
Episodios olvidados: héroes sin bronce
El pasado argentino abunda en acontecimientos protagonizados por personas ignoradas por los calendarios oficiales y que, con sus actos ejemplares, también hicieron historia
1 minuto de lectura'
El pasado argentino constituye una fuente inagotable de actos ejemplares y heroicos protagonizados por personajes que quedaron en la historia grande por la gravitación de sus acciones, pero también por hombres y mujeres poco conocidos o ignorados hoy.
Sin duda, entrañan proezas extraordinarias, dignas de ser recordadas, la guerra gaucha sostenida Martín Miguel de Güemes, sus capitanes y paisanos para frenar los constantes avances realistas que amenazaban la independencia; los esfuerzos cumplidos durante la campaña de los Andes, en la que hubo que superar los obstáculos de la naturaleza y combatir contra valientes adversarios, y las largas travesías por los mares del mundo para golpear al enemigo de la emancipación y enarbolar la enseña de una tierra que quería ser libre y a la vez libertadora.
También la secular y denodada pelea del desierto en la que se luchaba tanto contra los indios como contra el hambre implacable y la insoportable soledad; la guerra con el Paraguay, donde se fogueó una brillante juventud destinada a regir los destinos nacionales y donde murieron miles de hombres de diferentes provincias, profesiones y condición social. Por cierto, además, para no citar sino tres nombres, las hazañas cívicas de un Francisco P. Moreno, que develó el fabuloso universo de nuestros lindes australes; de un Pedro B. Palacios, Almafuerte, obstinado --como Rosario Vera de Peñalosa y tantos otros-- en divulgar los beneficios de la educación en un país que necesitaba imperiosamente de ella.
Documentos originales, periódicos de época, memorias y autobiografías reflejan episodios tan extraordinarios como la carga de los granaderos en la batalla de Maipú, cuando aquel aluvión de sables sostenidos por hombres de contextura hercúlea a las órdenes de José Matías Zapiola y Mariano Necochea --entre otros-- se abatió sobre la infantería y la artillería realistas, destrozando cráneos y cañones de fusiles, hasta obtener la victoria para las huestes de San Martín.
Tan singulares como la marcha forzada por la costa peruana de José de Olavarría, disfrazado al igual que sus hombres para llegar a puerto y abordar una nave realista a punta de aceros y pistolas.
Tan riesgosos como la célebre carga de Juan Lavalle en Riobamba, donde con un grupo de soldados deshizo las formaciones españolas, o el ataque sin disparar un tiro del coronel Isidoro Suárez en la batalla de Ayacucho.
Tan novelescos como el combate del corsario Hipólito Bouchard contra los piratas malayos. Tan dramáticos y conmovedores como el momento protagonizado por una humilde y bravía mujer de tropa conocida como Rosa la Tigra, cuando desafió las balas en la batalla de Lomas Valentinas para rescatar el cuerpo inerte de su amado, el subteniente Malato. De tanta hombría como la pelea solitaria del sargento Peralta contra los indios que querían terminar con su vida. El veterano, cubierto de heridas, tuvo fuerzas para cuadrarse y preguntarle a su superior que llegaba al rescate si tenía algo más que ordenarle, para recibir por respuesta: "Sí, ¡que me de un abrazo!".
El cine y la televisión han reflejado sólo en mínima parte esas epopeyas, a veces por dificultades para ponerlas en escena con cierto grado de veracidad y dignidad, en ocasiones por desconocimiento y desinterés o por falta de la visión comercial que poseen otros países donde la promoción de películas históricas en las que sobran la acción y la aventura arroja apreciables dividendos. Sin embargo sería injusto olvidar, entre otras, producciones de la importancia de "Su mejor alumno" o "La guerra gaucha", filmadas ¡hace sesenta o más años!
En segundo plano
Para resumir en unos pocos el talante heroico de aquellos argentinos, señalemos algunos episodios protagonizados por esa "gente de segunda fila" que, salvo escasas excepciones, no está en el bronce ni es recordada en los generalmente esquemáticos y convencionales calendarios oficiales.
En la dolorosa y cruel contienda de la Triple Alianza, librada por Argentina Brasil y Uruguay contra el Paraguay, entonces rico y fuerte, durante los combates Sauce o Boquerón (16, 17 y 18 de julio de 1866), rivalizaron en heroísmo los veteranos y los ya fogueados hombres de la Guardia Nacional, el "pueblo en armas" precursor del servicio militar obligatorio. La lucha cuerpo a cuerpo fue formidable: se peleaba con los fusiles y las bayonetas, pero también con piedras y tierra arrojada a los ojos para sumir en la ceguera al adversario.
Cuando atacó la división del coronel Cesáreo Domínguez, quedó demostrado una vez más el valor de aquellos milicianos (en cuyas filas había también extranjeros de alma argentina) que un día habían sido arreados para la guerra pero ahora desplegaban su temple en torno a la azul-celeste y blanca enseña de la patria común. Teófilo Ivanowsky, con la mano hecha pedazos y con su fuerte acento extranjero, incitaba a los soldados del Mendoza-San Luis a entrar en la trinchera. Rómulo Giuffra, el "bersagliere" italiano que comandaba a los bizarros fusileros sanjuaninos, caía con tres heridas profundas. El cordobés mayor Palacios debía ser sustituido por un oficial subalterno al quedar fuera de combate. Una bala de cañón le llevó las dos piernas al teniente Lemos, quien, en un último esfuerzo, desenfundó su revólver, se lo dio al capitán Villanueva y le pidió que lo despenara: "Muero contento porque asisto a nuestro triunfo y he cumplido con mi deber", dijo, y dejó de existir.
El portaestandarte del Mendoza-San Luis rodó en aquel momento alcanzado por otro proyectil, y el sargento Pedro Coria, arrancándole la enseña, saltó sobre el foso al grito de "¡Viva la patria!". El sargento Linares, del mismo batallón, gritaba: "¡No miren a los que caen: hemos venido a pelear y a vencer!". A su lado, el soldado Raimundo Carreras trataba desesperadamente de cavar escalones con su bayoneta para trepar al parapeto.
Finalmente, los argentinos lograron tomar momentáneamente la posición. Al hacerlo cayó gravemente herido el capitán sanjuanino Leandro Sánchez. Su colega cordobés Pedro Sosa logró subir pero murió en el acto. Fue entonces cuando sucumbió el abanderado del 2 de Entre Ríos. El sargento Máximo Eguren, de ese batallón, tomó la bandera y le gritó a sus muchachos: "¡Síganme, si son hombres!", a lo que contestó uno de ellos: "¡Lo hemos de seguir, sargentito!; ¿acaso usted nomás es argentino?"...
Un nuevo ataque parecía suicida. Los paraguayos habían concentrado grandes masas de tropas en todo el sector. No obstante, se dispuso el avance de dos brigadas al mando del coronel Argüero. Este, al saludar al general Emilio Mitre, le dijo, entristecido: "Esté seguro, general, que voy a cumplir con mi deber; le recomiendo a mi familia". Apenas fueron avistados comenzó una verdadera masacre, que se acentuó cuando los cuerpos chocaron con el adversario. Cayó herido el teniente coronel Orma y le cedió el mando de las fuerzas a don Mateo Martínez, "el ídolo del pueblo de Buenos Aires". Luego de media hora de combate, decidido a hacer un último esfuerzo, éste le pidió la enseña de su batallón al abanderado Miguel Mazzini, para hacerla tremolar, él mismo, en lo más recio de la acción. El joven oficial se negó con vehemencia: "Iré donde vaya mi bandera, y mi mayor gloria será mancharla con mi sangre. ¿Dónde quiere que la clave?". "¡Allí!", contestó Martínez, señalando la trinchera...
Ciento quince años después, el 2 de abril de 1982, al producirse la toma de Puerto Argentino por infantes de marina, fue abatido por el fuego inglés el capitán de corbeta Pedro Giachino. Al contemplar a su jefe herido, un modesto cabo 1° buzo táctico enfermero, Ernesto Urbina, se lanzó sin vacilar a ayudarlo. Los británicos no advirtieron la cruz roja que lo identificaba y le dispararon. Resultó gravemente herido. Al preguntarle sus compañeros por qué se había expuesto, sin armas, a las balas adversarias, respondió: "¿Qué, acaso iba a abandonar a mi jefe?"
Tales, entre tantos, estos episodios de intrépida bravura que invitan a pensar en que el espíritu de entrega y patriotismo no es patrimonio de especie de semidioses remotos, empinados en el bronce, sino de gente sencilla que antes y, seguramente ahora, en los más diversos planos, protagoniza gestos heroicos en forma cotidiana.
El autor es presidente de la Academia Nacional de Historia.






