El tono es todo
Nos cuesta escuchar, concentrarnos, respetar al otro. Entre otras cosas porque las palabras se han desgastado, a pesar de los grandes escritores, artistas y científicos. Saber escuchar, concentrarse y respetar, cuesta en todo el mundo, no sólo en la Argentina: las palabras se han desgastado. Se lo debemos a los medios, los políticos, la publicidad y al consumo. La sociedad consumista consume el lenguaje, lo adelgaza, estandariza y desactiva. Lo convierte en un sonido indiferente.
Cuando se escucha (o se oye) el discurso de un líder político, “patria”, “pueblo”, “juro” “investigar hasta las últimas consecuencias”, no significan nada o lo opuesto En el último caso “hasta” equivale a “la investigación llegará a esa última consecuencia y allí se detendrá”. Las multitudes presentes en un acto partidario están atentas no a las palabras, sino al tono en que se pronuncian. Cuando el volumen de la voz del líder va in crescendo, eso indica que se debe aplaudir, vivar o putear. El tono calmo de un discurso racional concede: “Rompan filas. Va cháchara para la gilada”. La atención se enciende otra vez con los gritos de amenazas, groserías, insultos, acusaciones y ultrajes. Volvemos, gozosos, apocalípticos, a la tribu.







