mismo, inconfundible tonito declamatorio del agringado adusto (y del ideólogo de la miseria por gusto), idéntico al que ahora se utiliza para regañar a la Argentina como a una chica desobediente. Sobre llovido, mojado: además de inundada, se recibe chubascos moralizadores. Es como para preguntarse si a mayor frecuencia y elocuencia del discurso virtuoso no le corresponderá mayor tentativa de autoblanqueo por parte del discurseador. En lo que a mí respecta, no he tenido el dudoso honor de frecuentar a quienes sacaron millonadas del país, mientras el Gobierno esperaba un tiempo prudencial, antes de darse por enterado de lo que sucedía (y que era, obviamente, un secreto a voces). Pero se me ocurre que la actual multiplicación de los que nos dan lecciones debe de ser proporcional al monto de lo depositado allende las fronteras.

¿Cómo contrarrestar el efecto de un síndrome provocado con el nada inocente propósito de, siguiendo con las imágenes acuáticas, abrir el paraguas? A falta de cosa mejor, propongo un discursito de autoayuda. He aquí el discursito, o el contradiscursito, concebido para quienes se encuentren en la cola del banco, tratando de sacar un poco en efectivo a fin de pagarse un kilo de papas (aunque pensándolo bien tal vez se estiren y agreguen tres zanahorias y un ramito de perejil, todo lo cual resulta impagable con tarjeta) y encima les vengan con que se lo han merecido:

"Responsables somos todos, sí, pero unos más que otros. Sin negar la parte que me toca, no me confundo de culpable. Les habré mentido a mi mamá y a la maestra, pero con armas nunca trafiqué. La prueba de mi inocencia la llevo en el bolsillo, que está vacío. La rabia hay que ponerla donde se debe, vale decir, afuera: tan externa como la deuda misma."

Según el estado de gravedad de su dolencia sueca, cada uno decidirá cómo pronunciar estas palabras: para sus adentros, suavecito o a voz en cuello. Un gran coro in crescendo que hablara de vergüenza, no propia sino ajena, sería recomendable y bienvenido.

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