
El voto negativo,¿ayuda o daña a la democracia?
En 1912, la ley Sáenz Peña de sufragio universal impuso la obligación de votar. A partir de este antecedente, la concurrencia electoral de los argentinos ha sido alta en relación con la de la mayoría de los países democráticos, donde el voto no es obligatorio. Los argentinos votamos masivamente, pero no por temor a las sanciones de la ley, que son desdeñables, sino porque la obligación de la ley Sáenz Peña terminó por convertirse en un hábito colectivo y hasta podría decirse que, quizá por haber sufrido tantas interrupciones dictatoriales, a los argentinos nos gusta votar.
¿O nos gustaba ? Desde la renovación democrática de 1983, la concurrencia electoral de los argentinos ha disminuido en forma leve pero constante. En las elecciones presidenciales de 1983, el 85,6 por ciento de los ciudadanos concurrió a las urnas. En las elecciones presidenciales de 1999, ese porcentaje disminuyó al 79,7. La abstención electoral subió en dicho período, por lo visto, del 14,4 al 20,3 por ciento. De aquí a dos semanas podría aumentar aún más porque no están en juego ni la presidencia ni las gobernaciones.
La abstención no crece solamente en la Argentina sino en todo el universo democrático y hasta ha recibido un título común bajo el cual la estudian los politicólogos: el desafecto político . Pero este desafecto o apatía puede reflejar dos opuestos estados de ánimo.
En las democracias donde a la mayoría de la gente la va bien, la abstención refleja una apatía satisfecha . En tal caso, la abstención implica una delegación implícita a los políticos, para que sigan haciendo su trabajo. Pero en las democracias donde a la mayoría de la gente le va mal, la abstención refleja una apatía desilusionada . En tal caso, no ir a las urnas para elegir a tal o cual político supone, en cierta forma, desesperar de todos ellos. No es difícil determinar en cuál de estas dos categorías se ubican los abstencionistas argentinos.
De la apatía a la hostilidad
A medida que avanza la fría campaña electoral que habrá de culminar de aquí a dos semanas, se ha expandido un movimiento para que los votantes concurran a las urnas pero, al hacerlo, voten en blanco o de tal manera que su voto quede impugnado. Hasta ha surgido la peregrina idea de esterilizar la boleta votando por Belgrano o San Martín. Pero esto ya no es "apatía" sino hostilidad electoral . Ya no es "no votar" por los políticos. Es hacerlo contra ellos.
En un artículo que anteayer publicó LA NACION, Rosendo Fraga estima que en las cinco elecciones de los años noventa el voto en blanco osciló en torno del 5 por ciento y el voto impugnado en torno del 1 por ciento. Un total de 6 por ciento de votos negativos. Las encuestas ubican esta cifra, ahora, en un 12 por ciento. Quizás este porcentaje baje el día de la elección como ya lo ha hecho otras veces, pero inquieta que en las recientes elecciones de constituyentes de Córdoba el voto negativo haya llegado a casi el 20 por ciento.
Fraga predice en su artículo que el 14 de octubre habrá más votos negativos que en las elecciones anteriores pero que ellos serán, de todos modos, francamente minoritarios, concentrándose sobre todo en la clase media de la Capital Federal. Si la suma total de los apáticos y los hostiles queda claramente por debajo del 50 por ciento del total de los inscriptos, todavía podrá decirse que la mayoría de los argentinos votó positivamente. Pero la abstención y los votos negativos vienen creciendo. Si llega el día en que sobrepasen la mitad de los ciudadanos, ¿no deslegitimarán la democracia?
La emigración política
Los ciudadanos cuestionan cada día más a los políticos. Pero este cuestionamiento, ¿daña a la democracia en cuanto tal? Fraga cree que no: el crecimiento del voto negativo, sostiene, "refleja un cuestionamiento hacia la política pero no hacia la democracia". También en LA NACION de anteayer, Silvina Walger sostuvo lo contrario al definir a los que hacen campaña por el voto negativo como "talibanes" de la antidemocracia. Si hubiera un general esperando, serían golpistas. Pero no lo hay. ¿Qué quieren entonces?
Los negativistas del voto esgrimen un argumento aparentemente democrático en su favor. Sostienen que si el voto negativo llega a proporciones alarmantes, servirá para que los políticos se decidan a hacer la severa autocrítica que hasta ahora han evitado. Si se asustan, quizá mejoren. Por lo tanto, deberíamos asustarlos.
Hay un punto débil, empero, en el argumento de los negativistas. Ellos no la emprenden contra ciertos candidatos o contra la mayoría sino contra todos ellos. Pero ocurre que habrá toda clase de boletas en el cuarto oscuro del 14 de octubre. Si uno está con los argumentos de la izquierda, tendrá abundantes candidatos entre los cuales escoger. Si uno está a la derecha del cuadro político, tampoco le faltarán opciones. Si uno no quiere votar por candidatos "viejos", habituales, encontrará una legión de candidatos "nuevos" que vienen del periodismo, el arte o las empresas. Si uno desestima a los políticos nuevos por improvisados, no faltarán candidatos con vasta experiencia donde refugiarse.
¿Qué quieren decir entonces aquellos que proponen votar contra "todos" los candidatos? Si la democracia les propone toda la gama imaginable de candidatos de izquierda y de derecha, viejos y nuevos, al embestir contra todos ellos, ¿no están embistiendo a la democracia?
En uno de sus ensayos, Albert Hirschman hizo notar que los miembros de cualquier asociación, sea ella un club de fútbol, un círculo de clientes, una iglesia o un régimen político, tienen tres actitudes posibles. Una, la lealtad a sus dirigentes ( loyalty ). Otra, vocear su oposición para cambiarlos ( voice ). La tercera, salirse de la asociación ( exit ).
El 14 de octubre, en tanto quienes voten por el gobierno del distrito que les corresponde le serán leales, quienes opten por algún opositor harán oír su voz para que esos gobiernos cambien. Los negativistas del voto se encaminarán por su parte hacia la señal que dice exit . Será la suya una emigración política : sin salirse del territorio, se irán del sistema.
Pero en tanto las autocracias inducen a la emigración política porque no permiten la oposición legal dentro de ellas (no permiten que haya voice ), la democracia es el único sistema que la alberga. Habiendo voice , el exit se vuelve incongruente.
El 14 de octubre habrá toda clase de candidatos oficialistas y opositores. Es inevitable que el votante crea que algunos son mejores, o menos malos, que otros. Les quedaba a los disconformes, además, congregarse en torno de un nuevo partido como tantos otros ya lo han hecho. Al negarse a cualquiera de las opciones positivas a la mano, al condenar a todos los candidatos por igual sin haber promovido tampoco a otros posibles, los negativistas desesperan de la democracia.
El suyo es parte del nihilismo que también nos invade en otros órdenes de la vida. A la inversa del crítico que no cree en lo que hay porque cree en lo que propone en su lugar, el nihilista no cree ni en lo que hay ni en lo que podría haber. Si su negatividad, que hoy se expresa en tantos mensajes desalentadores que llueven sobre la ciudadanía, se convierte en epidemia, no sólo la democracia sino también el país sufrirá las consecuencias.






