
El tiempo de la globalización
Por Natalio R. Botana Para LA NACION
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Acaso la última década del siglo XX sea recordada como el tiempo en que se disparó el hecho y la conciencia de la globalización. Sin embargo, las cosas son más complicadas, pues la historia de las palabras suele correr a remolque de la historia que van formando las acciones humanas. Hace tres lustros aún no se hablaba tanto de globalización, aunque no faltaran entonces observadores empeñados en detectar los datos de un gran cambio tecnológico y cultural.
Casi sin darnos cuenta, el ritmo de acumulación y transformación de estos datos se ha acelerado hasta provocar una incómoda sensación de vértigo. En 1990, Anthony Giddens entrevió este fenómeno en su libro Consecuencias de la modernidad , y apuntó que la globalización era un efecto expansivo de la modernidad. Nueve años más tarde, en otro texto complementario recientemente traducido al español como Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas , Giddens ha llegado a la provisoria conclusión de que estos hechos universales son el motor de una crucial mudanza de comportamientos: la globalización denota, en efecto, un radical cambio de situación para los individuos y las sociedades.
Desde un punto de vista que nos ofrece una atrayente analogía histórica, asistiríamos a un cambio comparable al que hace un par de siglos pusieron en marcha la Ilustración en el plano del conocimiento, la Revolución Industrial en el campo de la economía y la Revolución Democrática en el orden político. Tres revoluciones que se conjugaron en circunstancias nacionales harto diferentes y que no siempre sembraron las semillas de la paz sino las furias de la guerra.
Empero, la mutación de las relaciones sociales, que hoy nos interpela, genera en algunos observadores una actitud que va más allá de un mero balance histórico. Quienes piensan la globalización advierten en ella el referente de un debate plagado de rechazos e incertidumbres que, no obstante, tiene el rasgo peculiar de volcar la mirada hacia el porvenir.
La globalización engarza, en este sentido, varios proyectos, no decididos por ninguna planificación centralizada. A primera vista la palabra en cuestión da cuenta del nuevo mundo de las comunicaciones en la era electrónica o describe el crecimiento explosivo a escala universal de los mercados financieros. También mediante el concepto de globalización se llega hasta el punto de explicar el derrumbe de los regímenes totalitarios y la erosión que sufre, en naciones más débiles, la soberanía del Estado.
Estas dimensiones coexisten con otros hechos: el mercado de trabajo y el ascenso profesional de la mujer fragmentan las nociones tradicionales de la familia y, en un nivel más profundo, la decisión consciente de quien inventa nuevas tecnologías desencadena, paradójicamente, un proceso que ninguna decisión posterior podrá frenar. (En una conferencia reciente, Giddens presentó como ejemplo la fuerza transformadora de Internet, que, al trascender fronteras, doblega la voluntad de control de los Estados, seculares o religiosos.)
Señales de alarma
En este contexto, la pregunta acerca de los valores de igualdad y justicia se impone por sí misma. ¿Configura la globalización una nueva matriz de crecientes desigualdades en el mundo, o acaso este viraje es el agente productor de inéditas oportunidades para que muchas sociedades asciendan desde el abismo de la miseria? Éste es, sin duda, el interrogante que enmarca el debate de la globalización.
En nuestro país, la dicotomía entre desigualdades y oportunidades marca un camino erizado de obstáculos. Conocemos las señales de alarma del bajo rendimiento de la economía o de la educación. Olvidamos, sin embargo, la congénita insuficiencia institucional que ahonda esas fallas. Como cualquier fenómeno de cambio, la globalización se confunde con el legado de culturas incrustadas en el pasado. Si las tradiciones institucionales son sólidas, los cambios podrían acarrear consecuencias favorables. Si, al contrario, el suelo institucional tiembla, aumentarán los efectos negativos.
Por su producto nacional, ingreso per cápita y promedios de desarrollo humano, la Argentina estaría en condiciones de escrutar el futuro con confianza. Razón de más para no seguir dilapidando este capital a merced de un Estado federal maltrecho, colonizado por un gasto político irresponsable y neutralizado por malas prácticas fiscales. Sin el talento para forjar buenas instituciones, la globalización puede degenerar en una fuerza incontrolable. Apoyada en el arte del buen gobierno, la globalización puede, en cambio, abrir horizontes insospechados.
La globalización ha modificado la estructura autárquica de los Estados en el siglo XX. Pero esta ruptura con un concepto vetusto de la soberanía nacional no ha reducido en un ápice la idea de que el Estado conforma, ante todo, un conjunto efectivo y legítimo de instituciones. Mientras no surjan organizaciones internacionales adecuadas al tiempo de la globalización, sólo la calidad de las instituciones nacionales podrá amortiguar los costos y promover beneficios.





