
Ni el sol de YPF logra disipar el nubarrón Adorni
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Tuvo el mismo efecto que descubrir un inesperado manantial de agua en el desierto para un sediento. El Gobierno no encontraba la manera de controlar la agenda informativa en medio de los sucesivos traspiés de Manuel Adorni, que copaban la escena mediática. El fallo de la Justicia de Estados Unidos, que anuló la condena a la Argentina por el juicio de YPF, al menos le devolvió el alma al cuerpo por un buen rato a la plana mayor del Gobierno.
Javier Milei capitalizó la noticia rápidamente en una breve cadena nacional mientras del otro lado del arco ideológico tanto Cristina Kirchner como Axel Kicillof, autores en 2012 de la expropiación de la petrolera por entonces en manos de la española Repsol, se atribuían ese éxito por separado. Mezquinos entre sí, ninguno de los dos mencionó al otro como copartícipe necesario de la victoria que pretendían anotarse en soledad para primerear al Gobierno. Todo mal ahí.
El gobernador bonaerense recordó que hasta no hace mucho el Presidente hablaba resignado de una “tasa Kicillof” que impondría para pagar más de 16.000 millones de dólares que había fijado la jueza Loretta Preska en su fallo ahora anulado. “No va a costar nada”, había dicho Kicillof en 2012, pero dos años después terminó pagando 5000 millones de dólares, que le valieron a Antonio Brufau, CEO de Repsol, varias distinciones internacionales por salir tan airoso de aquel mal momento.
Milei, sobrio, sin insultos y con un patriótico “Viva la Patria” para cerrar su alocución, en lugar de su característico y soez “Viva la libertad, carajo”, volvió a presentarse, como suele hacer en este tipo de mensajes más formales, acompañado de miembros de su staff, pero los distinguió en dos líneas: en paralelo a él, de un lado su hermana y del otro, el últimamente tan cascoteado Adorni. A su lado se ubicó la estrella del día: la secretaria de Legal y Técnica, María Ibarzabal Murphy, a quien mencionó en primer término por ser la conductora del equipo jurídico del Estado. Más atrás quedaron otros ministros y funcionarios.
Un respiro en medio de semanas embarulladas en las que las figuras máximas del Gobierno lucieron frágiles y confusas. Las cuentas raras, con números que mutan arbitrariamente, y los plazos prometidos, que se corren sin que medie una mínima explicación, son una especialidad del presidente Javier Milei y de algunos de sus más notorios colaboradores.
Desde que asumió, en diciembre de 2023, no se cansó de repetir en cuanto discurso pronunciaba que cuando llegaron él y su equipo a la cumbre del poder la inflación volaba al 17.000%. En cambio, durante su reciente viaje a Hungría aseveró que aquella inflación supersónica viajaba al 15.000%, dos mil puntos menos de lo que siempre había dicho. Ídem con la cantidad de personas que afirma haber sacado de la pobreza, siempre mencionando cifras que fluctúan de a millones. Y en cuanto a la meta ambiciosa de terminar con el flagelo de la inflación, que fijaba para mitad de este año, o para agosto a más tardar, en reiterados mensajes, ahora resulta que se posterga para el fin de su mandato.
El fallo a favor de YPF se hizo un lugar importante entre las noticias, pero no logró desplazar del interés mediático el affaire Adorni.
Un recordado título de un artículo periodístico que María Elena Walsh escribió en tiempos de la última dictadura militar (“País jardín de infantes”) también se puede aplicar a la infantilización con la que el Gobierno encaró, de manera tan ineficiente, el control de daños por la crisis profunda de credibilidad que atraviesa Adorni a raíz de sus discutidos vuelos a Estados Unidos y a Punta del Este, y a la confusa danza de propiedades que se le atribuyen.
Después de estar guardado unos días para rearmarse psicológicamente, Adorni reapareció ante los periodistas acompañado por medio gobierno. Le fueron a hacer el aguante, cual estudiantina escolar (y con los que faltaron, a posteriori se hizo candorosas fotos individuales para las redes). Un papelón.
Resultó contraproducente la estrategia de que saliera con los tapones de punta, intentando convertirse de acusado en acusador, con tono levantisco y malhumorado que rayó en el desprecio hacia varios colegas acreditados en Casa de Gobierno (“Apenas sos un periodista”, le espetó a uno en la línea de aquella horrenda consigna inicial libertaria de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”) y hasta le exigió a otro que le pidiera disculpas. La “domada” esta vez no funcionó y solo sirvió para tirar más nafta al fuego de una controversia que no cesa y que sigue agregando nuevos capítulos.
Pifia el Gobierno cuando entiende que se trata de una conspiración del periodismo. No se sientan medios de ideologías tan distintas y que compiten entre sí en torno de una misma mesa para acordar qué cubrirán y con qué grado de intensidad. En la TV la única ideología que cuenta es el rating. Si un tema le es indiferente al público, no hay manera de que se sostenga en pantalla. Si las peripecias del jefe de Gabinete persisten en la vidriera mediática es porque a la audiencia le interesan, tal vez por el morbo de ver cómo se defiende un personaje altivo que daba constante cátedra de rectitud en el manejo de lo público en medio de sus actuales aprietos. Sus trastabilleos y disonancias entre lo que dice y lo que hace es un cóctel atractivo para cualquier espectador.




