El último viaje de Mariano Moreno

El 4 de marzo de 1811 moría en alta mar una de las figuras decisivas de la Primera Junta. Considerado por la tradición como un jacobino, fue también un periodista y polemista incisivo
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29 de febrero de 2004  

El 30 de enero de 1811 pasó frente a Montevideo la fragata mercante inglesa Fama, que llevaba a bordo al ex secretario de la Junta de Mayo, Mariano Moreno, designado para representar al gobierno ante las cortes de Río de Janeiro y Londres. La noticia causó revuelo en la ciudad, que se hallaba aún en manos realistas. Estaba al mando de la marina el capitán de navío José María de Salazar, quien no se dejaba engañar por las expresiones de fidelidad a Fernando VII y aseguraba una y otra vez a sus superiores en España que lo que en realidad anhelaba la mayoría era la independencia. Aquel día supo por sus subordinados que se hallaba próximo pero inasible uno de los hombres que más odiaba. Luego de reunir diversas versiones, dedicó a Moreno una de las varias y poco conocidas cartas que dirigía por jornada para desfogar su indignación contra los "revoltosos" porteños. Al principio, según el marino, se había supuesto que el viajero llevaba la misión de convulsionar al reino de México, para lo cual lo ayudaban "su perverso talento y travesura". Pero después se había confirmado que se dirigía a Gran Bretaña: "Se dice que lleva medio millón de pesos; lo que hay de cierto es que embarcó ocho grandes baúles y que él siempre ha sido un sujeto cuyo equipaje cabía en uno muy chico."

Salazar aborrecía a Moreno por la eficacia que había sabido otorgar a su mensaje periodístico. Con el pretexto de satisfacer los deseos del pueblo montevideano, el jefe de la marina había llegado a pedir que se le diese "una completa satisfacción quemándose por la mano del verdugo la expresada infame gaceta".

Seguramente sin imaginar el efecto que había provocado la proximidad del buque que lo trasladaba, Moreno siguió su incómodo viaje cavilando acerca de su forzado retiro del Gobierno Patrio y sobre el abrupto corte a las esperanzas de pronta independencia, hasta que un sorpresivo malestar, que suele atribuirse a envenenamiento, acabó con su vida frente a las costas del Brasil un 4 de marzo, hace ciento noventa y tres años. En una tierra tan inclinada a atribuir frases de bronce como es la nuestra, se acuñó ésta, presuntamente pronunciada por el presidente de la Junta, Cornelio Saavedra, al conocer la muerte de su enconado adversario: "Se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego".

Estampa

Doctor graduado en la Universidad de Chuquisaca, cultor del iluminismo y buen conocedor de la literatura política de su época, al producirse los sucesos de Mayo de 1810 Moreno se hallaba alejado de toda función pública y hasta había manifestado su sorpresa y vacilación al ser propuesto como secretario de la Junta. Sin embargo, frente a la magnitud del cometido, se sintió responsable de conducir un proceso que, en definitiva, buscaba la emancipación. Contra la moderación del presidente Saavedra, aquél y sus amigos ansiaban afianzar la revolución aun a precio de sangre.

Las armas iban a hacer oír su voz de muerte en las provincias interiores para oponerse a los soldados de un rey a quien la Junta decía sostener. Pero ésta también deseaba librar batalla a través de la letra impresa. Contar con un medio de prensa significaba no sólo garantizar la posibilidad de expresar ideas, sino adoctrinar e informar a cuantos tuvieran a su alcance el periódico que el gobierno se disponía a promover. El 2 de junio de 1810, el órgano colegiado que presidía Saavedra dictó una orden sobre la creación y funciones de un nuevo periódico que llevaría el nombre de Gazeta de Buenos Ayres. Reunir los artículos sería tarea del vocal de la Junta, doctor Manuel Alberti. Pero Moreno asumiría la redacción de los comentarios de fondo y la publicación de las noticias que se refiriesen a los acontecimientos político-militares.

Al señalar la conveniencia de dar a publicidad los actos de gobierno, decía la conocida disposición: "El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para encubrir sus delitos".

Cinco días más tarde, el 7 de junio, aparecía por primera vez la Gazeta de Buenos Ayres. Para entonces ya se habían abierto peligrosos frentes destinados a impedir el avance de la Revolución. Las doce páginas iniciales de la Gazeta ofrecían, además de la señalada Orden de la Junta, noticias de diversa índole que reflejaban una agilidad periodística ausente en los escasos órganos editados en Buenos Aires durante la época colonial. Además exhortaba a "custodiar el bien común" levantando nuevos ejércitos para combatir a los enemigos y estimulaba los aportes en dinero y efectos a través de la publicación de los nombres de los donantes. Pero también se creyó importante aclarar los términos de la orden fundacional del periódico acerca de la publicidad de los actos de gobierno, con un artículo de la pluma de Moreno titulado "Sobre la libertad de escribir".

Este --explica Daisy Rípodas Ardanaz en su libro Refracción de ideas en la época colonial-- defendía para el Río de la Plata una libertad de prensa moderada como la que existía en España, donde, desde el alzamiento del 2 de mayo de 1808 contra Napoleón, se gustaba por primera vez de una prensa exenta de hecho de cualquier censura, en momentos en que había quedado empañada desde tiempo atrás en países que venían gozando de ella.

Ciertamente, el artículo no se caracterizaba por un excesivo espíritu revolucionario, aunque Salazar y otros españoles pensaran que su autor era la imagen rediviva del jacobino. En realidad, el tono general de la Gazeta resultaba fluctuante con respecto al futuro de las provincias del Río de la Plata, en la medida en que se veía forzada a proclamar una fidelidad sin fisuras hacia Fernando VII y a utilizar un recurso que se emplearía reiteradamente en los primeros años de la Revolución: la denominada máscara de la monarquía que a nadie engañaba.

"Dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración", decía, y agregaba: "no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos de interés universal".

Había sin embargo límites, ya que no se podían atacar ni el catolicismo ni las medidas de la Junta: "Los pueblos yacerán en el embrutecimiento más vergonzoso, si no se da una absoluta franquicia y libertad para hablar en todo asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades santas de nuestra Religión, y a las determinaciones del Gobierno, siempre dignas de nuestro mayor respeto".

Moreno, que era un lector polifacético y asiduo, se inspiró para este artículo, como lo prueba la expresada autora, en las consideraciones de Valentín Foronda dadas a conocer en 1789 en la "Disertación presentada a una de las sociedades del Reino". Ello no quita importancia ni vigor a los artículos del empeñoso secretario. Convencido del insustituible papel del periodismo en la formación de la opinión pública, no vaciló en extractar y comentar noticias provenientes de Europa y de otras partes de América, pero, sobre todo, de dos puntos neurálgicos como eran Río de Janeiro y Montevideo.

Paralelamente a su labor de periodista, Moreno siguió con atención el avance de las fuerzas "patrias" y dictó órdenes fulminantes y tremendas como la de sofocar sin miramientos a los que se les opusiesen. El fusilamiento del ex virrey Liniers y demás contrarrevolucionarios de Córdoba dio muestras de lo drástico de sus resoluciones.

Renuncia y partida

Contra los anhelos del secretario de la Junta y sus seguidores, en diciembre de 1810 llegaron a Buenos Aires los diputados del interior, y reclamaron participar en el gobierno. Los alentaba el presidente del cuerpo. Saavedra y Moreno encarnaban la pervivencia de dos instituciones coloniales: el primero simbolizaba la autoridad del virrey, el segundo la influencia y funcionamiento de la secretaría del Virreinato. Ambas libraban desde tiempo atrás una lucha de poderes que en este caso se acrecentó por la diferencia de temperamentos entre los principales protagonistas.

Moreno comprendió que su gravitación y la de los pocos vocales que le respondían había cesado. Y zarpó hacia su lejano cometido. Al contemplar desde el río amarronado la silueta de su amada Buenos Aires había experimentado la aflicción de no haber logrado realizar sus objetivos, y al percibir desde lejos las airosas torres de Montevideo había comprendido que marchaba hacia un destino incierto, plagado de peligros.

El autor es presidente de la Academia Nacional de la Historia

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