El viejo negocio de las armas
La primera mani pulite argentina fue en 1813
1 minuto de lectura'
Muchos prefieren ignorarlo, pero el negocio de las armas salpicó a algunos próceres desde el nacimiento del país. Se trataba de compra y no de venta. Pero hoy serían pecados veniales comparados con la gravedad e implicancia internacional de los hechos que se ventilan.
Pero en aquellas épocas la actitud fue condenar -en 1813, a menos de tres años de gobierno propio- la más mínima corrupción y enjuiciar las traiciones y el prevaricato. Fueron los hombres que apenas sentados en la Asamblea del Año XIII quisieron revisar la conducta de los gobernantes del nuevo país, la primera mani pulite desde Mayo de 1810. No trepidaron en armar la lista con 35 residenciados (el juicio de residencia es del 9 de marzo) que incluyó a algunos integrantes de la Asamblea y hasta a patriotas muertos (Mariano Moreno, Juan José Castelli y Manuel Alberti).
Aunque en nuestras latitudes la historia habitual suele soslayar los sucesos indignos del bronce, lo ideal sería debatirlos con serenidad para aleccionamiento de las generaciones presentes y futuras. Las armas no sólo sirvieron para defender a la Patria: resultaron útiles contra la razón, el poder legítimo y la verdad e, infortunadamente, fueron disparadas contra mansos idealistas. La historia de su comercio también abunda en intermediarios y gobernantes acaramelados con el poder y el dinero.
Resultaría útil analizar el pasado para ubicar en el escalón merecido a próceres éticos, eficaces y sacrificados y a la vez poner gradas más abajo -si evitamos el "degradar"- a los que a fuerza de "buena prensa histórica" esquivaron, sin proponérselo, se enjuiciara su conducta no tan intachable.
Un paso en falso
Se sabe que fueron Tomás Guido y Manuel Moreno, tras la misteriosa muerte en alta mar del hermano de este último -Mariano, el enviado principal de la Primera Junta a Inglaterra-, quienes eran sus asistentes, debieron encarar la gestión encargada que, después se supo, tenía el principal objetivo de alejarlo del escenario político. Entre las tareas encomendadas estaba la compra de armas que, en teoría, tomaba la tarea de Matías Irigoyen, el primer enviado. Debían embarcar a expertos armeros y equipo como para instalar una fábrica bélica en Buenos Aires, que finalmente dirigió Domingo Matheu y administró Ambrosio Mitre.
Manuel Moreno sólo gastó 700 libras en contratar, equipar y enviar a los armeros alemanes Fernando Lamping y Johan George Frye o Frey, según su rendición de gastos. Moreno dio cuenta de las dificultades que le opuso la junta gobernada por Cornelio Saavedra. Como quedó apuntado, tenía otro enviado en Inglaterra (también mandó a su propio hijo Diego a negociar la compra de armas a los Estados Unidos).
El testimonio de Manuel Moreno, vertido el 25 de noviembre de 1813 en el juicio de residencia, aclaró los dichos de José Belvis, que había escuchado su queja contra los gobernantes de los que era enviado. Moreno declaró entonces que "dirigió al gobierno 11 oficios en los 18 meses de su residencia en Londres, a los cuales no se le contestó sino en marzo de 1812, según recuerda, por el secretario Rivadavia, mandándole secamente venir (volverse). Que. . . dio instrucciones a su compañero don Tomás Guido para que informase al gobierno del modo seguro de conseguir armas, pero que el gobierno de aquel tiempo no quiso conceder a este individuo una audiencia verbal, como lo solicitó a su llegada, expresando el doctor Paso, gobernante de entonces, que. . . la conferencia era excusada".
Las compras selectas
Hay que hurgar en las declaraciones de José Belvis, vertidas unos meses antes en el mismo juicio de residencia, que da alguna pista sobre el asunto. Belvis recuerda "en primer lugar la falta de armas y diligencias para conseguirlas, pues aunque ha oído decir que se han hecho contratas, supo que fueron a este fin dos comisionados a Norte América; oyó también decir que uno de ellos, don Diego Saavedra (hijo de Cornelio), había manifestado a su venida un oficio del gobierno para que no se contratasen más armas que los mil fusiles que traían; y supo después que otra contrata de diez mil fusiles no se había realizado por la oposición de don Juan José Paso a conceder la introducción de un buque que pedía el contratante". Belvis también declaró ese día -9 de julio de 1813- sobre "una data de setenta mil pesos que se entregaron a un inglés para armas a renglón seguido de haber desechado la propuesta a que se opuso don Juan José Paso, sin seguridad alguna, según se lo expresó don Tomás Guido, los cuales hasta ahora cree el declarante que están en descubierto".
Tres días después, la comisión escuchó del testigo Pedro Jiménez, quien estaba en conocimiento, que "se había dado orden para que no se verificase la remesa de un número de fusiles que había en Norte América" y estaba por arribar. El testigo también deploró la retirada que se ordenó a Manuel Belgrano -luego degradado en Buenos Aires-, a quien se había enviado al frente de la expedición militar hacia el Paraguay, casi de a pie a través del peor terreno y, como el propio creador de la Bandera Nacional lo consignó, al frente de un ejército armado con carabinas que "son malísimas y que a los tres tiros quedan inútiles". Esto último lo transcribió Rafael Demaría en su libro Historia de las armas de fuego en Argentina , aunque los testimonios del juicio de residencia se encuentran en el tomo XIII de la Biblioteca de Mayo que publicó el Senado de la Nación en los años 60.
Al parecer, el contrato que frenó el Triunvirato en beneficio aparente por otro suscrito más tarde, fue el celebrado el 12 de marzo de 1812 con don José Corry, quien se comprometía a entrar 25.000 fusiles con sus bayonetas en el término de 14 meses a 16 pesos cada uno probado en la Torre de Londres (los Tower) o de otra clase tan buena. A la simple sospecha del autor Demaría de que "algún inconveniente surgió", la respuesta podría estar en el contrato que el 19 de setiembre siguiente y por el mismo rubro se suscribió con Francisco Paso -hermano de Juan José y dedicado a la venta de armas-, que estipulaba los fusiles nuevos a 19 pesos (los acondicionados, a 12) e iguales precios por las pistolas de caballería.
Según la bien abastecida biografía sobre Juan José Paso del historiador Héctor J. Tanzi, Juan Larrea había propuesto "un negocio turbio" al Triunvirato, y que apoyarían sus integrantes Nicolás Rodríguez Peña y el doctor Antonio Alvarez Jonte: comprar 20.000 fusiles con bayonetas a razón de una onza de oro en plata sellada por arma, todas aprovisionadas por un ciudadano oculto en el anonimato (que sería el norteamericano Guillermo Pío White, según se desprende de la declaración de Alvarez Jonte en el arbitrario juicio instaurado en 1815 tras la caída de Alvear). Alvarez Jonte niega y lo aclara en respuesta de la quinta pregunta de su confesión suscrita el 1º de junio de 1815.
Pero para el capitán Heywood, comandante de la flota inglesa en esta parte de América, más allá de su tirria contra el hombre de Mayo que integró la Primera Junta y los dos Triunviratos, "Juan José Paso es abogado de nota pero ambicioso (É) y que escapó a los sucesos de abril de 1811 aduciendo enfermedad", como lo anota su biógrafo.
Esta historia es más extensa, llena de intrigas y revanchas. Paso se opondrá al nacimiento de la Asamblea del Año XIII. Poco antes, Francisco Paso y los hermanos Sosa prepararán una sedición contra la elección de diputados para la misma y abortada por denuncia de -nada menos- que el coronel San Martín. Paso también tuvo un cargo en el gobierno surgido del derrocamiento de Alvear, aprobó el destierro de los logistas y gozó la sentencia contra Larrea para zarpar "en derechura para puertos que no sean los Brasiles ni los de Gran Bretaña". Muchos cañones del Ejército comprados durante el conflicto con Chile de fines de siglo XIX y principios del XX eran defectuosos. Quizás habría que revisar las compras que se concretaron para los conflictos que urdieron los responsables del llamado Proceso.



