"Enseñarle a un niño es encender un fuego"
Me quedé toda una mañana leyendo al gran Alain Badiou. Una rareza, porque el librito se llama Elogio de las matemáticas y no es una disciplina que me apasione. Pero Badiou (filósofo, novelista, dramaturgo) trabaja los puentes de pasaje entre las matemáticas y la filosofía, forjados en la Grecia clásica, y eso le da al texto un oxígeno distinto. El volumen tiene además una aclaración que lo explica todo: A propósito del pasaje de la dificultad al placer. Pertenece a la colección "El maestro ignorante presenta", destinada a todos los hombres curiosos de este mundo, incluidos los niños, y que sigue la vieja idea de Montaigne: "Enseñar a un niño no es llenar un vacío, sino encender un fuego".
Esa misma mañana espié un ensayito del antropólogo Philippe Descola: Diversidad de naturalezas, diversidad de culturas, otra edición de Capital Intelectual. Me sentí con la curiosidad de un niño, otra vez: cada respuesta trae una nueva pregunta y pone así en marcha la fiesta del aprendizaje y del conocimiento. Es, en cierto modo, el primer gesto de la filosofía: preguntarse por qué.




