El tambor de la patria

Por María Esther de Miguel Para LA NACION
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24 de mayo de 2003  

¿Cuantos años pasaron desde que se hizo la patria, es decir, desde aquel 25 de mayo de 1810 cuando, culminando una serie de acontecimientos y ante la presión del pueblo, el Sordo de Trafalgar tomó las de Villadiego y una junta de patriotas asumió las responsabilidades del gobierno? ¿A quién no se le hacen presentes, en estos días, la Plaza de la Victoria, el achaparrado Cabildo donde se dirime la cuestión, la gente inquieta que se cobija de la implacable llovizna como puede (bajo paraguas, dicen algunos) mientras French y Beruti reparten escarapelas y una exaltada mozada aguarda su destino de gente libre yendo y viniendo del Café de los Catalanes a la Fonda de las Naciones, del Café de Marco a la casa de Martín Rodríguez, llevando partes y dimes y diretes, comiéndose las uñas de puro nerviosos mientras ajustan estrategias o arengan a los curiosos en la Vereda Ancha y en las galerías de la Recova, mientras otros, manolos y chisperos en sus capotes, muy disimulados, llevan estoques y pistolas? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquella fecha que testifican los documentos y el palabrerío de la tradición? Ciento noventa y tres años.

Un eco centenario

Y cuántos recuerdos para uno, que año tras año celebra este aniversario, la escarapela en el pecho, el Himno en los labios, la bandera en lo alto de la casa o en las ventanas, y en el alma ese cosquilleo que se llama emoción. Una recuerda aquellos lejanos festejos de la primaria, cuando marchábamos a la escuela, convocados por el estruendo de las bombas que al amanecer despertaban al pueblo para decirle que era el día de la patria. Caminábamos, las manos endurecidas por los sabañones, pisando la crujiente escarcha de la mañana, el cuerpo tiritando bajo pulóveres y bufandas tejidas por mamá, el pelo cobijado por el gorro de lana de similar procedencia, la boca cerrada para que no entraran los microbios que porta el invierno, sobre el guardapolvo blanco, en el pecho y del lado del corazón la escarapela patria y en los labios pronta la canción que entonaríamos con toda nuestra voz en el amplio patio de la escuela o en el rincón bastante descampado de la plaza (porque aún los árboles no habían crecido lo suficiente) donde un busto del general San Martín provocaba la aglomeración y las miradas del gentío que tiritaba con mayor o menor disimulo mientras se metía las manos en los bolsillos o las restregaba una con otra, buscando el inhallable calorcito que hiciera más soportable la ceremonia.

Después vendrían las palabras del intendente y las del director de la escuela, o tal vez las de alguna maestra, y luego el recitado del mejor alumno, o de la chica con más dotes para decir esas cosas entre las cuales, por qué no confesarlo, alguna vez se encontró esta servidora, pequeñísima, menuda, su vocecita quebrada por la emoción y el frío, la alegría nublándole los ojos porque allí, entre las cabezas del vecindario que asomaban en el otro rincón, más allá del paisanaje que desde sus adornadas monturas de jinetes en tren de fiesta aguardaba la hora del desfile, más allá de todos ellos, digo, detectados por su instinto filial, había alcanzado a ver a mamá y papá, sometidos, como todos, a las inclemencias de la intemperie, hostigados por el viento, pero tocados por esa tenue oleada de orgullo con causa por la desenvuelta oratoria de la niña que era vástago propio.

De qué manera persisten aquellos recuerdos; cómo la memoria afectiva aviva el fervor de las viejas celebraciones, tal vez porque las noticias de esas historias que eran la historia de la patria llegaban, más que a través de libros o de textos, de labios de viejos lugareños a los que mi padre, curioso como era, invitaba a tertulias con asado, vino tinto y mate amargo para que dejaran fluir las antiguas mentas pasadas de generación en generación, de labios de abuelos y bisabuelos que transmitían tales noticias repitiendo los testimonios familiares de quienes supieron ostentar heridas recibidas en lejanas batallas: que si Belgrano, que si Urquiza, que si la caballería entrerriana...

Y qué lindo le resultaba a una, patriotera desde el vamos, mientras escuchaba la orquesta municipal dirigida por aquel director de música petizo y mandón (que nos dio, a mi hermana y a mí, lecciones de piano) inundar al pueblo de melodías marciales y operísticas en celebración de la magna fecha, mientras la cabecita fantasiosa, en recurrencia épica, imaginaba que tal vez aquellas historias de batallas y héroes de un tiempo extinto se seguían perpetuando.

Mucho tiempo después, cuando, ya en Buenos Aires, conocí a don Carlos Mastronardi en alguna tertulia de la alta noche (que era el momento en que el pálido y excepcional poeta hacía acto de presencia por los cafés de la Avenida de Mayo), nos entretuvimos en rememorar retazos de aquella vida provinciana. Los de él, sin duda, muy anteriores a los míos. Recuerdo la historia que contaba de don Bruno Alarcón, viejo tambor del Ejército de los Andes, salido del silencio y de un recodo del río una noche en que las autoridades municipales decidieron regalar a la ciudad, en la fecha patria, el eco del tambor que había traspuesto la cordillera alentando a las tropas de la Independencia. Decía don Carlos Mastronardi que le habían contado de qué manera, en medio de un silencio impresionante, quizá repitiendo un movimiento que ya no podía vivir de modo pleno, aquel hombre, después de algunos primeros toques inciertos y quizá deslucidos, se afianzó en el seco redoble hasta conturbar al auditorio "con el ritmo del tambor aprendido casi cien años atrás", decía don Carlos Mastronardi con voz baja, casi susurrante, mientras apuraba su vaso de cerveza en medio de una de esas largas y movidas noches porteñas que ya se han ido para siempre, en la que me transmitió la historia de Bruno Alarcón, tambor del Ejército de los Andes, oriundo de Gualeguay.

Manos a la obra

Pues bien, que el aniversario de la patria de este año coincida con el cambio de gestión gubernamental, no deja de ser auspicioso y, por qué no, motivo para la reflexión. Tal vez por eso, qué bien nos vendría oír el seco redoble del tambor que nos trae la historia más que centenaria de la patria a nosotros, ciudadanos azotados por pesares e incertidumbres, que hemos estado dando vueltas en el vacío entre la bronca y el desánimo, por tanto vacío legal y tanta impunidad que nos puso al borde de la disolución. El eco de ese tambor me hace pensar que esta fecha puede resultar momento de inflexión que permita avanzar en la recuperación del tiempo si no perdido sí malgastado.

Las elecciones últimas han sido amplio muestrario de la fragmentación de una ciudadanía que se manifestó libremente de acuerdo con su leal saber y entender (salvo algunas excepciones, que toda regla la tiene, de aquellos que, apremiados por la necesidad o la ignorancia, optaron por el sándwich y la promesa). Pero ¿no es acaso el momento de hacer la síntesis, de sumar, de conjugar, de ponernos hombro a hombro, mano a mano, a construir la República? Si hasta ayer nomás la patria ha sido un hondo dolor, creo llegado el momento de convertirla en esperanza.

La esperanza es una ventana abierta que debe sostenerse con la memoria y la acción. Porque, cuidado, así como para los individuos existe el mal de Alzheimer, enfermedad terrible y Dios nos libre de ella, para los pueblos, el Alzheimer es letal y se llama olvido. Su antídoto es la memoria. Y a la memoria se la cultiva analizando el pasado, abriéndolo como quien abre un texto, metiéndose en él como el que aborda un libro, leyéndolo sin condicionamientos ni partis pris , porque la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque deba ser vivida mirando hacia adelante, como decía Kierkegaard. Si abrimos la memoria, oiremos el tambor de la patria, el ejemplo de los tiempos pasados. Los buenos y los malos. Los lejanos y los de ayer. Después, hay que mirar el ahora, el ya, el alrededor, el presente, para poner manos a la obra.

Pero hay muchas maneras de la realidad. En uno de los múltiples caminos que abren las lecturas encontré una anécdota que vale para la ocasión: un astrónomo, un físico y un matemático, viajando en tren por Escocia, atisban una oveja negra en medio de un campo. El astrónomo dice: "Qué interesante, en Escocia las ovejas son negras". El físico retruca: "No, no. Algunas ovejas escocesas son negras". El matemático, suspirando, da su opinión: "En Escocia existe al menos un campo que contiene al menos una oveja, que tiene al menos un lado que es negro".

A tratar, entonces, de mirar la realidad objetivamente y actuar, cada uno desde lo suyo y en lo suyo, pero sabiendo que el bien común no es noticia ajena sino prioridad, que la política es alta y delicada forma de ejercer la justicia y abolir el desamparo social, que la gente no es ni mera estadística ni variable de una oficina de planeamiento, que este nuevo aniversario de la patria nos dice, con la autoridad del destino, que todos estamos invitados a participar en la reconstrucción.

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