Elecciones en Bolivia: la historia sin fin

Ana Iparraguirre
Ana Iparraguirre PARA LA NACION
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17 de octubre de 2020  • 16:14

Después de unas elecciones anuladas por fraude, protestas ciudadanas, nuevo gobierno y suspensiones del calendario electoral debido a la pandemia, el domingo habrá elecciones presidenciales en Bolivia. Sin embargo, todo indica que ese día todavía no va a haber definiciones. Y no se trata solo de la posibilidad de que haya una segunda vuelta. Pase lo que pase -y aún si no hubiera segunda vuelta-, lo único seguro es que nadie va a poder sentenciar "colorín colorado, este cuento se ha terminado".

En Bolivia, para ganar en primera vuelta, el candidato con más votos debe superar el 50 por ciento u obtener el 40 por ciento con 10 puntos de diferencia respecto del segundo. Con un promedio de 40 puntos en las encuestas públicas, Luis Arce, candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), está primero pero no logra distanciarse por más de 10 puntos de Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana (CC), que consolida un tercio del voto popular.

Sin embargo, podría haber un voto oculto al MAS que le dé a Arce la ventaja que necesita para ganar en primera vuelta. ¿Dónde? En primer lugar, entre los electores que se encuentran en el exterior, que no están contabilizados en las encuestas y son desproporcionadamente masistas: en la última elección, Evo Morales obtuvo más de seis de cada diez votos en el exterior. En segundo lugar, las encuestas telefónicas -que fueron más utilizadas en tiempos de pandemia- tienden a sub representar el voto rural del MAS y le dan a Arce, en promedio, 4 puntos menos que las encuestas presenciales.

A esto se suma que hay todavía un gran bloque de indecisos que representa más de un cuarto de los votantes bolivianos y podría inclinar la balanza hacia alguno de los dos polos. Sin embargo, lo que aún no está para nada claro es hacia dónde: los que trabajamos en consultoría política y analizamos las encuestas sabemos que los indecisos son "bichos raros", no se comportan como el promedio de la gente; por algo, a pocos días de la elección, siguen sin saber a quién votar y rara vez se dividen proporcionalmente entre todos los candidatos. Esta es una gran incógnita que todavía no podemos terminar de comprender.

Llegar al final de una campaña con esta cantidad de indecisos no es un dato menor. Lo que están diciendo estos votantes, que aún no terminaron de definirse, es que ninguno de los candidatos o partidos -ni el MAS ni CC- ha respondido, todavía, a sus preguntas, inquietudes y necesidades. No hay nadie que los termine de representar. Y eso va a implicar que el mandato de quien resulte electo presidente -ya sea el próximo domingo o en una eventual segunda vuelta- va a ser limitado y su gobierno estará condicionado. La tarea más importante que va a tener que encarar el ganador, entonces, es la de entender por qué y para qué lo votaron. Porque, después de que se defina quién va a gobernar en Bolivia por los próximos años, va a haber negociaciones en las que se consolidará la confianza en el gobierno o se terminarán de asentar las dudas sobre el mismo. Es vital que quien resulte electo tenga claro los motivos por los que fue elegido para saber qué cosas debe defender a toda costa y con cuáles sí puede negociar. Si el vencedor hace una lectura errónea del mandato que el pueblo le dio puede ser letal para la vida de su proyecto político.

Espejito, espejito

Lo que sucede en Bolivia puede analizarse como si se tratara de una suerte de reflejo de lo que ocurrió en el pasado reciente en la Argentina. Si bien sería un error comparar ambos países de manera lineal, en los dos casos un gran sector de la población siente que -más allá de las críticas que pueda tener a aspectos institucionales- durante los gobiernos de corte más populista o de izquierda, como fueron el de Evo Morales y el de Cristina Kirchner, estuvo mejor económicamente. Y en ambos países, luego de estos gobiernos, los ciudadanos pudieron degustar el cambio -tanto con el gobierno de Jeanine Añez, en Bolivia, como con el de Mauricio Macri, en la Argentina- y, después de esa experiencia, les quedó un sabor amargo y la sensación de no querer volver allí.

Por último, lo que sucede en Bolivia no es un juego de una sola mano sino uno de partidas múltiples, que se va a jugar reiteradas veces, semana tras semana. Aún si no hubiera segunda vuelta, el domingo no solo se va a elegir al presidente: también se va a definir la composición del Congreso y las alianzas que allí se tejan van a estar muy determinados por el juego que los líderes nacionales van a empezar a desplegar para las elecciones subnacionales que se desarrollarán el año próximo.

Tanto la cantidad de indecisos que no encuentran representación clara en ninguno de los candidatos como el mandato limitado de quien resulte vencedor, las negociaciones que se abrirán en el Congreso y el horizonte de las elecciones subnacionales del año próximo hacen que el domingo no funcione como un punto de llegada sino de partida. Aunque no haya segunda vuelta, el resultado de estas elecciones solo será el primer paso de un proceso electoral que ya se extendió por mucho tiempo y que se va a seguir extendiendo, al menos, hasta el año que viene.

* La autora es politóloga, directora de Dynamis Consulting

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