
Errores propios y ajenos
Por Norberto H. García Rozada
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AL parecer, se trataría de algo así como una invariable e ingrata norma de conducta. Los gobiernos nacional y local insisten en utilizar los problemas de la ciudad -trátese de la inseguridad o de la lluvia, lo mismo da- como si fuesen pelotas de tenis con las cuales juegan su intenso e interminable cotejo preelectoral. Ninguno de los dos suelen reparar en los errores propios; prefieren poner el acento en los ajenos. Y eso, justamente, es lo cuestionable, porque discute que te discute, entre reproches y réplicas, esos inconvenientes siguen en veremos.
Desde hace un tiempo a esta parte, la lluvia cae sobre Buenos Aires con inusitada frecuencia e impiadosa intensidad. "¡Bah! -diría cualquier porteño-, nada fuera de lo habitual. Son las mismas tormentas de todos los veranos." Pero ocurre que los diluvios actuales se las traen, vistas sus deletéreas consecuencias. Los chaparrones de antaño hasta eran esperados, diríase, con expectante fruición. Refrescaban quemantes muros y pavimentos y se escurrían como si nada, dejando tras de sí una persistente estela de aroma a tierra mojada y el bienvenido alivio aportado por la disminuición de la temperatura. Ahora, en cambio, convierten a la ciudad en una suerte de insoportable laguna... y acrecientan en varios grados la temperatura anímica de prominentes funcionarios y su previsible incontinencia verbal.
Antaño ocurría lo mismo
Diluvia. Buenos Aires se inunda. Sin ponerse colorado, un memorioso ministro recuerda que en una oportunidad similar tuvo que requerir la ayuda de un móvil policial para poder salir de su casa. Le pintaron calva la oportunidad, entonces, para proclamar que en los tiempos de ex municipio la ciudad estaba más seca que los bolsillos de un burrero en tarde adversa.
No opinan lo mismo los sufridos vecinos de las entubadas cuencas de los arroyos Maldonado, Vega y Medrano, quienes conocen de sobra -y no desde ahora, sino desde siempre- qué es mojarse algo más que los pies y tener que correr para poner a salvo sus propiedades y demás bienes ni bien el cielo derrama sus lágrimas con cierta intensidad. ¿Cuáles son los motivos de esas reiteradas molestias? Para responder al interrogante es menester reiterar respuestas archisabidas. Por ejemplo, que poco a poco el cemento y el asfalto -inclusive en forma de plazas secas- han tapado casi todos los paños de tierra a cielo abierto que hasta no hace mucho absorbían gran parte de esas cataratas celestiales. También, que la red de desagües pluviales dejó de crecer hace ya varias décadas. Asimismo, que la transformación de la naturaleza de los residuos -entre ellos, los envases y los envoltorios fabricados con impermeables y resistentes materiales plásticos- aporta lo suyo para obstruir cañerías y bocas de tormenta.Y que muchos vecinos han olvidado esa elemental norma de convivencia, que es su indispensable aporte personal al aseo de las vías públicas: abundan los que no sólo sacan a la vereda sus bolsas de desperdicios cuando les viene en gana, sin observar los horarios de los recolectores, sino que además ni siquiera se toman el trabajo de bajar a la calle para hacerlo; directamente los arrojan desde sus balcones.
¿Que sea como fuere hay que buscarle la vuelta a esos inconvenientes, de manera tal que las lluvias sean lluvias -diría Perogrullo- y no dolores de cabeza? Es tan cierto como que tales incordios deberían ser resueltos con la colaboración de todos... y lo más pronto que fuere posible.
Cunde, pues, la costumbre de eludir las responsabilidades propias mediante el facilista recurso de cargarlas en espaldas ajenas. Y no sólo es practicada en las oficinas públicas. Trescientos taxistas increparon a los informadores de una radio por la cual, según su criterio, es difundida una campaña en contra de los taxis. "Nosotros -arguyeron- vivimos de la mano que nos para y ahora la gente prefiere los remises y otros medios de transporte." Habría sido más conveniente -meditó un Pérez- que gastasen sus energías en arbitrar recursos eficientes para erradicar de su gremio a los indeseables que utilizan los taxis como recurso para delinquir.




