El último paladín de un oficio invencible

Verónica Chiaravalli
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6 de noviembre de 2017  

El chiste es más o menos así: dos aviones de Iberia que vuelan en direcciones opuestas chocan en el aire; las crónicas confirman que en los dos viajaba Juan Cruz Ruiz. La humorada alude a la conocida hiperactividad del periodista español, a su curiosidad nómada que lo ha llevado, a lo largo de más de cincuenta años consagrados a la profesión, a recorrer el mundo, vivir de ciudad en ciudad y, soldado de la noticia, a emprender vuelos plagados de conexiones tortuosas y duración demoledora para tocar tierra sólo unas horas, si los hechos (y sobre todo el periódico, su amado diario El País, donde escribe desde 1976) así lo requieren.

Su territorio es, ha sido siempre, el de la cultura; en particular el de la literatura, que ha cultivado como escritor (es autor de varios libros, entre los que se destacan Egos revueltos, Ojalá octubre y Muchas veces me pediste que te contara esos años) y con total entrega como periodista y como editor: a Juan Cruz le debe El País haber contado en sus páginas con las firmas de algunos de los mejores novelistas de España, cantera que se retroalimentó con su experiencia como director de Alfaguara en los años dorados de la editorial.

Ahora ha escrito otro libro: Un golpe de vida. Se trata de memorias donde la trayectoria vital aparece tan fuertemente anudada a la tarea periodística que ambas se funden en una sola respiración. Recluido en un castillo medieval de la región de Umbría, rodeado de un silencio y una quietud que no ha querido para su vida y poco tienen que ver con el ajetreo de la redacción y la adrenalina de la primicia, Juan Cruz escribe. Escribe sobre el niño frágil y solitario que fue, sobre las personalidades que conoció (Susan Sontag, Francis Bacon), sobre el periodismo que practicó y que aún defiende, a capa y espada, último paladín de lo que llama "un oficio invencible", contra las chapucerías que desde el vértigo de las redes sociales minan la calidad y la credibilidad de la noble labor de informar.

Escribe, también, sobre una España sorprendida por la irrupción de la "nueva política", que en muchos casos demostró no ser más que el ropaje reciclado de los viejos populismos.

Como para tantos chicos sensibles e introvertidos, crecidos en un entorno donde los estímulos intelectuales o artísticos eran escasos, para Juan, la palabra (leída en diarios y revistas, escuchada con unción en la radio) fue refugio y tabla de salvación. Cuenta el escritor que pasó su infancia recluido en la casa, en la cama, muchas veces, por causa del asma. Tal vez para combatir ese aislamiento comenzó a pedirle a su padre que le trajera alguna revista, cualquiera, "algo que durara leyendo". El padre cumplió y selló el destino del hijo al darle una publicación en la que escribían Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Francisco Umbral. Para Juan, que entraba en la adolescencia, fue una epifanía. Desde entonces se entregó con frenesí a la lectura y la escritura.

Había aprendido a leer de corrido gracias a la perseverancia de su madre, que le contaba cuentos y leía para él, una y otra vez, el recorte de una vieja crónica policial, y asistido por los locutores radiofónicos, cuya sintaxis perfecta Juanito absorbía como esponja y fijaba en piedra al otro lado del receptor. Con esas armas consiguió su primer trabajo de escriba: redactar cartas para los familiares emigrados de sus vecinos. A esa tarea solían convocarlo mujeres, y Juan se sentía "el notario de la actualidad de aquella gente, como un cronista adelantado en edad y en tiempo a lo que luego fui, un periodista".

Lo sigue siendo y lo será toda la vida porque ésa es su pasión, en un sentido amplio del término. El oficio invencible que abraza y que lo abrasa, aunque en verdad, él mismo lo confiesa, "nunca fue un oficio exactamente, era una locura marcada por el destino".

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