En busca del discurso republicano

Gonzalo Garcés
Parece imprescindible que el Gobierno haga algo más que comunicar ideas modestas, como "resolver los problemas de la gente", y se atreva a confrontar con su antagonista, el populismo, y a denunciar la herencia que recibió
(0)
26 de febrero de 2016  

La queja se escucha desde el primer día: el macrismo no tiene relato. No tiene, por cierto, la épica delirante que se llamó relato kirchnerista; pero tampoco la dimensión discursiva que todo gobierno necesita para hacer inteligible una gestión. En una columna reciente, Jorge Fernández Díaz dice que el relato populista juega en la cancha solo, porque el republicanismo no quiere articular el suyo. No se trata de identificar al gobierno de Macri con la República –algo de lo cual sólo el tiempo dirá si este gobierno es digno–, sino de una cuestión más antigua: ¿cómo articular, en la Argentina, un discurso republicano?

La pregunta no es nueva y todos los políticos republicanos de este país tuvieron que lidiar con ella; tarea complicada por el hecho de que los símbolos que presidieron la fundación de otras repúblicas modernas nunca tuvieron resonancia en estas orillas. La República Francesa es una virgen amenazada por los lobos de la reacción; Charles de Gaulle la comparaba con la Madona de los frescos. El relato nacional de los Estados Unidos empieza con un arquetipo: el peregrino que arriba en el Mayflower a una tierra virgen y con las manos desnudas construye su casa. En la base de la Estatua de la Libertad está escrito: "Tierras del pasado, quédense con sus historias pomposas. Dennos a sus fatigados, a sus pobres, a sus masas que ansían respirar en libertad". No es una tibia recomendación de respetar al que piensa distinto; es la promesa de una nueva oportunidad sobre la Tierra.

Por contraste, en este país, y a pesar de nuestro himno nacional, la palabra libertad no suele hacer latir corazones. En parte porque abusaron de ella desde los liberales rivadavianos hasta el tristemente recordado Martínez de Hoz; demasiadas veces se la invocó para aludir sólo a la libertad de comprar productos importados. Mariano Moreno declaró que los pueblos necesitan libertad absoluta para hablar "de todo asunto que no se oponga a las determinaciones del gobierno". Parece una broma siniestra, pero fue escrito con toda seriedad por uno de los fundadores ideológicos de la Argentina. Lo cierto es que ni él, ni Alberdi, ni Sarmiento, y mucho menos Rosas, Lugones o Perón, se figuraban a la Argentina como un lugar apto para una vida organizada en torno a la dignidad del individuo, la comunidad y la ley; ni que una promesa de esa clase fuera a despertar la pasión de sus conciudadanos. En lo segundo, al menos, acertaron. La figura que goza de vitalidad en nuestro imaginario no es la libertad, sino la liberación, que es algo diferente, porque necesita un enemigo.

Para algunos será el gaucho, el indio, el provinciano, el negro; para otros, el godo, el porteño, el oligarca, el cipayo. Lo cierto es que desde 1816 no hay un discurso político capaz de movilizarnos sin apelar, en forma explícita o tácita, a la figura de un antagonista que debe ser exorcizado para que los justos puedan, por fin, ponerse de pie. El kirchnerismo no inventó lo que llamamos la grieta; es la Argentina mental la que está construida sobre ese quiebre. Realidad cultural que el discurso político puede aprovechar, en el mejor de los casos elaborar y modificar, pero no ignorar. No es la única, por supuesto; de modo parecido podríamos pensar otro concepto clave del republicanismo moderno, el progreso. Parte del imaginario argentino lo concibe como acceso a la riqueza (que aparece como algo ya creado y acaparado por pocos), mientras que para otros sigue siendo convocante, aunque cada vez más lejano, el progreso entendido como ascenso social.

¿Qué puede hacer con todo esto un gobierno que aspire a formular un discurso republicano para el siglo XXI? Un discurso o un relato político, hay que volver a decirlo, no se construye sobre el vacío, sino que debe dialogar con los relatos nacionales. Cierto, hay en esos relatos una propensión secular a señalar culpables, una apelación a una conjetural liberación de los enemigos de la patria, que poco hizo para construir un Estado de Derecho digno de ese nombre; pero ignorar esos mitos es más peligroso que partir de ellos para transformarlos. Hoy tanto la mitología como la realidad reclaman señalar a los adversarios de la República. No se trata de recrear, en forma invertida, la funesta costumbre kirchnerista de dividir al país entre los amigos y la antipatria; se trata de señalar no a personas, sino males estructurales que nos afectan y sin los cuales no se explican ni la realidad que vivimos ni las medidas a veces dolorosas que se toman para remediarlos. ¿O acaso habitamos en la Argentina soñada?

Al contrario, como en la época de Sarmiento, de Perón o de Alfonsín, existe en la sociedad una sensación persistente de estafa. ¿Cómo, se preguntó Sarmiento, un país cuyos campos podían alimentar al mundo se debatía en la barbarie y el atraso? Y las preguntas siguen. ¿Qué nos convirtió en un oscuro Estado clientelar, acaparado por unos pocos, que no recompensa el trabajo sino la sumisión o el hecho de tener los amigos correctos? ¿Quién despreció las leyes y delegó la autoridad en el general, el caudillo, el salvador de turno? ¿Quién o qué nos dejó, después de tantas oportunidades, de nuevo al costado del camino?

Por eso cuesta imaginar que el discurso de Cambiemos pueda limitarse por mucho tiempo a ideas modestas como "resolver los problemas de la gente", "estar cada vez un poco mejor", "recuperar la confianza". La sociedad argentina votó, entre otras cosas, contra la persecución ideológica; nadie quiere ver de nuevo a un presidente increpando a opositores por cadena nacional. Pero eso no significa que no quiera saber qué males enfrenta el Gobierno. Por estos días se debate una pregunta: ¿debería el Gobierno revelar toda la verdad sobre el estado en que el kirchnerismo dejó al país? La respuesta, probablemente, es que debe hacerlo, primero porque toda verdad debe decirse, pero también porque un discurso político que omita a sus antagonistas supone una Argentina reconciliada y próspera que, en los hechos, no existe; un discurso así está condenado a la irrelevancia.

Pido ser juzgado por los enemigos que supe hacerme, dijo Franklin D. Roosevelt. ¿Quiénes son los enemigos declarados del gobierno actual? Milagro Sala, Luis D’Elía, Hebe de Bonafini, Máximo Kirchner, Julio De Vido, por nombrar a algunos de los más notorios. Cambiemos a los individuos por aquello que representan y tenemos un gobierno cuyos enemigos son la mafia, el narcotráfico, el fanatismo, el clientelismo, la corrupción. Hay que decirlo: hasta hoy, esos enemigos dicen más a favor de Cambiemos que cualquiera de sus actos de gobierno.

¿Puede el Gobierno darse el lujo de seguir omitiéndolos en su discurso, cuando son el mejor argumento que puede esgrimir para presentarse como defensor de la República?

El kirchnerismo fundó su relato en la confrontación con enemigos, algunos reales, muchos imaginarios. Hoy el gobierno de Macri tiene la oportunidad de hacer algo más loable: definir el suyo, como lo hicieron todas las fuerzas políticas que dejaron una marca en la Argentina, por sus adversarios; pero esta vez no contra individuos, sino contra problemas, no en nombre de un partido, sino de la República, y no frente a enemigos imaginarios, sino reales.

Escritor, miembro del Club Político Argentino

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.