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OPINIÓN

El síntoma Zohran Mamdani: cómo el trumpismo terminó alterando la democracia

Política estadounidense: cada movimiento produce su propio reflejo invertido; Trump no solo cambió al Partido Republicano, sino también al Demócrata

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Zohran Mamdani y Donald Trump
Zohran Mamdani y Donald TrumpAlfredo Sábat
Roberto Starke
Por Roberto StarkePara LA NACION
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La política estadounidense parece haber ingresado en una etapa en la que cada movimiento produce su propio reflejo invertido. Donald Trump no solo transformó al Partido Republicano, sino que también alteró el metabolismo del Partido Demócrata, empujándolo hacia una respuesta cada vez más emocional, impaciente y radicalizada frente al trumpismo. En ese escenario, Zohran Mamdani ya no es solo el alcalde de Nueva York ni una figura ascendente de la izquierda progresista; es la cara visible de una posibilidad más profunda: la reconfiguración ideológica del Partido Demócrata en torno a una línea izquierdista, populista, abiertamente confrontativa y promusulmana.

El fenómeno no surge en el vacío. Tras una década de trumpismo, una parte creciente del electorado demócrata parece haber perdido la paciencia con las formas tradicionales de la política liberal. La moderación, el lenguaje tecnocrático y la prudencia institucional ya no alcanzan para una base que interpreta la presidencia de Trump y el ascenso de J.D. Vance como una amenaza existencial. Trump empuja hacia un extremo, y el Partido Demócrata empieza a sentir que solo puede responder moviéndose hacia el otro. El problema es que los péndulos rara vez se detienen en el centro: su movimiento natural los lleva invariablemente hacia posiciones extremas.

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Mamdani aparece, justamente, en ese punto de inflexión. Su llegada a la alcaldía de Nueva York ya había mostrado la potencia de una política basada en la catarsis social, la crítica a las élites y la promesa de una ciudad gobernada contra los intereses de los ricos. Sin embargo, su rol en las primarias demócratas confirmó algo todavía más relevante: Mamdani no quiere ser solo un administrador municipal; aspira a ser un arquitecto de poder dentro del Partido Demócrata.

El alcalde Mamdani
El alcalde Mamdani ANGELINA KATSANIS/AFP

Su respaldo a candidatos insurgentes en Nueva York –algunos de ellos enfrentados a figuras históricas del partido– envió una señal difícil de ignorar. No se trató simplemente de victorias locales en distritos profundamente azules, sino de una demostración de fuerza contra el aparato tradicional, contra los liderazgos vinculados a Washington y contra una generación de dirigentes que ya no despierta entusiasmo entre los votantes más jóvenes.

Allí donde el establishment veía experiencia, una parte de la base veía agotamiento. Allí donde los moderados hablaban de gobernabilidad, los insurgentes hablaban de complicidad. Los “moderaditos”, como señala Diego Garrocho en su libro Moderaditos, casi han desaparecido, y “el lenguaje testosterónico se ha hecho presente entre los que se dicen progresistas” (p. 22).

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El caso de Nueva York es especialmente simbólico. Los candidatos respaldados por Mamdani derrotaron a figuras apoyadas por los sectores tradicionales, lo que instaló la idea de que el nuevo alcalde puede transferir su capital político a otros liderazgos. En política, esa capacidad es más importante que la popularidad personal: quien puede convertir su prestigio en votos ajenos deja de ser una figura local para convertirse en el jefe de una corriente.

El presidente Donald Trump, el martes 14 de julio de 2026, en Washington. (AP Foto/Julia Demaree Nikhinson)
El presidente Donald Trump, el martes 14 de julio de 2026, en Washington. (AP Foto/Julia Demaree Nikhinson)Julia Demaree Nikhinson - AP

El estado de Colorado demostró que esa energía no está confinada a la Gran Manzana. Las primarias allí revelaron un malestar similar contra los demócratas de larga trayectoria en Washington, además de una creciente presión de la izquierda en temas como Israel, la salud pública y el gasto militar. Puede que muchos de estos candidatos solo sean competitivos en distritos profundamente demócratas, pero el mensaje ya viaja más lejos que sus victorias. Y ese es, precisamente, el dilema para el Partido Demócrata.

Un giro brusco a la izquierda como respuesta a Trump tiene cierta lógica emocional. Si el trumpismo se alimenta de la revancha, el resentimiento y la ruptura, parte de la izquierda demócrata quiere responder con su propia épica. Si los republicanos convirtieron la política en una guerra cultural permanente, los progresistas más duros quieren dejar de comportarse como si todavía estuvieran en una competencia ordinaria de políticas públicas. El problema es que esa lógica puede ser, a la vez, comprensible y peligrosa.

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Tanto el trumpismo como la nueva izquierda demócrata parecen apostar por la misma fórmula: usar el miedo al otro extremo como seguro electoral. Trump y Vance pueden decirle al votante moderado que, aunque no le gusten sus excesos, la alternativa es un socialismo urbano, identitario y antiestadounidense. Mamdani y sus aliados pueden decirle a ese mismo votante que, aunque no comparta toda su agenda, la alternativa es una derecha autoritaria, vengativa y dispuesta a desmantelar los derechos sociales. En ambos casos, el ciudadano común queda convertido en rehén de una amenaza mayor: “Lo otro es mucho peor que yo”.

Se exige resignación; ya no se convence al votante con un proyecto compartido; se lo acorrala con el terror al adversario

Esa es la trampa más corrosiva de la polarización contemporánea. Ya no se pide adhesión; se exige resignación. Ya no se convence al votante con un proyecto compartido; se lo acorrala con el terror al adversario y con el deseo de reivindicación y revancha para vencerlo.

Por eso los republicanos observan el ascenso de Mamdani con una sonrisa difícil de disimular. No porque le teman en términos ideológicos inmediatos, sino porque entienden su utilidad como símbolo nacional. Para el Partido Republicano, Mamdani puede convertirse en el rostro perfecto de una campaña destinada a presentar a todos los demócratas como socialistas radicales, incluso en distritos competitivos donde los candidatos moderados necesitan despegarse de esa imagen para sobrevivir. La izquierda puede ganar primarias en Nueva York o Denver, pero el control de la Cámara suele definirse en los suburbios, en condados mixtos y en distritos donde la palabra “socialismo” funciona como munición política en su contra.

Trump entiende eso mejor que nadie. En algún punto, Mamdani le conviene. La polarización lo alimenta e incluso parece divertirle. Nada ordena mejor al trumpismo que un antagonista nítido, intenso y fácilmente caricaturizable. Mamdani ofrece todo eso: es, a la vez, adversario y combustible. La pregunta es si el Partido Demócrata puede procesar esa energía sin ser devorado por ella. Los partidos que sobreviven no son aquellos que niegan sus tensiones internas, sino aquellos que logran metabolizarlas sin romperse.

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El horizonte político estadounidense, sin embargo, parece avanzar en la dirección contraria. Cada campo se reorganiza en torno a sus figuras más intensas, mientras el centro queda cada vez más huérfano. La desilusión política puede producir apatía, pero también radicalización. Y Estados Unidos parece estar transitando menos hacia el cansancio y más hacia una nueva fase de movilización resentida.

Mamdani no es la causa de ese proceso; es su síntoma más visible dentro del Partido Demócrata. Su ascenso revela que la política estadounidense ya no se ordena únicamente por programas, sino por emociones acumuladas, heridas abiertas y deseos de revancha. Trump abrió una caja que ya no pertenece solo a la derecha. Ahora la izquierda también busca sus propios instrumentos de ruptura.

La lógica del péndulo puede darle al Partido Demócrata una energía que había perdido, pero también puede empujarlo hacia una forma de política que termine por parecerse demasiado a aquello que dice combatir. En ese país incierto, el resentimiento y la revancha siguen siendo dos pilares casi inamovibles de la voluntad política moderna. Y Mamdani, con toda su simbología, acaba de demostrar que el péndulo no solo sigue moviéndose: se está acelerando.

Roberto Starke
Por Roberto StarkePara LA NACION

Socio director de Infomedia Consulting y profesor universitario

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