
Entre Babel y Jerusalén: el dilema humano en la nueva encíclica de León XIV
La reciente encíclica de León XIV, titulada La magnífica humanidad, irrumpe en el debate contemporáneo con una pregunta crucial: ¿hacia dónde se dirige la humanidad y el planeta, más allá de los avances técnicos y económicos? El Papa invita a mirar por encima de los indicadores de progreso, para adentrarse en el sentido profundo del desarrollo humano y los costos invisibles que, a mediano plazo, acompañan la búsqueda de crecimiento. Esta carta, dirigida a todos, plantea un dilema que no admite respuestas simples: ¿qué valores guían nuestra civilización y qué riesgos enfrentamos? “La magnífica humanidad se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
La encíclica propone una imagen poderosa: la elección entre Babel y Jerusalén. La primera representa la construcción de un mundo basado en la soberbia, el aislamiento y el cálculo, donde el poder es el fin último negando toda trascendencia. Jerusalén, en cambio, simboliza la comunión, la apertura y la convivencia en la diversidad. El dilema no es arquitectónico, sino existencial: ¿queremos edificar una torre que nos separe o una ciudad que nos reúna? Esta será una clave de discernimiento transversal a todo el documento.
El mundo actual suele medir el éxito por la expansión económica, la innovación tecnológica y la eficiencia productiva. Sin embargo, León XIV advierte que el desarrollo humano no puede limitarse a cifras o logros materiales. Los costos humanos, muchas veces invisibles, emergen cuando se privilegia el crecimiento por encima de la dignidad. “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”, pero afirmando que “más poderoso no significa necesariamente mejor”.
La irrupción de la tecnología y la inteligencia artificial plantea desafíos inéditos. El dilema no es tecnología sí o tecnología no; sino distinguir entre un uso que desintegra o cuida al ser humano
El utilitarismo, tan presente en discursos actuales, corre el riesgo de transformar a la persona en un engranaje más del sistema. León XIV denuncia la tendencia a valorar a los individuos por su función, datos o capacidades, olvidando que cada ser humano posee una “dignidad ontológica”, previa a cualquier valoración productiva. Los derechos humanos, sostiene, no son concesiones del poder ni premios por rendimiento, sino fundamentos inalienables que anteceden toda estructura social o económica.
La irrupción de la tecnología y la inteligencia artificial plantea desafíos inéditos. El dilema no es tecnología sí o tecnología no; sino distinguir entre un uso que desintegra o cuida al ser humano.
León XIV parte aguas entre inteligencia humana e inteligencia artificial, recordando que la primera está marcada por la empatía, la creatividad y la capacidad de establecer vínculos. Lo dice de este modo: “las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad”. Por eso no se les puede pedir responsabilidad moral ni comprensión del sentido último de las decisiones que contribuyen a generar.
La inteligencia artificial, por más eficiente que sea, carece de sensibilidad y de la capacidad de comprender la fragilidad humana. El Papa advierte sobre los discursos transhumanistas y poshumanistas, que prometen superar los límites humanos, considerándolos como defectos o fallas. Así, corren el riesgo de deshumanizar la existencia y olvidar que la vulnerabilidad es parte esencial de nuestra condición.
Las fragilidades, lejos de ser obstáculos, constituyen el humus donde maduran relaciones auténticas y apertura al otro. Desde la vulnerabilidad pueden surgir vínculos profundos y una civilización más humana. La condición humana no es perfecta ni omnipotente; es precisamente en la fragilidad donde se gestan la solidaridad, el cuidado y la esperanza. León afirma claramente que “el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite”.
El Papa aborda el drama de la guerra, recordando que la violencia nunca es camino de desarrollo. Hay quienes afirman que la guerra es inevitable e incluso necesaria, dejando de lado la enseñanza de la memoria histórica. En cambio vuelve a proponer la construcción de la civilización del amor como única alternativa viable para un futuro sostenible y digno. La paz no es solo ausencia de conflicto, sino construcción diaria de relaciones basadas en el respeto y la justicia. León XIV llama a rechazar toda forma de odio y a apostar por una cultura que valore la vida y la convivencia, el diálogo, la diplomacia y el perdón.
La civilización del amor implica un camino arduo y exigente, que desafía la inteligencia y la creatividad. Buscar la paz no es signo de debilidad, sino una opción exigente y realista, ya que “con la paz no se pierde nada, mientras que con la guerra todo se puede perder”.
La primera encíclica de León XIV es una invitación a repensar el rumbo de la humanidad. Nos llama a ser “constructores de comunión, no arquitectos de Babel” . Nos urge a rechazar los discursos que prometen perfección, pero olvidan la humanidad. El desafío es construir una civilización del amor, donde los derechos no sean concesiones, y la tecnología esté al servicio del hombre, no al revés. Porque el futuro depende de nuestra capacidad de elegir comunión por encima de poder, humanidad por encima de rendimiento, y fragilidad como puerta a la esperanza.
Arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación de la Conferencia Episcopal Argentina


