En Europa no se consigue
Nunca compré ropa en la Argentina porque siempre fue un robo” (De Luis Caputo)
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El ministro Luis Caputo tiene 60 años y un cargo importante: maneja la economía del país, es decir la de todos nosotros, más habituados a la libreta del almacén que algún software de hojas de cálculo explorado con mucho esfuerzo y poco éxito las más de las veces.
A juzgar por la forma en que comunica oficialmente y se explaya en un mano a mano, pareciera que semejante trabajo no le quita el sueño al Caputo mayor. Sin embargo, una de sus últimas declaraciones denotó cierta frustración no exenta de melancolía. Dijo el jefe de la macro que en toda su vida nunca se compró ropa en la Argentina “porque siempre fue un robo”. Aclaró inmediatamente que eso lo pueden hacer los que viajan y que él pudo y puede. Pero, más allá de las ventajas de contar con cierto poder adquisitivo para amortizar pasajes y hoteles con ropa traída de otras latitudes, qué tristeza infinita la del jefe de los números.
Nunca un pantalón Pampero con polainas confeccionadas en un telar de la Argentina profunda. ¿Habrá tenido un chaleco a rayas como se usaba en los 80 y los 90? ¿Con qué marcas habrá sustituido los jeans Diesel de los 70 y los pantalones nevados industria nacional?
¿En qué multinacional habrá conseguido baratos los pantalones Oxford de su juventud, los “vaqueros” bordó o los pilusos para la lluvia?. Qué desconsuelo inacabable no haber visto nunca estacionar frente a su casa de la infancia el utilitario de Thompson & Williams para entregarle el traje confeccionado a medida o haberle comprado a un pariente mayor un sombrero Lagomarsino.
Lo que se perdió de la vieja Modart por vaciar la billetera en el exterior. ¿Y dónde mejor que acá para adquirir una buena bombacha de campo o un tan rústico como eterno par de alpargatas, cuya tela denim “sanforizada” o preencogida sirvió para que Annan y Dos Muñecos confeccionaran el vaquero Far West autóctono. Y los jeans Robert Lewis compartiendo vidrieras con calzas cortas y ajustadas para andar en bici, hoy rebautizadas como bikers.

Se perdió las zapatillas Flecha, los overoles y las prendas flúo de industria nacional que, como bien dice el amigo Pablo Molinari en sus geniales envíos Perdón centennials, servían para usarlas como balizas para evitar ser atropellados de noche.
Sin restarle razón a Caputo –varios de nosotros hemos podido verificar las ventajas de comprar prendas en el exterior con precios tremendamente bajos y talles generosos respecto de los locales-, no hemos tenido la oportunidad de hacerlo “toda la vida”, como confesó. Y lo decimos sin envidia, querido lector, con el recuerdo amable de vernos recorriendo la emblemática Gath & Chaves, después de haber ido al Italpark. A la salida de la tienda, un paso por Pumper Nic y a llamar a casa desde un teléfono público de Entel para avisar que estábamos esperando el bondi y que nos recibieran con una Bidú Cola bien fría comprada en el Supermercado Canguro. En Europa, eso no se consigue.






