
El último cuento de Scherezade
Habían pasado mil y una noches y Scherezade, que había salvado la vida contándole al sultán, noche tras noche, los cuentos más fantásticos que su imaginación le había dictado, creyó que ese día podría finalmente descansar. Pero no fue así. Cuando el sultán Shahriar regresó esa noche a su palacio, le exigió un relato más, sólo uno, pero no de genios salidos de lámparas, tesoros escondidos detrás de puertas mágicas o fantásticas criaturas del mar y el desierto. Esta vez, al cumplirse mil y dos noches desde el primer relato, el sultán quería una historia real.
Scherezade pensó algunos instantes, luego accedió porque entendió que en ello quizá iba su vida y comenzó su último relato, una historia real, desprovista de toda fantasía. Le contó al sultán de un joven llamado Mohamed Bouazizi que, desesperado por no encontrar trabajo ni futuro, se prendió fuego en una calle de su pueblo en un reino vecino. Le contó de las protestas y la represión. De plazas llenas de gente en otros reinos, en El Cairo, Trípoli y Manama, en reclamo de derechos y libertades. La joven hablaba y el sultán la escuchaba con atención, pero el cuento le resultaba cada vez más inverosímil. Finalmente se enojó con ella, le ordenó que no siguiera porque lo que él le había pedido era una historia real, no un relato fantástico de súbditos protestando en las calles y tiranos caídos en desgracia. Un poco de represión vaya y pase, dijo furioso, pero en el mundo árabe esas cosas que ella contaba no pasan ni en los cuentos.
Scherezade temió entonces que Shahriar revocara su perdón y ordenara a sus hombres que por la mañana le cortasen el cuello, como a sus anteriores esposas. La joven pensó rápidamente, le rogó que la escuchara y comenzó una nueva historia, esta vez más real que la realidad, como le había pedido el sultán. Le contó de un joven llamado Mohamed Bouazizi que, desesperado por no encontrar trabajo ni futuro, se disponía a prenderse fuego en una calle de su pueblo cuando una voz le ordenó que se detuviera, porque si se quitaba la vida miles saldrían a las calles y ya nada sería lo mismo en su reino y los reinos vecinos. El joven miró a su alrededor y no vio nada más que un viejo botellón de vidrio, pero podía jurar que alguien le había hablado. La mecha encendida ya le quemaba los dedos y otra vez la acercó a su cuerpo rociado de combustible. Entonces la voz habló otra vez: "Detente te digo, soy un genio y te daré lo que quieras, pero apaga esa mecha o tendré que salir de esta botella y apagarla yo mismo".
El sultán detuvo el relato una vez más. En tono amenazante observó que él no creía en genios, a lo cual Scherezade respondió que Mohamed Bouazizi tampoco. Y eso, justamente, era lo interesante: como no creía en genios y estaba desesperado, el joven no le hizo caso a la voz que le hablaba y se prendió fuego, sin darle tiempo al genio de evitar su muerte. Y el genio, que como las fuerzas del destino no era bueno ni malo, y no era real hasta que lo era, ya no pudo regresar a su botella. "¿Y qué pasó en el reino? ¿Los súbditos obtuvieron aquello que reclamaban? ¿Cómo termina el cuento?", quiso saber el sultán, ahora intrigado. El final, dijo ella como a lo largo de las mil y una noches anteriores a esa noche, tendría que esperar. En realidad todavía no estaba escrito.
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