En tránsito hacia la posmodernidad política

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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19 de diciembre de 2015  

La vida pública vive un proceso de aceleración, signado por novedades y tensiones diarias. No es para menos. El Gobierno despliega una frenética actividad y comunica a cada momento nuevas decisiones. Una importante parte del andamiaje, que el anterior gobierno había armado para sostener su programa, está siendo rápidamente desmontado por la administración entrante. La reforma que ella impulsa ocurre simultáneamente en los campos político, económico y jurídico. La intención que la mueve es inequívoca: quiere exhibir de entrada capacidad y poder para gobernar. Frente a ese objetivo pueden discutirse instrumentos y decisiones, pero debe reconocerse el realismo: se trata de una lucha por el poder en un país de corporaciones y partido dominante.

No obstante, en esa apresurada mudanza hay algo más que una transición convencional. Es probable que la cultura política que rigió en el país durante décadas esté transformándose, empujada por novedosas tendencias en el manejo del poder y la comunicación. Si fuera así, podría decirse que con el nuevo gobierno se está consumando, con atraso, el pasaje de la modernidad a la posmodernidad política. Ese tránsito de una cultura a otra no estaría manifestándose, sin embargo, como un cambio abrupto, sino como una superposición de formas de actuar y de pensar, que generan tensiones y contrapuntos. La propia conformación de la coalición Cambiemos, que reúne un partido antiguo y uno nuevo, permite constatar los rasgos del debate.

El conflicto latente, que se deriva de esa mixtura, estalló a poco de andar, con el nombramiento inesperado de dos nuevos miembros de la Corte Suprema, decidido por un decreto presidencial. Más allá de las opiniones particulares y de los detalles, dos posiciones paradigmáticas se enfrentaron. Una, la del republicanismo clásico, que considera que una decisión de ese tipo vulnera la independencia de los jueces y, por lo tanto, la división de poderes. Y la otra, la del pragmatismo ejecutivo, que privilegia fortalecer el poder presidencial y, de paso, cubrir una necesidad funcional. Se desplegaron múltiples argumentos para defender las posiciones en pugna. Se acudió a ejemplos históricos, se ponderaron los antecedentes y las consecuencias. Al final, la sangre no llegó al río. El Gobierno no renunció a las designaciones pero las atenuó, postergando la asunción de los jueces.

El debate dejó un regusto amargo entre los defensores de los principios republicanos. Ellos, que son los representantes típicos del ideal jurídico-político moderno, contemplan con desesperación cómo un gobierno que consideran propio no cumple con el dogma. Un destacado constitucionalista llegó a confesar que había pasado de las lágrimas de emoción, por las nuevas autoridades, a la angustia y el horror. El sociólogo francés Michel Mafessoli, autor de una brillante teoría sociológica de la posmodernidad, tal vez pueda ayudar a entender ese horror vacui.

Su interpretación de la época actual desprecia las certezas de la racionalidad moderna. Es tributario de aquella sugestiva frase de Max Weber, que dice: "Al racionalismo no siempre le salieron bien las cuentas". Para Mafessoli, la posmodernidad consiste en una escenificación trágica de lo social, cuyo rasgo distintivo es la aceptación de lo imperfecto y de la contradicción, como rasgos decisivos e irresolubles de la existencia en común. La tragedia, gracias a la democracia, se sublima en un debate más o menos civilizado. Pero es una democracia con reglas, no con dogmas, donde la verdad sustantiva termina revocada por el consenso de las opiniones, el pragmatismo y la popularidad.

Tal vez, el drama de los constitucionalistas dogmáticos deba ponerse en paralelo con las tribulaciones y recelos de los economistas que creen a ultranza en la libertad de mercado, aborrecen el déficit fiscal y consideran al empleo público un defecto insanable. Ellos también hacen profesión de fe moderna, y por lo tanto, tienen dificultades para entender la dinámica de la nueva era. Se trata de una incapacidad de interpretación. Nadie dice, con sensatez, que no deban corregirse las variables macroeconómicas. El Gobierno lo está intentando, con instrumentos factibles y conciencia de los límites. El pesimismo de los dogmáticos consiste, sin embargo, en creer que si no se cumple con la ortodoxia, tarde o temprano, sobrevendrá el desastre. En definitiva, su horror vacui es la angustia ante lo imperfecto.

Quizá "lo político", más que "la política", constituya el punto de intersección de las épocas, en tiempos de transición. Es el concepto a resignificar. Los teóricos de la posmodernidad afirman que la política, entendida como retórica ideológica, ha saturado. Este país podría ser un ejemplo de ese agotamiento. No obstante, temas de la premodernidad, como la apelación a la unidad social, y de la modernidad, como el contrato y la negociación, siguen vigentes. Constituyen el nervio de lo político, que la nueva época no pudo sepultar.

Si estos argumentos son ciertos, podría concluirse que Macri está gobernando en la posmodernidad de la política argentina. Es probable que no sea una contingencia, sino un destino. Y resolverlo bien dependerá del lúcido discernimiento que él mismo, y sus simpatizantes y adversarios, realicen de la nueva cultura.

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