
El sueño inmoral
Por Orlando Barone
1 minuto de lectura'
CUANDO hace cuatro años murió Kim Il Sung, que había gobernado a Corea del Norte desde 1948, tuve la íntima sensación de que ese hombre, que había ostentado el poder casi medio siglo, debía de haber causado en aquella sociedad el monótono y desequilibrado efecto de una misma dieta sobre el apetito de una comunidad de individuos libres, ya olvidados de que podían haber escogido entre una alimentación infinita.
No obstante, durante aquel largo y pomposo funeral del líder coreano que había asumido joven y moría anciano, la televisión mostraba a una multitud acongojada y no ahíta. Igual que aquel perro doméstico que se acostumbra únicamente a comer alimento balanceado seco y acaba por olvidar la carne, así aquella sociedad sometida al reinado de un hombre tenía por fuerza que haberse modelado de tal modo a su imagen y semejanza que no sabía ya ser de manera distinta de lo que el poder había determinado que fuese. Por eso la gente lloraba en vez de sentirse aliviada.
Aquí, en la Argentina, también la muerte de Perón, que durante treinta años, diez como presidente y como presencia omnímoda veinte, había llegado a producir una sociedad dos veces peronista (la que estaba a su favor y la que estaba en su contra), causó parecida congoja. El llanto no prueba todo: hay una fábula donde el esclavo que llora la muerte de su amo no puede acercarse a su atáud porque se lo impiden los grilletes.
Ahora un nuevo líder, desde el poder, impone a los argentinos desde hace casi una década ser el protagonista obsesivo de cualquier intercambio oral entre ciudadanos, sea que éstos viajen casualmente en un ascensor, se encuentren por azar en una cola o participen de cualquier sobremesa. No sería una exageración efectista decir que para muchas personas la última palabra que pronuncian antes de dormirse o en sueños es Menem.
Monotema de la sociedad argentina de similar hegemonía a la de Maradona en sus tiempos mejores, ya se trate de alabarlo o de rechazarlo, omnipresente desde el desayuno hasta la cama, y de consecuencias psicológicas imprevisibles, sobre todo en ciudadanos influibles y lábiles, de los cuales se ha probado que hay ingentes cantidades.
La reciente revelación, en España, de que hubo una conspiración periodística para evitar que Felipe González pudiera ser presidente del Gobierno por tercera vez, aparte de la inmoralidad cívica de los conspiradores y el exceso de gula del candidato, desnuda un conflicto no exclusivamente limitado a la democracia española: aquel que gobierna posee naturalmente desde el Estado las mayores probabilidades de perpetuarse. Hace dos siglos, Tocqueville advertía: "Cuando el gobernante se postula a una reelección, las negociaciones, así como las leyes, no son para él sino combinaciones electorales". Todavía no había nacido Menem.
Las reelecciones, en ciertos países de escaso rigor académico, amenazan transformarse en una plaga capaz de clonar Fujimoris. En su célebre ensayo La democracia en América , Tocqueville, alarmado por esta amenaza de perpetuación, escribía: "La intriga y la corrupción son vicios naturales de los gobiernos electivos. Pero cuando el jefe del Estado puede ser reelegido, esos vicios se extienden indefinidamente y comprometen la existencia misma del país".
En 1991, como enviado al cumpleaños de Carlos Menem en Anillaco, me propuse, durante dos días de proximidad y seguimiento en ese pueblo mínimo, tratar de escribir su retrato. Fue en vano: se puede hacer el retrato de un hombre, pero no el del poder, aunque tenga rostro. Casi banal, recogí esta impresión de superficie: la de un hombre, pequeño, magro, simpático (capaz de memorizar y reconocer las caras de los periodistas una a una y no errar sus nombres), y sus continuos cambios de vestuario. Ese día, entre la mañana y la noche, al presidente de la Nación se le pudieron contar las siguientes mudanzas de estilo: al bajar del helicóptero de saco sport impecable; luego, a media mañana, de jeans y campera y botas de carpincho haciendo juego; en la misa, en la única iglesia, otra vez de sport, pero con otro saco y accesorios, y en el lunch familiar sindical y con el aporte de una odalisca, ofrecido en la sede del Automóvil Club situado en el desierto, luciendo una camisa roja arremangada y mocasines charolados. Le faltó usar, ese día, su uniforme de fútbol que uno de sus hombres llevaba preparado en un bolso, ya que el partido en que iba a jugar fue suspendido. Y, naturalmente, el pijama que debe de haber usado para la siesta.
Lo que sí pude registrar es la profunda impresión que causaba verlo allí, obvio protagonista, e imaginar su niñez en ese pueblecito recóndito donde cualquier aspiración, por más modesta que fuere, parece inalcanzable; y más delirante aún creer que de allí pudiera salir un presidente dos veces elegido, capaz de recorrer el mundo como un papa y de dar vuelta un país como el forro de un bolsillo. Es bastante para un hombre. Pero para él, no.
Sus incesantes devaneos acerca de su propia reelección, o reelección en cadena, con aportes personales de creatividad interpretativa (un día, humorístico; otro, solemne, y al otro día, epistolar y en forma de "charada"), con el consiguiente terror en aspirantes a candidatos tan inseguros ante él que casi justifican sus bravatas, desnudan un singular fatalismo argentino: el de que el tema es Menem y sigue siendo Menem. La sociedad, sus políticos, sus intelectuales, sus opulentos y sus excluidos hemos sido tan dulces e inconscientemente mimetizados, que aun los muchos que han mostrado su hartazgo en los últimos comicios de octubre no han dejado de pensar, al emitir su sufragio, en el hombre al que sueñan con desplazar: Menem.
Es paradójico que el mismo pueblo que realimenta una enredadera que no poda, o no se decide a podar a tiempo, después tenga tanto trabajo en controlarla por culpa de su crecimiento indiscriminado: el que ha consentido.
Este texto padece del mismo mal que objeta. Tengo casi diez años más que cuando empecé a escribir crónicas mordaces sobre Menem. Y por salvar mi propia creatividad, únicamente por eso, no quisiera envejecer escribiéndolas.
(c)
La Nación





