Entre la soberbia y el tono autoritario

Aníbal Fernández Para LA NACION
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11 de diciembre de 2009  

Hay gobernantes que sólo ven el desorden en el ruido y la paz en el silencio.

Otto von Bismarck

A golpes de metonimias ostentosas y metáforas poco felices, Abel Posse, ministro de Educación de la ciudad autónoma de Buenos Aires recién designado, articula su último panfleto como colaborador habitual del diario LA NACION, refiriéndose al tema de la inseguridad.

El artículo, que destila rabia, peca, deliberadamente, de confundir respecto de obligaciones, deberes y responsabilidades. Posse enreda todo, y es natural que lo haga.

Su exhibición como portador del panconocimiento (cuando cualquiera sabe que ese nivel de "ilustración" en el siglo XXI es imposible) lo lleva a mezclar aserrín con pan rallado con absoluta displicencia. Y a argumentar desde la falacia, para hacer más fuertes sus argumentos sobre la base de la desinformación de los lectores.

Lo malo es que Posse sabe. Sabe que no debe achacarle al gobierno nacional responsabilidad alguna sobre decisiones provinciales, porque éste es un país federal.

Sabe que las fuerzas de seguridad están mejor armadas y más tecnificadas que en ninguna otra época. Y que si un oficial del Grupo Halcón dejó su vida en un enfrentamiento es porque estaba trabajando para proteger a la población.

Lo que pasa es que Posse hubiera preferido que ese delincuente que mató al oficial no saliera vivo. Que, como se hacía en otros tiempos, se inventara una situación de enfrentamiento para ocultar una vulgar ejecución. Eso es lo que surge con claridad de sus palabras.

El sabe que no hay forma de mezclar el tema de la inseguridad con el del Ejército argentino. Que hay una frontera impuesta por la propia ley de defensa nacional, que, con meridiana claridad, establece que el empleo de las Fuerzas Armadas será "para enfrentar las agresiones de origen externo" y que ordena "tener permanentemente en cuenta la diferencia fundamental que separa a la defensa nacional de la seguridad interior".

Posse miente, y lo hace adrede. Tergiversa, oculta, engaña. Con lenguaje pomposo y edulcorado, intenta otra vez su prédica autoritaria. La del mismo Abel Posse que ha pedido a gritos el perdón a los militares que encabezaron el terrorismo de Estado. Y el que criticó con dureza el juicio que se le hizo al dictador Pinochet en Londres. Y el que defendió a Fujimori contra la Comisión de Derechos Humanos de la OEA.

Su pluma, como su retórica, está teñida del autoritarismo de gobiernos que él integró. Su pensamiento y su acción han sido consuetudinariamente antidemocráticos. "Hace mucho tiempo que tenemos una clase política sustancialmente inculta, que no resistiría el debate en una mesa de café", manifiesta con asiduidad en los círculos que lo adulan.

En fin: el nuevo ministro de Educación de la ciudad autónoma de Buenos Aires arrancó su gestión hablando de seguridad? Casi una burla, teniendo en cuenta los motivos de la "renuncia" de Mariano Narodowski. Una burla porque sus ideas expresan un concepto de seguridad que Juan Bautista Alberdi hubiera definido como "la paz de los cementerios".

Ya sabemos, entonces, lo que Abel Posse haría si fuera ministro de Seguridad. Veremos, desde ahora, cómo nos sorprende cotidianamente el Abel Posse "educador".

Ya nos advirtió que no estaría "en el día a día". Una persona tan culta no debe ocuparse de mejorar las condiciones edilicias, las becas, la proyección de la currícula, el sueldo de los docentes.

A lo mejor, comenzará solicitando que los docentes sean únicamente de sexo masculino, y no mujeres. ¿Sonaría extraño? No, porque ya hizo algo similar en su condición de embajador. Solicitó un agregado administrativo a la Cancillería pidiendo que no fuera una mujer.

"Por sus obvias limitaciones", se entiende? © LA NACION

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