El último refugio de la vida eterna: Internet

Aplicaciones y redes permiten compartir el duelo y hasta "hablar" con quienes ya no están
Fernanda Sández
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7 de febrero de 2016  

"Feliz cumpleaños, que lo pases genial", anota alguien en el muro de L. En las fotos L posa: con amigas, con su papá, a sus poquísimos años. Con su sonrisa. Con un pañuelo en la cabeza. En la toma más linda, la más luminosa, está sentada y sé en dónde: en una de las murallitas exteriores del Hospital Garrahan, adonde la trataron hasta que su cuerpo se deshizo y ella se convirtió en quien es hoy: alguien con quien se conversa en la Red adonde todavía está, cumpliendo años. Cada tanto, nuevas fotos viejas avivan la ilusión, y los comentarios. L, en el cielo y con diamantes. "Estás re linda, L", "Te quiero mucho", "Sos nuestro angelito".

Ilustración: Fernanda Cohen
Ilustración: Fernanda Cohen

Nunca la muerte fue esto que es ahora, tal vez porque la vida también se ha modificado radicalmente. Este nuevo modo de estar (ubicuo, incesante y aéreo, como el de los espíritus) ha generado modos de "no" estar también novedosos. Otra clase de ausencias, presentísimas: los neomuertos. Así, para la investigadora Paula Sibilia, autora de El hombre postorgánico y de La intimidad como espectáculo (FCE), es en nuestro constante ir y venir de uno a otro lado de la pantalla donde debemos rastrear ese mismo mecanismo de péndulo frente a la muerte. "Nos hemos acostumbrado con mucha rapidez y eficacia a «vivir» en la pantalla. Se ha vuelto cada vez más difícil tratar de separar esa vida que exponen nuestros perfiles en Internet, por un lado, y eso que seguimos llamando «vida real», por el otro. Estamos constantemente conectados y disponibles tanto online como offline, de modo que esa separación entre ambos mundos se ha ido esfumando." En ese proceso de mezcla y creciente indiferenciación entre ambos universos, la muerte también ha ido cambiando. Hoy, pues, lo que nos inquieta no es ya dejar de ver a tal o cual persona, sino dejar de verla conectada. Dejar de verla ahí, donde estuvo siempre.

¿Es nuevo? No. Cualquiera que recuerde la alocada marcha de doña Juana I de Castilla y Navarra por toda España y durante meses, paseando con el cadáver de su marido, entiende el truco: evitar el entierro es retener al muerto querido. Por eso, arguyendo el supuesto deseo del difunto de ser enterrado en Granada, doña Juana no tuvo mejor idea que llevarlo de viaje. Y allí fueron ella (embarazada), el sarcófago real y un nutrido cortejo de cortesanos, y se dedicaron a peregrinar por meses, de poblado en poblado, como si el rey acabase de morir.

Según relata Pedro Mártir de Anglería, el cortejo iba "rodeado de funeral pompa, y de una turba de clérigos entonando el Oficio de Difuntos, como en triunfo en un carruaje tirado por cuatro caballos". Al cabo de su delirante recorrido, Juana había quemado accidentalmente un par de iglesias y llevaba gastado un millón de maravedíes en velas. Lo nuestro, claro, no es tan fastuoso pero trata de hacer lo mismo. Por eso, según comenta Raquel Tarullo, investigadora de la Universidad del Nordeste, "la muerte se resignifica en tiempos de redes sociales, y con ella el duelo. Ya no se llora a escondidas sino que se llora en la Red y ahí, en las redes, la muerte no se suelta: se sigue manteniendo el dolor de la pérdida, que se renueva con cada nuevo comentario que recibe el post, con cada nuevo «me gusta»", precisa. No velorio, tierra ni entierro. Nada de carrozas fúnebres pomposas de plumas negras, como antaño. Nada por aquí, nada por allá. Nada de muerte en la muerte. Tampoco despedidas.

Posteo, luego existo

Alguna vez, Atahualpa Yupanqui se refirió a la muerte como "el gran silencio". Y de esto se trata también todo: de comenzar a morir si y sólo si las palabras nos abandonan para siempre. Es por eso que según Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, "la obsesión de estos tiempos no es comunicar sino hacerse visible. No hay descastado que no reclame «visibilización», de lo que se desprende que la muerte social hoy es ser invisible. La ecuación es obvia: si ser visible es existir, mientras seas visto, existirás.

Pasa con David Bowie, que al cabo de su muerte está más presente que cuando estaba vivo. La gente comparte su música, su vida, sus recuerdos. En ese intento de retenerlo en la vida social, le dan visibilidad, y por lo tanto lo hacen existir", comenta. Lo resucitan, pues, haciéndole un suave masaje cardíaco de likes, enviando mensajes a su cuenta de Twitter, hablándole como si aún estuviera ahí. Y tan central se vuelve esto de no dejar de decir que incluso Facebook cuenta desde hace algún tiempo con una opción de privacidad para antes del fin. Gracias a ella, el inminente difunto puede designar a un "encargado de legado" para que administre su cuenta luego de su muerte física. La aplicación LivesOn de Twitter va en el mismo sentido: "Cuando tu corazón deje de latir, seguirás tuiteando", se lee en su presentación. De este modo, en función del historial de tuits de la persona que se murió, y que refleja sus preocupaciones, intereses y hasta sentido del humor, el sistema puede seguir publicando breves mensajes en nuestro nombre cuando ya no estemos por aquí abajo.

Los sitios Memorial, Respectance, Epilogable y Dead Social, en cambio, responden al viejo formato del tributo y permiten, simplemente, seguir ciberhomenajeando al difunto. Se puede subir fotos, encender electrovelas y todo lo que se supone que uno puede hacer con un fallecido. Esto no incluye, claro, que el difunto nos responda. ¿O sí?

Por lo pronto, y como se plantea en uno de los capítulos de la inquietante serie inglesa Black Mirror, tal vez en este nuevo modo de vida etérea que supimos conseguir no sea tan absurdo que un algoritmo "reconstruya" nuestra personalidad y genere una versión bastante aceptable de nosotros mismos. De hecho, es un algoritmo como éste el que permite la paradoja de que los muertos sigan dándole "like" a productos y servicios que tal vez ni siquiera tuvieron el gusto de conocer. El periodista Bernard Meisler escribió un artículo al respecto y, en el proceso, dio con la cruel verdad: nuestros "likes" no nos pertenecen del todo y (vivos o muertos) la industria los usa a su favor. Así es como después vemos a un vegetariano levantándole el pulgar a una empresa de hamburguesas con gusto a teflón, a un ambientalista apoyando a una firma de pesticidas o bien a un muerto encantado con el auto que nunca llegó a manejar. Lástima que esa suerte de suplantación de la personalidad a veces termina mal. Tan mal como pudo comprobar el programador Eric Meyer cuando, en su resumen del año en Facebook, el sistema no tuvo mejor idea que decidir por él y abrir la tanda de recuerdos con la foto de una nena hermosa, de ojos muy brillantes. Era Rebecca, la hija de Meyer, muerta de cáncer a los seis y en 2014, año que la Red había decretado que había sido "extraordinario" tanto para él como para los 1350 millones de personas que lo habitan. El escándalo terminó dando la vuelta al mundo, pero al menos al programador le sirvió para comenzar a pensar de otro modo su propio trabajo. Habló entonces del algoritmo "cruel" y de la cantidad de sobreentendidos con los que se manejan las redes sociales. Así, para la Red los niños no mueren, la gente no se divorcia ni se enferma ni pierde el trabajo, y a alguien de apellido Culasso se le bloquea la cuenta porque –según el mensaje enviado por Facebook– "parecería ser que viola nuestros estándares de nombres". Ciertas edades parecerían violar también las reglas de lo previsible, de "lo que nos pasa a todos". Que lo diga si no Anna Stoher, la abuela de Minessota que no pudo abrir su cuenta en Facebook por haber nacido (horror de horrores en un reino en donde la edad promedio es 31 años) antes de 1905. "Pero todavía estoy aquí", reclamó la señora y fue admitida, justo antes de morir. Quedamos así, entonces: ni culazos ni gente de más de un siglo. Pero ¿y los muertos? ¿Por qué serán los muertos así de bienvenidos en esta rara forma de eternidad online?

Hoy hay en Facebook 55 millones de perfiles de ausentes. "Y en los últimos años, la cantidad ha crecido exponencialmente, de acuerdo con un estudio realizado por Foro Mundial Económico", se consigna en el trabajo "La emoción en la participación en las redes sociales: Facebook como muro de despedida". Se muere entonces en el mundo, pero se sobrevive en la Web. ¿Existe acaso un movimiento inverso? ¿Se puede morir sólo virtualmente? "Sí, y eso es lo que vivieron los habitantes de Uru Online, mundo virtual habitado por jugadores adultos, que en 2004 experimentaron la pérdida de su mundo por la quiebra de la empresa que lo administraba", detalla Alejandro Tortolini, especialista en mundos virtuales del Laboratorio de Tecnologías del Aprendizaje de la Universidad de San Andrés. "Recibieron el aviso de que los servidores se apagarían para siempre, junto con sus avatares, el de sus amigos y familias virtuales. El día señalado vieron cómo sus personajes quedaban inmóviles: muerte virtual, pero testimoniada por personas que comprobaron que no somos dueños de esas vidas que construimos, y que podemos perderlas de golpe." Muerte virtual, duelo real.

Luz que nunca se apaga

Se llama "planta de la resurrección" y hay algo en ella –puede que su capacidad para girar seca movida por el viento del desierto, puede que el don de implantarse allí donde haya agua y reverdecer en cuestión de minutos– que la vuelve asombrosa. Para Sibilia, algo parecido sucede hoy con los neomuertos: con sólo cambiar de paisaje, con sólo mudarse definitivamente del otro lado, la vida continúa. "Cuando muere alguien que formaba parte de esta nueva dinámica, que su otro yo virtual siga vivo nos produce un efecto mucho más intenso que el que podría provocar el contacto con un objeto material de la persona fallecida", explica. "El perfil en la pantalla ostenta un tipo de presencia que se contradice con la certeza de la desaparición del cuerpo físico de su autor. Porque esas palabras e imágenes no constituyen meras evocaciones de alguien: son esa persona, o al menos solían serlo." Una gran esfera parlante: eso somos todos nosotros juntos. Una bola luminosa, interconectada, en donde el zumbido de la vida está dado por un incesante tráfico de comentarios, pulgares, posteos, fotos y más fotos. Todo a la vista y todo en voz alta, porque si antes morir era por sobre todas las cosas quedarse callado y desaparecer de los lugares de siempre, este nuevo estado de cosas parece haber dado con la fórmula mágica para resucitarnos.

Una nueva vida electrónica nos espera post mortem y logra "mantenernos vivos" del mismo modo que la vida de la fama extendía nuestra duración en este mundo, como bien enseñaban las coplas de Manrique a la muerte de su padre. "El anhelo de inmortalidad estuvo siempre presente, pero lo nuevo es cómo las nuevas tecnologías ayudan a una logística más acabada", apunta Patricia Faur, docente de la Universidad Favaloro. "Hay una realidad: la muerte. La muerte física. Pero los muertos siguen presentes en el relato de quienes los aman. Entonces, ¿dista mucho la aplicación Dead Social de las cartas dejadas en una caja fuerte para ser leídas luego de la muerte? ¿Y está tan mal que un padre quiera dejarle un mensaje a su hija que cumple 15? Podemos pensar que todo esto es la negación del duelo, que puede llevar a confusión, que es una necesidad narcisista de trascendencia. Sí. Es todo eso. Pero también es una botella arrojada al mar. Es saber que queda algo de uno: una carta, un legado, una palabra. Claro, al estilo posmoderno: un tuit desde el más allá. Una palabra anticipada imaginando lo que vendrá."

El 10 de enero murió David Bowie, apenas dos días después de haber cumplido 69 años y de haber lanzado su vigésimo quinto disco, llamado Blackstar. Bowie tiene ya, desde luego, su página de tributo en Respectance y el récord en Vimeo: el día de su muerte, sus videos tuvieron más de 50 millones de vistas. Está en YouTube, evadiendo a la muerte en su video Lazarus, está en los afiches callejeros, está sonando con un sonido tan nuevo –tan Bowie– que hay en todo esto algo de renacimiento. De resurrección. Sin embargo, cuando supo la noticia, el primer gesto de su hijo Duncan fue salir de las redes para irse a llorar. Y el de su primera esposa, Angie, fue –literalmente– largarse a llorar frente a la cámara de Gran Hermano Famosos versión inglesa. Encerrada en una casa llena de celebridades apolilladas, sentada en un sillón y absurdamente peinada con dos colitas, fue enterarse y enterrar la cara entre las manos. "Hace años que no lo veo y no voy a hacer un drama, pero me siento… tan triste. Es como si una era se hubiera terminado. El polvo de estrellas se ha ido", dice y vuelve a decir la señora. Y todo es doblemente trágico con esas mejillas pintadas de rosa, y ese peinado infantil, y ese miedo tan humano. Tan real. La muerte la ronda también a ella. Es entonces cuando uno comienza a entender que lo vivo es lo otro. Lo que ya no está aquí. Ni en las pantallas. Ni en ningún otro lado adonde nadie pueda ir y volver para contarlo.

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